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La calle penaliza la falta de acuerdo entre los políticos

Los ciudadanos buscan culpables para la situación de crisis económica y los encuentran en aquellos a quienes han elegido

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El martes, periódicos, radios y televisiones caminaron sobre un tema recurrente. Se iniciaba el año parlamentario después de 48 días de vacaciones. Otra vez regresaron los comentarios sobre la vagancia de diputados y senadores. La lluvia de siempre que, sin embargo, se ha hilvanado este año con las cifras de los barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de noviembre y diciembre de 2009. Los datos situaron a la clase política como el tercer problema de los españoles.

Desde entonces, el runrún no se ha detenido. Los expertos –sociólogos, politólogos, analistas de comunicación– hablaron y hablan de desafecto de la política. De que algo está haciéndose mal. Esta semana, en la que tanto se ha incidido en la posibilidad de un pacto de Estado, los especialistas han vuelto sobre los números. Y la mayoría interpreta que, con la baja nota que le ponen a los políticos, los ciudadanos demandan lo mismo, un acuerdo de mínimos para sacar a España de la crisis.

El sondeo del CIS de noviembre reveló que la clase política preocupaba al 16,6% de los españoles. En diciembre, se produjo una ligera caída, hasta el 13,6%. En enero, en el último barómetro, la inquietud por los políticos repuntó al 14,9%, pero perdió galones: se trasladaba del tercer al quinto puesto en la tabla de los problemas, tras el paro (82,7%), la situación económica (47%), el terrorismo (17,6%) y la inmigración (16,6%)  [Aquí, evolución de los problemas de los españoles desde 1985 hasta hoy].

Otra cifra: en noviembre, semanas después de que se levantara parcialmente el secreto del sumario del caso Gürtel, un 10,4% de los españoles dijo sentirse angustiado por la corrupción. La alarma se contrajo al 3,9% al cabo de 30 días, y al 2,9%, a los parámetros habituales, el mes pasado.


El relato del CIS se quedó pequeño en comparación con el que pintó su organismo gemelo en Catalunya, el Centre d’Estudis d’Opinió (CEO), dependiente de la Generalitat. En diciembre, la insatisfacción con la política, al poco del estallido del caso Pretoria, escaló al 37,9%. Un mes después, se deshinchó al 29,1%, aunque aguantó como la segunda inquietud. En Andalucía, en el sondeo del Instituto de Estudios Sociales Avanzados (IESA) de 2009, un 6,7% identificaba el “mal ambiente político” como problema. Otro 4,6% citaba la corrupción.

¿Qué ha pasado? “En todas las sociedades del bienestar, las sociedades que llamamos satisfechas, se ha producido una desconexión de los ciudadanos con la política. Ahora se suma la crisis: la gente la vive como algo que le cierra oportunidades e inmediatamente busca culpables. Y los encuentra en aquellos a quienes ha elegido”, subraya Ander Gurruchaga, catedrático de Sociología de la Universidad del País Vasco.

Las culpas se reparten. No son exclusivas del Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero o de Mariano Rajoy. Son de los dos grandes partidos, a juicio de los nueve expertos consultados por Público, además de la presidenta del CIS, Belén Barreiro. “Hay cabreo porque no se ven soluciones a la frustración –analiza Ignacio Urquizu, sociólogo de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y colaborador de la Fundación Alternativas–. Los españoles sienten que la salida de la crisis no depende sólo del Gobierno, que la responsabilidad es compartida”.

Ni PSOE ni PP han escapado a la erosión. Las notas a Zapatero y Rajoy se han hundido, al igual que la confianza y la estimación de voto, por mucho que el PP saque 3,8 puntos de ventaja a los socialistas.

El Gobierno encaja una penalización más alta, pero el proyecto de los conservadores “no convence, no encandila”, observa el sociólogo de la UCM Juan Díez Nicolás. “Los ciudadanos piden acuerdos de Estado entre los grandes partidos para amortiguar la crisis. No puede haber encastillamiento”, argumenta. Antoni Gutiérrez-Rubí, asesor en Comunicación Política, hace la misma lectura, asentada en la convicción de que los españoles aún conciben la política como un servicio público: “No acaban de entender por qué hay mucha confrontación y pocos acuerdos. Exigen sacrificios, grandeza de miras, generosidad”. Es decir, justo lo opuesto a “regate corto, peleas y soluciones partidistas”, advierte la politóloga de la UCM Gema Sánchez Medero.

Urquizu, más que observar una demanda de pactos PSOE-PP, detecta la necesidad de “liderazgos con visión de Estado, de futuro”. Da igual. No se prevén alianzas: “Al PP no le interesa el acuerdo. Espera que el Gobierno se cueza a fuego lento. No quiere una solución que dé oxígeno a Zapatero”. Y es que quienes rentabilizan los pactos son quienes los suscriben. En principio, todos. “Rajoy hace un pésimo cálculo. Cree que para ganar ha de montar pollos, pero eso al final no da votos”, indica Fermín Bouza, catedrático de Sociología de la UCM.


El desafecto no se inventó ayer. Aunque la mayor parte de expertos se confiesan alarmados por las cifras actuales de descrédito de la política –“Es una barbaridad”, avisa Bouza–, agregan que se trata de un fenómeno estructural, consustancial al asentamiento de la democracia, que no obstante debe vigilarse. Una explosión similar cuajó en el último tramo de los gobiernos de Felipe González. El cóctel de factores que explican el desprestigio de los políticos se repite: una severa crisis económica, el estallido de los casos de corrupción y la tensión política.

Urquizu añade un cuarto elemento: “Parte de la culpa de esa imagen la tienen la derecha y los medios de derecha, que usan la crispación, la cantinela de que todos los partidos son iguales, para desmovilizar al electorado”. Pere-Oriol Costa, catedrático de Comunicación Política de la Autònoma de Barcelona, estima que hay más culpables que las encuestas no reflejan: los banqueros, los empresarios, los think tank (laboratorios de ideas) conservadores.

¿El trato a los políticos es justo? “No. Ellos son como todos nosotros, con sus grandezas y sus miserias, sometidos al escrutinio constante. Uno sabe más de cómo funciona el Congreso y los partidos que de cuáles son las tripas del BBVA. Hay que tener cuidado, porque si la política es el problema, ¿cuál es la solución? ¿Un general? ¿Un golpe de Estado?”, opina Urquizu. Díez Nicolás sí halla responsabilidad: “Alguna culpa deben de tener cuando se les juzga tan severamente. Hay que estar a las duras y a las maduras”. Los resbalones de crédito, con todo, no menoscaban la solvencia y la estabilidad del sistema. Porque los españoles pueden criticar a sus políticos, pero no suspenden a la democracia.

 


Tres conceptos // En la tabla de problemas de los españoles que dibuja mes a mes el CIS, hay tres inquietudes que se identifican con el sistema político. La que ha encendido las alarmas es la que se rotula como “la clase política”. Es cuando los ciudadanos culpan a “la política” de los problemas de España.

Corrupción y partidos // Cuando el encuestado contesta por un caso de corrupción o habla de la corrupción en general, se enmarca en la categoría “la corrupción y el fraude”. Y si hablan de un político en particular, una formación o del Ejecutivo, se conceptualiza como “el Gobierno, los políticos y los partidos”.