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El debate público sobre el 15M (y 2). La sociedad civil que no nos merecemos

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Frente a un movimiento como el 15M apenas cabe respuesta institucional más autoritaria, condescendiente en el mejor de casos, paternalista siempre. Quienes gobiernan actúan como profesores que un día encontraron a sus alumnos sentados en corro sobre la tarima, ampliando el temario. Se atreven a exigirles que vuelvan a sus pupitres, como las autoridades impusieron a los manifestantes la hora de regresar a casa.

Y cuando no lo hicieron, 'fueron a por ellos'. No están dispuestos a atender ni entender la pedagogía que ahora, en boca de sus pupilos, denuncia que ellos renunciaron a impartirla. Hace tiempo que comenzaron a dictar apuntes dándoles la espalda. Daban, en lugar de educación para la ciudadanía, misas en latín con la consabida retórica: tras el valle de lágrimas (penitencias inaplazables, cinturones apretados hasta la asfixia y azotes instructivos) aguarda la salvación (la senda de crecimiento, la tierra prometida y la comunión de todos los santos). Pero sus lenguas están muertas: no (se) hablan en la calle. Allí casi nadie les atiende ni entiende.

Por eso, cuando la calle habla, en vez de cambiar de registro, retoman la guía del profesor para examinar al 15M; en realidad, para suspenderlo. Saben que sus respuestas no caben en sus preguntas. Lo evalúan con números. Las noticias recuentan indignados, señalando que cada vez han sido menos, como si la represión no hubiese ido a más. 'El 15M se desinfla', dicen, obviando que la burbuja no ha parado de crecer. Y cifran el respaldo de la opinión pública con preguntas tipo test. Opciones cerradas. No vaya ser que la ciudadanía responda algo 'incorregible': fuera de temario y sonrojante para el examinador. Una encuesta, por ejemplo, ofrecía como única disyuntiva si el 15M era 'pacífico' o 'radical y antisistema' . Tres adjetivos que en las actas del movimiento se emplean de forma conjunta e intercambiable. El 15M exige y pretende remover con métodos pacíficos las raíces de un sistema demasiado corrupto, pero le convierten en violento.

Se pide incidencia en las urnas a quien denuncia la ley electoralSuspendido en democracia. Expulsado de la esfera pública por cero en conducta. Menos mal que las encuestas también señalan que casi un 70% de la clase rechazaba esa expulsión y que los castigados eran de los suyos, 'los pacíficos' (55%) . Este respaldo y la intolerancia exhibida por los líderes de opinión nos llevaría a revertir otra frase manida: 'Tenemos una sociedad civil que no nos merecemos'. Durante cuatro jornadas se ha evaluado la Democracia Real que los ciudadanos han desplegado a la luz sus 'logros políticos'. Pero solo son materializables por unos representantes que ignoran, devalúan o atienden retóricamente sus demandas. Se pide incidencia en las urnas a quien denuncia la ley electoral. Se le imputan militancias, carnés de partido y conspiraciones a quien cuelga sus actas de la Red, para así invertir la exigencia de transparencia contra quien la reclamaba.

Se pide a los expertos que señalen los retos futuros de un movimiento que, a pesar de su destreza tecnológica, repudia la tecnocracia. Se golpea al 15M y después, una vez diezmado, se le recuenta y tacha de violento. Se sondea a una corriente de opinión con intención de encasillarla en categorías obsoletas. Y todo ello sumado pone final (anunciado desde su arranque, deseado tras cada campaña) a un proceso abierto de contestación y fiscalización ciudadanas. Para rematarlo se le exige al 15M una lista (cerrada) de demandas concretas y factibles. Entiéndase bien, realizables aquí y ahora: por los mismos de siempre y con sus reglas de juego.

Hemos adoptado ante el 15M la postura propia ante un menor de edad. El diálogo con él se ha zanjado con el doble imperativo del catecismo: antes, recita los mandamientos; luego, hablamos. Todo lo contrario a la pregunta socrática, que pretendía que el discípulo extrajese la verdad que le habitaba y a la que debiera responderse con otra pregunta, que la hiciese más precisa y pertinente. De la capacidad ciudadana para mantener ese debate con sus representantes y del compromiso de estos de responderles nació la democracia. Desde esta perspectiva el balance no puede ser más pesimista. Y la atribución de responsabilidades que se ha hecho tampoco puede resultar más injusta. La pobreza organizativa e intelectual del 15M es innegable, pero ha sido superada, con creces, por la de quienes debieran ser sus interlocutores. Y a los que los medios, por cierto, no han sabido interpelar, siquiera arrancar declaraciones antes de que pasasen las movilizaciones del primer aniversario.

Del 12M al 15M la pedagogía política y la defensa de la democracia han sido ejercidas, sobre todo, por la ciudadaníaDel 12M al 15M la pedagogía política y la defensa de la democracia han sido ejercidas, sobre todo, por la ciudadanía: los jóvenes que han fraguado y demostrado su poderío ('empoderamiento' para los anglosajones) en la Red y la vieja militancia de las luchas sociales. Una vez más y aún con todo, incoherencias y debilidades propias incluidas, su contribución ha sido enorme. A pesar de quienes gobiernan y el 1% al que representan, el 15M ha desenmascarado el consenso publicitario que encubren los eslóganes tipo 'esto lo arreglamos entre todos'. Quienes ocultan sus delitos y socializan sus pérdidas culpabilizándonos de la crisis, exigiéndonos que sigamos costeando su codicia, se han transformado en matones. '¡Esto lo arreglamos nosotros solos!'. No han sido los indignados quienes lo han proclamado en un alarde de autosuficiencia, sino sus represores y quienes callaron ante ellos, sin forzarles a responder con otro lenguaje que la intimidación y el menosprecio. Mejor harían cuestionándose qué hacer de aquí en adelante para merecerse semejantes ciudadanos.

* Víctor Sampedro es catedrático de Opinión Pública