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Esta casa es una ruina

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Que el Gobierno de España está en horas bajas, bajísimas, no es revelar ningún arcano. La fractura social entre sus bases, evidenciada en la huelga general; el enfrentamiento con los sindicatos; el propio resultado de las primarias de Madrid; el alargamiento de la crisis económica que provoca una tasa de paro difícilmente asumible en términos de cohesión social, junto con el próximo resultado electoral catalán hace que ya se hable, con profusión, de un cambio de ciclo. Como siempre el periodismo, compra el rumor y vende la noticia.

Sin embargo, experiencias cercanas como las elecciones generales de 1993, donde también se conceptualizó precipitadamente el cambio de ciclo y no se produjo, demuestran que, incluso cuando el ciclo pueda estar agotado, también puede haber prórroga. Los vaticinios hay que tomarlos con prudencia. Más problemas se presentan para las próximas elecciones de la primavera donde se la juegan los ayuntamientos y muchas comunidades autónomas. Por ello, a muchos barones territoriales del PSOE, cuya cabeza visible ha sido José María Barreda, les ha entrado el pánico. Recurren a las encuestas, del mismo modo que los promotores de Trinidad Jiménez, como argumento para cambiar de rumbo.

Poco caso se ha hecho a la máxima ignaciana de que en tiempos de crisis no hay que hacer mudanza. Pánico con pánico se paga. Así, uno de los orígenes fue el ataque de pánico que le entró a Zapatero ante la crisis del bono español, reconoció que por esa causa no durmió alguna noche. Este miedo hizo que determinados grupos de presión se aprovecharan de la situación, desembocando en unas medidas nada acertadas. El giro que dio fue de tal calibre que se le fracturó su cintura. Sobre todo, en la reforma laboral: nada que ver con los indicadores de solvencia, y no sólo no reduce el gasto sino que lo aumenta a través del FOGASA.

A las cuitas estatales se le suma el marco europeo. Si nos asomamos al balcón europeo, contemplamos cómo la crisis de las socialdemocracias europeas es epidémica. Que no dan una, electoralmente hablando. Mal de muchos no debe servir para el consuelo, sino para reconocer la gravedad. Algunos incluso dan por muerto ese pensamiento político. Otros, los más, proponen importantes renovaciones.

La crisis de las socialdemocracias europeas es epidémica Resumiendo, políticamente la cosas se ponen muy feas en España. No porque la socialdemocracia sea la panacea, sino porque la consecuencia de su debacle se traduce en emergencia de la derecha, en muchos casos extrema. No se traduce en un reforzamiento de la izquierda alternativa. Que en España también tiene su propia crisis de identidad y que no consigue capitalizar, excepto en una mínima parte, ese debilitamiento. Una gran parte de la base social que les apoya se recluye en la abstención, se inhibe ante el desencanto que presentan las ofertas políticas.

Desde mi punto de vista, la salida política desde una opción progresista, de izquierdas, no es fácil, pero tampoco imposible. En primer lugar, recuperar la confianza social perdida. Mucha ciudadanía sigue sin entender que ante una crisis provocada por el sistema financiero desregularizado los paganos sean ellos. Entienden que se inyecte dinero a los bancos para que el sistema no se derrumbe, pero no entienden que se les castigue a ellos. Por ello, la primera medida sería recuperar la confianza con las bases sociales. Implementando políticas de claro contenido social de futuro. En este punto, conseguir un amplio acuerdo social progresista en torno al sistema de pensiones desterrando el aumento de la edad de jubilación puede ser un buen comienzo.

Otra de las medidas necesarias es la vuelta al diálogo y el acuerdo con el sindicalismo de clase. No es verdad que la reforma laboral fuera impuesta por el mercado de bonos. Alemania tiene un marco laboral más garantista. Fue impuesta por grupos de presión determinados que se aprovecharon de la debilidad del Gobierno. Por ello, el Gobierno tiene recorrido propio y competencias para resolver esta fractura.

En otro orden de cosas, se hace preciso construir otra correlación de fuerzas. El diálogo político debiera profundizarse con los competidores no con los enemigos. Abrir un diálogo político con IU, con Espacio Plural, con Equo (de Juan López de Uralde) sobre contenidos, retos y propuestas debiera suponer la búsqueda de una inteligencia común. La teoría de las dos orillas, división entre puros e impuros, es poco sostenible aún cuando a algunos les evoque viejos tiempos. No hablo de la casa común que fue la oferta engullidora de Felipe González , ni de la causa común que fue la de Joaquín Almunia, más sutil. Me refiero a la capacidad común de entender entre los diversos espacios de la izquierda qué es lo prioritario. Y esto es la preservación de la institucionalización del bienestar social.

En definitiva, tiempos revueltos y nada bonancibles. No hay vientos favorables para quien no sabe dónde ir. Y el camino y la ruta debiera estar a la izquierda. Por responsabilidad. No para con los mercados sino para con la sociedad.

* Félix Taberna es ex dirigente de Izquierda Unida