Publicado: 21.04.2015 22:07 |Actualizado: 22.04.2015 19:49

AGUAFUERTES

Un artesano en cueros

Julio Rodríguez es botero, oficio en extinción heredado de su abuelo Anastasio, que surtió a Madrid de odres y botas de vino. “No tengo aprendices, aunque tampoco podría pagarles"

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La botería de Julio Rodríguez está ubicada en el barrio de La Latina. / HENRIQUE MARIÑO

La botería de Julio Rodríguez está ubicada en La Latina. / HENRIQUE MARIÑO

Ya no es la bota el apéndice etílico del español. Un satélite de piel de cabra, o estómago portátil bañado en pez, que proveía de vino en capeas y estadios, plazas y ríos, romerías y peregrinajes. Tampoco faltaba en el zurrón del pastor ni en la utilería del peón de obra. De bota, botero: Julio Rodríguez, nacido “por equivocación” en Valladolid allá por 1955, criado en un Madrid que dejaba entornadas sus puertas. “Jugabas en la calle, pasabas de una casa a otra y, donde tocaba, merendabas. Los vecinos eran como de la familia y las casas estaban abiertas. Una ciudad que no tiene nada que ver con ésta”. Julio tiene su taller en el barrio de La Latina, aunque el bullicio llega hasta aquí amortiguado, vencido por el callejero.

- ¿Le da pena que se extinga el oficio?

- Lo que me da pena es el camino que ha tomado la sociedad: usar y tirar.

La bota era retornable antes de lo del reciclaje; un beber sostenible. Piel cosida a mano hasta que saltan las lágrimas, como indica su forma de gota. El pelo, al que se agarra la pez, va por dentro. Un impermeable de resina de pino quemada, cocida y con un punto de aceite para que sea flexible. El brocal, de asta de toro, aunque la modernidad ha venido a sustituirlo por otros materiales. Le pasó a la pez con el látex, que no contagia su personalidad al vino, pero permite alojar refrescos, gaseosas y combinados. El botero de la calle Águila también la ofrece, pero sus clientes prefieren lo viejo: bota recta y curva, cuyas medidas se ajustan al buche del comprador, que paga treinta euros por la más espaciosa. “A mí me vienen buscando por la de toda la vida”.



Julio tarda dos horas, quizás tres, en hacer una. Las mismas que el abuelo Anastasio, que entró de aprendiz a finales del XIX y terminó haciéndose cargo del negocio en 1944. Moriría en esta misma finca, como su esposa, como la bisabuela. Gente que vivía en el patio, más allá del taller, donde las botas cuelgan por doquier, cual jamones secándose. Suspendidos, tal que globos aerostáticos, también los odres: en este caso, la piel del animal entero, inflado hasta alojar un ciento de litros. “Bodegas, mesones y restaurantes tenían flotillas de pellejos de ida y de vuelta: transporte industrial para el vino y el aceite”, recuerda Rodríguez. “En cada pueblo había un botero. Por el pellejo, no por la bota. La bota siempre ha sido la hermana pequeña”.

El pellejo, también llamado odre, corambre o, simplemente, cuero para el vino, se remendaba hasta que caía a pedazos. Ahora apenas se venden; alguno para decorar y tal. “Todo se va perdiendo”, lamenta Julio. También las resineras (quedan dos, aventura; su pez viene de Huesca). “La piel, lo mismo. Hay pocos curtidores que se dediquen a la pieza entera. Ésta la traigo de Covarrubias, un pueblo de Burgos”. Sería mordaz, corrosivo como la Coca-Cola que roe la pez, que se extinguiese antes la epidermis de la bota que el botero.

- ¿Qué añora de entonces?

- Nada. Simplemente, la forma de vida. Antes, en cada casa había un botijo, un porrón y una bota. Ahora, ni ves botijos, ni ves porrones ni ves botas.

El plástico, pero ésa es otra historia. Volvamos a la nuestra: Julio adolescente se deja caer por la botería del abuelo para sacarse unas propinas y poder irse de vacaciones. “Era muy reacio a que los niños estuviéramos por aquí, porque hay que calentar la pez y tiene su peligro”. A la vuelta de la mili, se atreve a coger las riendas del local. Lo más complicado era el cosido de los pellejos, aunque el oficio no tiene secretos. “Para ser artesano no tienes que estudiar ni hacer cosas extrañas, simplemente dedicarle horas. Practicar, practicar y practicar, no hay otra…”.

Claro que, pronto, no habrá de quién aprender ni a quién enseñar. “No tengo aprendices, aunque tampoco se pueden pagar hoy en día. El aprendizaje ha muerto”, sentencia Julio, que morirá con las botas puestas, “buenas de compartir e higiénicas porque se bebe a chorro, oxigenando el vino mientras lo estás bebiendo, lo que provoca que sepa distinto”. Amor que también le profesaba Sancho, como le dijo al Caballero del Bosque: "Fiambreras traigo, y esta bota colgando del arzón de la silla, por sí o por no, y es tan devota mía y quiérola tanto, que pocos ratos se pasan sin que la dé mil besos y mil abrazos”.

- ¿Y no tiene hijos?

- Tengo hijas, pero las chicas nunca se han metido en este oficio. Es duro. Hay que tener fuerza. Mira, éstas son zarpas... —y esgrime sus manos.

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