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Astucia política

Zapatero hace el relato del cambio económico y Rajoy, la crónica de la crisis

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Aunque el marcador instantáneo refleje más bien lo contrario, el presidente Zapatero abrió el miércoles en el Congreso de los Diputados el partido de la nueva economía con un ace (punto de saque).

A Zapatero le sacudieron los portavoces de la oposición hasta en el cielo de la boca, pero el debate sobre el tránsito hacia 'economía sostenible' planteado por el presidente es propicio para los socialistas. Para empezar, el presidente ha recuperado la imagen de que lleva la iniciativa, aunque sea, como resaltó la oposición, de forma tardía e insuficiente. Y para proseguir, el debate dejó la foto fija de que la derecha y la izquierda, a pesar de que esté fragmentada, tienen dos diagnósticos diferentes de la crisis y, en consecuencia, distintas opciones de salida. Aunque sea al precio de acentuar la imagen de soledad parlamentaria que no se compadece con los resultados de las votaciones, Zapatero ha recuperado el espacio de la centralidad para afrontar un debate que no ha hecho más que empezar y del que saldrán derrotados aquellos que sólo piensen en hoy.

La actitud de la oposición devuelve al presidente al espacio de la centralidad

Mariano Rajoy, satisfecho con dejar contentas a sus huestes, hasta se permitió renunciar a su último turno de palabra para ir a tomar el postre en la mesa de la CEOE. Con las prisas del miedo a no llegar a tiempo al mantel de la patronal, quizás no tuvo tiempo de mirar por el retrovisor para percibir que, aunque complacidos con la faena, sigue sin entusiasmar a muchos de los suyos, que en cuanto cumplieron con el deber de aplaudir el discurso de su presidente sintonizaron con FAES para tomar nota del 'discurso importante', el que casi a la misma hora pronunciaba José María Aznar en su castillo.

Tuvo Zapatero la astucia política de invertir los tiempos habituales y, en lugar de seguir el procedimiento habitual, llevó primero al Consejo de Ministros el anteproyecto de Ley de Economía Sostenible y después hizo ante el Parlamento el relato político del cambio económico. A gusto como se siente Rajoy en el papel de cronista de la crisis y anquilosados todos los portavoces parlamentarios en el pobre hábito de leer los discursos que se escriben o les escriben de antemano, vaciaron sus señorías el Diccionario de la Real Academia de la Lengua de adjetivos con que descalificar el contenido del proyecto legislativo que Moncloa les hizo llegar con antelación en su integridad de 198 páginas, con sus 137 artículos y sus 59 disposiciones. Zapatero encontró así el campo libre para poner la literatura al cambio imprescindible.

Caldera pide a la banca que se comprometa con la economía verde como hizo con el ladrillo

Hubo más referencias acomplejadas a la Biblia económica del Financial Times, la misma que en su día calificó de 'milagro español' la contabilidad acumulada del globo inmobiliario y el cash obtenido con la privatización de las empresas públicas, que capacidad de aportar ambición al plan del Gobierno. A nadie se le escuchó decir, por ejemplo, que para reducir las trabas burocráticas a los emprendedores mucho mejor que aplicar la fórmula 'una empresa en un día' sería implantar en la actividad económica la presunción de legitimidad, aquella que convierte el silencio administrativo en conformidad. Rajoy desperdició así la enésima oportunidad de plantear una alternativa, porque no se puede considerar como tal el mero enunciado del epígrafe de siete reformas.

Con la ventaja de quien puede cambiar el libreto sin previo aviso, Zapatero pudo erigirse ante la opinión pública y singularmente ante su electorado en el protector de los trabajadores, a quienes la crisis ha sacado abruptamente del sueño de que España era una sociedad donde sólo existían la clase media y los inmigrantes.

Aunque su actitud numantina en la negativa a abaratar el despido sea de fácil descalificación como demagógica, no es una posición gratis para Zapatero. No sólo choca con la patronal, sino que desde que estalló la crisis está teniendo que hacer frente a las presiones de los quintacolumnistas del sector liberal del PSOE, que encarnan personajes de tanta influencia como Miguel Ángel Fernández Ordóñez, todavía presidente del Banco de España, o Carlos Solchaga, aquel que siendo ministro de Economía proclamó en los años noventa que España era un país donde resultaba fácil enriquecerse y a quien en el último Congreso del PSOE José Blanco dejó fuera del Comité Federal del partido.

El miércoles, todos los portavoces de la oposición coincidieron en subrayar la perogrullada de que la economía no se cambia por ley, y menos aún la cultura social, pero por algo habrá que empezar. Aunque su conclusión última posiblemente peque de exagerada, como sostiene Jesús Caldera desde la Fundación Ideas, 'si las entidades financieras se comprometen en financiar la nueva economía como se comprometieron con el ladrillo, España se sale del mapa'. Para que eso sea posible, tendrán que cambiar la mentalidad del beneficio inmediato, la que garantizaba la especulación del suelo, por la de la rentabilidad a medio y largo plazo, la que ofrece la economía verde.

Para muestra, un botón. Los expertos calculan que la tala de árboles es ya lo que más CO2 emite, pero España importa el 90% de las maderas nobles que se consumen en nuestro país. De modo que un acertado plan de reforestación no sólo contribuiría a la regeneración medioambiental, sino que reduciría las importaciones y crearía empleo. Una apuesta de esta naturaleza requiere abandonar la cultura del instante y recuperar la de la rentabilidad del esfuerzo, volver a aprender que el presente no es el único tiempo verbal, ni en la economía, ni en la política, ni en la vida.