Publicado: 26.11.2014 08:00 |Actualizado: 26.11.2014 08:00

Ceesepe, el pintor de lo canalla

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Sus galeristas madrileños le llaman Carlos, pero nadie lo conoce por Sánchez Pérez. Simplemente, Ceesepe.

Llevaba tres años fuera, en París, donde siempre tuvo un pie. Ha regresado a Madrid, la ciudad que trazó en sus dibujos y pinturas nada más despertarse del franquismo, pero ya quiere irse. Aquí tiene su estudio, treinta y cinco años de ebullición en la calle Mayor, y aquí expone su Manual práctico de pintura #3, que es libro y muestra a un tiempo, en el Espacio Valverde. "Como dicen que mis obras son melodramáticas, a los catálogos los llamo así para quitarle dramatismo", explica Ceesepe, manufacturado en 1958 por una familia de carpinteros de Torrevieja que se estableció en Madrid tras la guerra.

Él, mediterráneo y asfáltico, también se considera un artesano, que es como se llaman a sí mismos los autodidactas que no han perdido la llaneza. Empezó mozo: con dieciséis años se fue a Barcelona para dibujar en Star, una transgresora revista que, desde la propia portada, guiñaba un ojo a las sustancias ilegales, al sadomaso, al punk y al cómic underground. Moncho Alpuente la calificó entonces como "un continuo ataque frontal al llamado buen gusto" y alertó de que "sus viñetas pueden producir considerables pesadillas a los no iniciados".

Tal vez la cabecera, donde se cobijaban tanto Robert Crumb como Montxo Algora, no les suene, pero sí su segunda y última directora, Karmele Marchante. La responsabilidad penal iba con el cargo y la publicación contracultural llegó a ser secuestrada en tres ocasiones. También le cayeron varias multas, que fueron esquivadas para evitar un impacto económico que la condenaría al cierre definitivo. Una viñeta de Ceesepe provocó uno de los secuestros ante la posibilidad de escándalo público, aunque buena parte de sus desenfrenos eran púbicos. Sin haber alcanzado todavía la mayoría de edad, se vio obligado a comparecer en el Ministerio de Información y Turismo. "Tuve que declarar que Ceesepe era yo". El funcionario no daba crédito. "No sé que se esperaba el tío, pero vio a un chavalín que hacía tebeos y me dejó marchar".

Ceesepe no era una célula clandestina de carácter revolucionario ni el nombre de guerra de un insurgente del pincel, sino un adolescente que bocetaba los gatos pardos de la noche y los vicios modernos, el acrónimo que derivaba de las sílabas iniciales de su nombre y apellidos: Ce - Ese - Pe. Aunque nada más instalarse en la Ciudad Condal lo conocían como El Fantasma, pues nadie sabía nunca en qué urbe estaba o en qué sofá dormía: Carlos Sánchez Pérez fue un pionero del couchsurfing sin saberlo. Una vez allí, al poco tropezó en una fiesta con Nazario, un historietista de cuidado, al que se irían sumando otros colegas como Mariscal y Max, con el que compartiría algo más que la madrugada: la capa de la revista New Yorker. Luego, cuando Barcelona comenzaba a templarse y la capital hervía, apuró junto a García-Alix, Ouka Leele y El Hortelano el Madrid ochentero, del que salió indemne, sobrevivido.

"La putada es que cuanto mejor estás de la cabeza, peor estás del cuerpo", repite ahora como un mantra. Una vez le preguntaron cómo recordaba la movida y respondió: "Quién tuviera dieciocho años y olvidara que en la vida hay penas que son heridas que matan en la vejez". Pero cuando los tenía era necesario un nuevo lenguaje para los tiempos cambiantes, y él estaba allí. Bajo el paraguas de fanzines y revistas de nombres imposibles, algunas inmovilizadas por la zarpa de la censura, los viñetistas del boom del cómic adulto describieron con trazo grueso las drogas y el sexo. Ceesepe colaboró con El Víbora, Madriz, La Luna y Bésame Mucho, dirigida por Juan José Fernández, el primer responsable de Star. También ilustró discos de Kiko Veneno, Ketama y Golpes Bajos, así como los carteles de los  filmes iniciáticos de Pedro Almodóvar Pepi, Luci, Bom y La ley del deseo, cuyos ambientes fueron reflejados en sus propios cómics.

Pronto los abandonó por la pintura, que fue alternando con otras técnicas: collage, serigrafías, cajas de madera, impresión digital, fotos antiguas coloreadas sobre aluminio... "Yo soy un pintor, pero una cosa me va llevando a otra. Lo peor es que luego se me olvidan y no puedo regresar a lo que hacía antes", confiesa. Con los años también deja de interesarse por la figuración y pasa del relato de la noche desbocada a la crónica surrealista, de la que se declara heredero. Ya no pinta locales abarrotados sino que se concentra en una sola modelo e, incluso, a veces llega a prescindir de la presencia humana. Si hay figura, la envuelve la abstracción.

"Cambio más de estilo que de tema, porque éste me da igual. La literatura en pintura no tiene mucho sentido y la representación realista, tampoco, porque para eso es mejor la fotografía", revela Ceesepe, orgulloso de su Manual, donde reproduce su última exposición y explica cómo trabaja. "Es una pena, porque sólo he publicado trescientos ejemplares y la mitad ya están adjudicados. Prefiero que se lo lleve alguien con interés y no que la gente se lo compre por la tontería". La pincelada diestra de Paco Umbral, tres décadas atrás: "Su obra es como un naif de lo canalla".