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24 horas con la ultraderecha

Scott Boehm, un estadounidense que estudia la Guerra Civil, se adentró el fin de semana en la vida franquista

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Arriba España!”, grita alguien enfervorecido entre la masa. Alrededor todo, el mundo responde al grito y levanta el brazo, muy recto. Banderas al viento, neonazis italianos y alemanes se unen: “Sieg... ¡Heil!”. Diez y media de la noche, calle de Génova (Madrid), hora de ponerse en marcha. La tradición manda, los falangistas inician su peregrinación anual andando desde el centro de Madrid hasta el Valle de los Caídos, a más de 50 kilómetros de la capital, donde está enterrado su líder, José Antonio Primo de Rivera, junto a Francisco Franco. Antes, se canta el Cara al Sol. Una pareja con dos niños de corta edad también lo entonan. El chaval mayor, de unos 10 años, se sabe al dedillo la letra: “¡Volverán banderas victoriosas...!”.

Un estadounidense con un gorro azul para el frío, botella de agua de litro y cámara de fotos se introduce entre la masa y las banderas anticonstitucionales y comienza a caminar. Nadie le dice nada. Se llama Scott Boehm y tiene 31 años. Es socio del Centro de los Derechos Humanos de la Universidad de Berkeley (California) y miembro de un proyecto audiovisual sobre la Memoria Histórica española que elabora la Universidad de California (San Diego). Le interesa el tema “porque es un asunto de justicia social”.

Boehm colabora con la Asociación para la Memoria Histórica y ha participado de manera activa en la exhumación de dos fosas, en Lugo y en Zamora. Pero para comprender la historia de España, también quería vivir el otro lado, el de los fascistas. No es el primer acto al que acude este fin de semana lleno de alusiones al 20 de noviembre, la fecha en la que murieron Franco y Primo de Rivera. “Estuve también el sábado en el Valle de los Caídos, en la misa por el dictador”, explica mientras no deja de
caminar. Para llegar, se subió a un autobús de la Fundación Francisco Franco. “Nadie me preguntó ni me dijo nada”, sostiene.

Un amago de bronca entre los falangistas y un grupo de amigos que observa la marcha corta sus palabras.  Vuelan los insultos. Los antidisturbios ponen orden, también los miembros de la organización de Falange. “¡Todo el mundo dentro de la marcha, me cago en Dios¡”, grita uno de seguridad al ver que algunos empiezan a dispersarse.
La madrugada de ayer, Scott peregrinó con los falangistas hasta el Valle de los Caídos. Desde la calle de Génova hasta la zona de Moncloa, caminaron unas 300 personas, escoltadas por los antidisturbios. Pero allí el grupo se redujo. La verdadera marcha la realizaron unas 50 personas andando por la Nacional VI hasta el mausoleo, aunque les seguía un autobús para que los más cansados pudiesen subir un rato.

Scott dice que durante el trayecto pasó miedo. “Después de 25 kilómetros andando la Policía nos abandonó y en una parada que hicimos en una gasolinera, dos de los líderes me preguntaron que qué estaba haciendo ahí”, explica. Consiguió convencerles de que no era periodista y continuó la marcha. Le sorprendió que, pese al frío, muchos iban en manga corta (con la camisa azul propia del uniforme falangista) y que había varios adolescentes y también personas mayores. “Utilizaban muchos términos del lenguaje militar y no paraban de tener el brazo en alto”, explica. La noche la pasó andando y subiendo al autobús a descansar cuando se lo permitían los relevos.

Ocho y media de la mañana, llegada a Cuelgamuros. “Al llegar al Valle de los Caídos con la corona de flores para la tumba de Primo de Rivera, la Guardia Civil no nos dejó pasar.

Los falangistas se enfadaron muchísimo y se fueron a misa a una iglesia cercana”, afirma Scott. Para él llegó el momento de separarse del grupo y se bajó en autobús hasta la capital.

Siguiente parada, Plaza de Oriente de Madrid. Es domingo al mediodía y cientos de personas se reúnen para conmemorar la muerte de Franco y en contra del juez Baltasar Garzón y de la Ley de la Memoria Histórica. Un puesto vende copias del testamento político de Adolf Hitler, hay parafernalia fascista por todos lados. Scott toma nota de los discursos y hace fotos. Todo irá a parar al proyecto audiovisual sobre la Guerra Civil que prepara su universidad. “Viví en España de 2001 y 2004 y ahora estoy aquí de nuevo para mi trabajo académico”, señala.

Este estadounidense no es el único extranjero que colabora con la Asociación de Memoria Histórica española. Hay varios fascinados con el asunto de las fosas comunes. Irlandeses, británicos... O el japonés Toru Arakawa, de 70 años, que en cuanto puede coge un avión desde su país para ayudar en las exhumaciones. Scott tiene muy claro el por qué de esta atracción: “¡Es que es un problema de Derechos Humanos!”.