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El debate sobre el 15M (1). "Esto lo arreglamos nosotros solos"

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El debate público sobre el 15M amenaza con desactivar su potencial regenerador antes de haberlo reconocido. Menospreciando sus demandas y propuestas (no por sí mismas, sino por la forma de plantearlas) se anticipa su final. Malinterpretamos un modelo de expresión y movilización ciudadana que, a pesar de sus limitaciones, ejerce de contrapoder ciudadano: recuerda cuál es la línea de flotación de la democracia y ensancha las promesas de emancipación personal y colectiva. No parecemos capaces de ver, siquiera vislumbrar, lo que representa Sol.

Ya no hay deslumbramiento ante la novedad y el empuje del 15M. Pasado un año, se ha hecho balance: los indignados son cada vez menos y están más radicalizados. Dos rasgos que se antojaban inevitables, dada la dureza de las sanciones y el agravamiento de la crisis. Pero que se presentan como fruto de la debilidad del movimiento; no como consecuencias lógicas del contexto en el que se desenvuelve. Decretando el fin de un proceso en marcha, la vara de medir el 15M absolutiza un tablero de juego político cuya crisis legitimidad queda evidenciada por la presencia del movimiento en las calles; sobre todo, en términos comparativos. No se ha insistido lo suficiente en que los indignados españoles sobrepasan, con creces y contadas excepciones, el nivel de movilización y la popularidad de sus compañeros extranjeros.

La autosuficiencia de las interpretaciones sobre el 15M no solo es fruto de su provincianismo, sino también de los tics autoritarios que perviven en nuestra cultura política. En nombre y en defensa de la democracia, entre el 12 y el 15 de marzo hemos desdeñado las dimensiones más generativas del movimiento y justificado su represión. La vara de medir a los indignados se transformó en porra. El desalojo reiterado de unos cientos de ciudadanos de las plazas fue un acto premeditado, perpetrado con nocturnidad y alevosía. La desmesura policial ha campado a sus anchas para apagar un enjambre de luciérnagas que reclamaban más luz en las instituciones. Mientras, los medios planteaban un panorama lúgubre: la inminencia de ajustes más duros y miedo al caos.

El silencio sobre la censura (asalto gubernamental de RTVE, cierre de medios comunitarios, agresiones a informadores), las detenciones de transeúntes ocasionales, las multas y penas imputadas a los desobedientes civiles degradan aún más nuestra democracia. Ante las ágoras en las que se está fraguando la democracia del s. XXI, quienes aún se creen líderes de opinión producen discursos para el mercado electoral incapaz, por el momento, de digerir y menos aún fagocitar al 15M. Así evitan hacerse cargo de la impugnación de la que son objeto. Y que no puede ser mayor. El 15M o #takethesquare o 99% manifiestan que las nuevas generaciones de ciudadanos y las más bregadas en la oposición al neoliberalismo están protagonizando una revolución. Es difícil percibirla como tal, porque ya no quieren tomar el poder, destruir y copar sus estructuras. No hay Bastilla ni Palacio de Invierno que asaltar. No hay vanguardia dirigiendo a las masas, ni proyecto prefijado que conduzca al fin de la Historia.

El 15M también sabe que las armas cierran el diálogo: el único territorio donde puede vencerNi siquiera se percibe en el 15M aquello que justificaría combatirlo como neopopulismo fascista o conato de insurgencia armada. En ninguna plaza se han instalado guillotinas, siquiera simbólicas. Ninguna ha sido pensada como un foco guevarista del que salieran otros disparos que de cámaras y móviles. La multitud ha aprendido que en los cadalsos siempre se cortan las cabezas de chivos expiatorios y que, por ese camino, la revolución acaba devorando a sus hijos. El 15M no quiere ajusticiar a nadie, sino que se haga justicia, de ahí los tribunales ciudadanos sobre la crisis que ha lanzado. Todo un ejemplo de dignidad frente al boicot del PP a una comisión de investigación parlamentaria sobre los responsables de esta debacle. El 15M también sabe que las armas cierran el diálogo: el único territorio donde puede vencer. Por ello se han acotado los términos del debate: para negar el derecho a votar con los cuerpos a quien carece de partidos y empresas. Los comisarios políticos y mediáticos expulsan de la esfera pública a la sociedad civil. Califican de antisistema a un contrapoder ciudadano que hace aquello a lo que está llamado en una democracia: señalar la deriva autoritaria del poder y los derechos de la mayoría social.

La ciudadanía se ha autoconvocado y expresado una vez más con medios propios, considerando que los parlamentos y los medios les han sido enajenados por los Consejos de Administración. La revolución en curso ha generado canales de comunicación autónomos y autogestionados. Su potencia de convocatoria sólo es comparable a la de la Iglesia y el fútbol... sus desórdenes y costes al erario público, muy inferiores. Su agenda de reformas expresa una doble demanda de transparencia y participación. La revolución en curso, ni siquiera es tal, para la mayoría del 15M, sino una (r)evolución que quiere atar corto al poder: que rindan cuentan quienes han perpetrado la crisis y se siguen beneficiado de los recortes, ayudas e incluso inversiones en 'orden público'. Medidas que sirven para mantener a raya a la mayoría social que, encima, las costea.

La rendición de cuentas y la igualdad ante la ley, la línea de flotación del Estado de Derecho está amenazada. Pero, además de mantener el suelo, el 15M eleva el techo de nuestra democracia. Participa sin pedir permiso, de modo tan inclusivo que sigue recabando más simpatías que cualquier institución o representante político. Reclama los derechos sociales y las libertades civiles amenazadas por defenderlos. Amplía los espacios, tiempos y formas de participación con un potencial que rebasa a una cultura política demasiado precaria para reconocer su valor.

El salto en el vacío, si no es una huida adelante, no se da para acabar en el mismo sitioAl contrario que los gestores de la crisis, los indignados parten de la bancarrota económica y ética en la que hemos caído. Ese abismo no se salta sólo votando (también con b-) cada cuatro años. El salto en el vacío, si no es una huida adelante, no se da para acabar en el mismo sitio. Ni para que se despeñen los de siempre. Los indignados recuerdan las responsabilidades y los costes de esta crisis. Señalan que el sistema ha caído y que hay que reiniciarlo con otro sistema operativo. Su inclusividad, pluralidad y no violencia dieran merecer el aprecio de quienes gobiernan o quisieran hacerlo porque les ofrece una doble alianza. La democracia debe recuperar músculo ante los mercados, apoyándose de nuevo en las poblaciones y a escala global, tejiendo y enlazando redes de solidaridad y participación ciudadana, locales y nacionales. 'Esto lo arreglamos entre todos', propagaban las instituciones al comienzo de la crisis. Ahora, que ha estallado y la multitud se ha puesto a la obra, dicen: 'Sobráis, dejadnos solos'.

* Víctor Sampedro es catedrático de Opinión Pública