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Barberá, la prodigiosa Alcaldesa Virgen

Barberá es un producto social perfectamente anodino, uno de esos líderes que no se notan, no se mueven y no traspasan

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Antes de que estallara el escándalo Gürtel, Rita Barberá, la alcaldesa de Valencia, era una de las políticas más felices de España. En las últimas elecciones europeas, sacó en su bastión urbano 19 puntos de ventaja al Partido Socialista del País Valenciano y eso que ya venía de encadenar en las municipales cuatro mayorías absolutas consecutivas; la última, con el 56,7% de los votos.

¿Quién es esta mujer que suscita tantas pasiones entre sus convecinos, que no se cansan de votarla ni de piropearla? Aunque parezca increíble, Barberá es un producto social perfectamente anodino, uno de esos líderes que no se notan, no se mueven y no traspasan. Y ese es, paradójicamente, el secreto de su éxito.

Rita Barberá Nolla nació en 1948, un 16 de julio. Su biografía oficial destaca que ese día es la Virgen del Carmen, patrona de los marineros, lo cual no deja de resultar un cruel sarcasmo si tenemos en cuenta que uno de los proyectos emblemáticos de su ayuntamiento es precisamente prolongar la avenida de Blasco Ibáñez hasta el mar, arrasando al paso el barrio arquitectónicamente protegido del Cabanyal. Esta anunciada agresión urbanística da la medida del tipo de política que lleva a cabo Barberá desde su primera mayoría absoluta en 1995.

Para la todopoderosa alcaldesa, resulta inconcebible que una plataforma ciudadana, 'Salvem el Cabanyal', ose desafiar su antojo. Como muchos políticos genéticamente conservadores, Barberá está convencida de que fuera de la ley natural, de la religión natural (la suya, se entiende) y de la autoridad natural (también la suya), sólo puede haber "radicales de izquierda". Por eso afronta la demolición del Cabanyal con una gran tranquilidad de conciencia.

Barberá se crió en una familia de periodistas (su padre, José Barberá Armelles, presidió la Asociación de la Prensa Valenciana) y de hecho en su juventud ejerció esta profesión. El gusanillo de la política, sin embargo, se le despertó en 1976, cuando tras la larga placidez del franquismo ayudó a fundar el Partido Popular en el País Valenciano. Allí se encontraría con otro joven prometedor y tan derechista como ella, Francisco Camps. Y allí unieron sus fuerzas en adelante y quizá sus destinos.

La buena estrella de Rita Barberá comenzó en 1991. Ese año ganó las elecciones por primera vez en Valencia de manera insospechada ante la candidata socialista Clementina Ródenas. En realidad, todo el mundo esperaba que el PP fuera superado por su derecha por Vicente González Lizondo, un astuto empresario regionalista y con una ideología de tintes fascistoides que se quedó a un concejal de los populares.

Siempre he pensado que Barberá ganó aquellos comicios el día que apareció en un spot televisivo y dejó ir una frase demoledora pero perfectamente candorosa (de acuerdo con su estilo): "En estas elecciones, vamos a decidir quién será la futura alcaldesa de Valencia". En el imaginario colectivo fraguó entonces el duelo de damas en detrimento de la histeria lizondista y doña Rita se llevó la vara de mando sin disparar un tiro. Era el comienzo de su vertiginosa leyenda.

Lo que ha venido después sólo ha sido la confirmación de un mito. Barberá vence y convence porque es la quintaesencia de la clase media valenciana. Como ella, muchos de sus vecinos llevan apellidos que se remontan a la conquista de Jaime I, pero en cambio se avergüenzan de la lengua que les trajo este rey.

Ser valencianos, para este bloque sin fisuras consiste en hacer mucho ruido en fallas, reunirse los domingos a comer paella, odiar a Catalunya y "ofrendar nuevas glorias a España", tal como reza el primer verso del himno regional.

Con todo esto, claro, no se necesita programa electoral y por eso Barberá ni se molesta en pergeñarlo. Lo suyo es pasearse el día de la Virgen de los Desamparados y cosechar más piropos que la propia madre de Dios. He aquí, en efecto, la prodigiosa Alcaldesa Virgen. Ella ejerce de Madre de Todos los Valencianos (excepto los "radicales de izquierda") y bajo su manto se amparan desde las mejores familias de Valencia hasta las más humildes. Traicionada por un bolso y unos bigotes, su ira amenaza con ser eterna.