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Cavernícolas a treinta minutos de Madrid

Una decena de familias vive en cuevas en la madrileña localidad de Tielmes // Otras llegan para pasar los fines de semana y el verano

DANIEL AYLLÓN

Al entrar en la cueva de Antonia, un golpe de frío pone el vello de punta. Ha vivido 40 años en este  agujero horadado en la montaña con sus siete hermanos y sus padres. En apenas 50 metros cuadrados, hay espacio para una bodega, tres habitaciones y un almacén. Un metro de piedra maciza sirve de aislante del exterior y mantiene la temperatura a 20 grados menos. Antonia, de 65 años, se emociona cada vez que entra en la casa de muros enyesados que su familia excavó.

Su pueblo es Tielmes, una localidad de 2.488 habitantes escondida entre las montañas del sureste de la Comunidad de Madrid, a 42 kilómetros de la capital. Además del frío, las paredes de sus grutas guardan la historia de 247 familias que durante la posguerra tuvieron que arañar los montes para poder vivir bajo techo, al igual que ocurrió en los pueblos vecinos de Perales de Tajuña, Fuentidueña y Carabaña. Hoy, todavía quedan diez habitadas.

Medio siglo después, muchas cavernas están siendo rehabilitadas, tienen suministro de luz y agua, y empiezan a proliferar casos como el de Rosa, una enfermera ecuatoriana de 47 años, que después de vivir ocho en Madrid, ha hecho las maletas y ha comprado una caverna en Tielmes. Encontró el anuncio en el periódico y éste incluía, además, una caseta de dos pisos, una cueva-establo y un terreno. Todo por 90.000 euros. A mediados de agosto, varios vecinos la recibieron con dos conejos vivos como obsequio: “Bienvenida al pueblo. Has venido a un lugar tranquilo”.

El servicio, en la calle

Al entrar en el barrio de Cuevas Altas, donde vive Rosa, el coche se niega a subir las calles más empinadas. Toca echar pie a tierra y seguir a Gerardo, un hombre de 67 años que trepa con agilidad por caminos recién asfaltados hasta llegar a su cueva. “Hace 38 años, la abandonamos y construimos una casa delante”, explica. El agujero, como ha ocurrido en otros casos, está lleno de telas de araña y lagartijas, y sirve de trastero, despensa y almacén de muebles viejos.

A Uge, de 74 años, la conocen la mitad de los vecinos de Tielmes y aseguran que “tiene la cueva más bonita del pueblo”. Al preguntarle por los aseos de estas viviendas –a pesar de que algunas ya cuentan con ellos–, se ríe: “Antes, en las grutas no había baños, para eso teníamos las calles”.

En algunas de ellas, donde antes vivían las gallinas y los burros, se encuentran los cuartos de aseo de las nuevas casas, al fondo de la estancia, entre los salpicones de yeso de las paredes y donde la luz natural sigue teniendo que hacer serios esfuerzos para llegar. “En invierno, sólo había dos maneras de calentar el hogar: teniendo animales en la casa o encendiendo fuego, que la calentaba en muy poco tiempo”, explica un empleado del Ayuntamiento.

Un refugio frente al calor

El sol plomizo que invade el valle del Tajuña en las tardes de calor hace de las cavernas las estancias más deseadas para echar una cabezadita, tanto para los de siempre como para los visitantes ocasionales.

Los nuevos vecinos que las adquieren para pasar los fines de semana o como punto de veraneo llegan en su mayoría de Madrid, tras una corta travesía de media hora en coche, o de hora y media en autobús. La tranquilidad del pueblo, aseguran los urbanitas, “es un valor en alza”, aunque son muy pocos los que se deciden a cambiar su residencia fuera de la ciudad.

Pero las cavernas no siempre se han usado como hogar o retiro de fin de semana. Años atrás, durante la Guerra Civil, fueron muchos los que las tomaron como refugio y escondite de la pólvora. Décadas más tarde, durante su rehabilitación, “en algunas de ellas hemos encontrado huesos humanos entre los restos”, cuenta Antonia en voz baja para que no le oigan los vecinos.

Museo subterráneo

Hay cuevas en las que sus dueños están invirtiendo grandes cantidades de dinero para crear casas de diseño en su interior e, incluso, museos, como es el caso de la joya del municipio: el Museo de la Casa Cueva. Este antiguo hogar, ahora equipado con detectores de presencia que encienden las bombillas y donde cuesta encontrar motas de polvo, recibe al viajero en la entrada del pueblo y es uno de los más grandes –unos 120 m2– que albergan las montañas de Tielmes. La cueva se ha sometido a una rehabilitación, aunque “manteniendo fielmente las funciones que tenía cada dependencia dentro de la casa”, cuenta Agustín, un funcionario del Ayuntamiento.

De las paredes del museo, cuelgan útiles de barro, zurrones, hoces de cosecha y hasta un calendario de Lola Flores de 1962. Las nueve salas de la cueva están decoradas con donaciones o préstamos que han hecho los vecinos del pueblo y que permiten que su interior mantenga el ambiente “agrario y ganadero propio de esta zona del Tajuña”, dice Agustín.

En la vega del río, las viviendas originarias en el interior de las montañas son prehistóricas, pero los primeros datos registrados, del año 1752, cuentan 22 cavernas habitadas. Sin embargo, fue dos siglos más tarde cuando se construyó la mayoría, durante los años de posguerra, al tener que excavar los obreros y campesinos sus cuevas para poder dormir y comer bajo techo.

Auge de la natalidad

Mediada la tarde, en la plaza principal de Tielmes, decenas de críos y gatos corretean alrededor de los bancos de madera y los ancianos. “En este pueblo, se hacen muchos niños. No tenemos miedo a la despoblación”, ironiza la concejala de Cultura y Deportes, Rosa María Ferrera. Además del auge infantil, el crecimiento de la población se ha visto reforzado en los últimos cinco años con la llegada de cientos de inmigrantes, especialmente de los países del este y sudamericanos, que representan ya cerca del 20% del censo del Ayuntamiento.

A última hora de la mañana, el mercadillo de la plaza de la iglesia empieza a recoger los tomates, melones y demás productos de la huerta del Tajuña, mientras el repicar de las campanas de la torre marca la una. Es el momento de atacar las costillas asadas en la lumbre de la chimenea
y dormir una buena siesta en el rescor de la cueva.

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