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La alianza perentoria

La oposición de geometría variable confluye en el desgaste de Zapatero

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La crisis rampante todo lo contamina. Hasta el punto de que algunos de sus aspectos más característicos se reproducen en el escenario político como si respondieran a una plantilla común.

El Gobierno arrastra un problema de liquidez y las minorías, que se han erigido en la banca, actúan con la prevención de haber pagado en el parqué de las urnas las alegrías de los tiempos de bonanza en los que como muchos ciudadanos y entidades ahora en dificultades estiraron el brazo más que la manga. Ahora, ante cada petición de un nuevo crédito, aumentan la exigencia de avales y garantías hipotecarias para intentar recuperar lo perdido.

La metáfora vale, sobre todo, para ERC e IU los dos socios preferentes de la pasada legislatura, pero también para CiU que aún tirita con ese frío que cala en los huesos al salir de la moqueta a la calle y el PNV en riesgo inminente de seguir el camino de sus correligionarios catalanes o los nacionalistas canarios capitidisminuidos tras su ruptura interna, aunque el PP los mantenga blindados en el gobierno del archipiélago.

El arranque del año ha confirmado que el PSOE necesita de forma perentoria definir una alianza parlamentaria estable si quiere proteger al presidente del Gobierno de un desgaste sistemático a manos de la oposición. De lo contrario, la legislatura será muy complicada para Zapatero, como volvió a ponerse de manifiesto el miércoles en esa reproducción en miniatura del Pleno del Congreso que constituye la Diputación Permanente durante las vacaciones parlamentarias.

La legislatura viene marcada desde la misma investidura presidencial por la decisión de gobernar en minoría, en la confianza de que la heterogénea composición del hemiciclo facilitaría la aplicación de la llamada geometría variable de alianzas.

La geometría es el origen histórico de las matemáticas. Pero si estas son una ciencia exacta, aquella surgió como una ciencia experimental cuyos resultados no superaban la categoría de recetas. La diferencia matemática que separa al PSOE de la mayoría absoluta se redujo en 2008 de 12 a 7 escaños, pero los nueve meses transcurridos desde la investidura presidencial han demostrado que lo que existe realmente es una geometría variable de oposición, que obliga a la dirección del Grupo Socialista y, en última instancia, al Ejecutivo, a mantenerse en un estado de alerta permanente.

A gusto como se sienten Zapatero y Rajoy en el toma y daca permanente, la falta de áreas de colaboración entre el Gobierno y el partido que representa la posible alternativa sobre la única alcanzada, el Pacto por la Justicia, pende la espada de Damocles del corporativismo judicial permite que las minorías hagan sus incursiones por donde quieren y cuando quieren, haciendo valer su peso desequilibrante con movimientos de fuelle en los que el apoyo al Gobierno no está garantizado hasta que se ha producido el recuento de votos.

La estrategia con la que Zapatero arrancó la legislatura situaba la definición de una alianza parlamentaria que le garantizara la estabilidad entre el verano y el otoño próximos, con la cuenta de resultados de las elecciones gallegas, vascas y europeas sobre la mesa. La inmediatez de las tres citas electorales hace prácticamente imposible que, por mucho que lo desearan los socialistas, pudiera ahora adelantarse el calendario.

Entre que algunos se juegan en esas convocatorias su propio destino, que ninguno se definirá hasta tener claro si la mejor inversión de futuro es el PSOE o el PP y que gestionar una crisis no es un cometido apetecible porque conlleva el riesgo de verse engullido por ella, nadie tiene interés en aceptar la hipoteca de aparecer como soporte de un Gobierno cuyo margen para remunerar los apoyos se ha visto también recortado por los dispendios previos que corroboran el error de previsión en la llegada de las vacas flacas. Y cabe la posibilidad de que, caídas ya las hojas del semestre electoral, ese interés se mantenga estancado o incluso entre en recesión.

Con 2010 ya como previsión oficial más optimista para un repunte de la economía, la definición de la política de alianzas del Gobierno es cada vez más una necesidad antes que una estrategia. No porque Zapatero no pueda resistir toda la legislatura sin un socio estable, sino porque, obligado a negociar cada semana su agenda, como se vio por última vez el miércoles, el riesgo de acabar convertido en un estafermo de las minorías crece cada semana, según reconocen cualificados dirigentes socialistas.

Pero no sólo se la juega Zapatero. Como advirtió Pere Macia (CiU) a propósito del caos de Barajas por el temporal de nieve, ninguno puede llamarse a andana por 'el increíble descrédito de la clase política' cuando, 'en situaciones de emergencia', en lugar de actuar con la prioridad de resolver los problemas se enredan en señalarse con el dedo acusador.

La actual es una 'situación de emergencia nacional' con pocos precedentes equiparables. Ramón Jáuregui citó tres: los Pactos de la Moncloa de 1977, la intentona golpista de 1981 y la ofensiva terrorista de 2000. En las tres, la oposición antepuso el interés del país a las querencias partidistas.

Fue mientras que el portavoz socialista evocaba estos antecedentes el único momento en que el discurrir del debate en la Diputación Permanente pudo más en el interés de Alfonso Guerra que las ha vivido todas que la lectura del libro con que se acompañó: El regreso del soldado, de Rebecca West. En sus páginas, aunque Guerra no había llegado a esa línea, puede leerse: 'Había caído un atardecer que era como la melancolía de la tierra'.

Como esa bilis negra, la crisis del milenio tiene una génesis más moral que física. No es una crisis económica y financiera, sino además una crisis económica y financiera. Es una crisis de valores. Y a esta pandemia no son ajenos, ni mucho menos, los dirigentes políticos. Ni en su origen, ni en sus consecuencias, ni en la responsabilidad de liderar la respuesta con el ejemplo de sus comportamientos.