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Decidir la propia muerte

La ley que prepara el Gobierno sobre la `muerte digna' y los cuidados paliativos ha reactivado el debate sobre la eutanasia

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El anuncio de que el Gobierno prepara una ley de cuidados paliativos y muerte digna ha reactivado el debate sobre los derechos al final de la vida, derechos que, cada vez más, son una creciente preocupación ciudadana.

Los cuidados paliativos, siendo imprescindibles, no son suficientes

Por diversas razones, entre las que se cuentan los condicionamientos religiosos, las sociedades modernas han vivido de espaldas a la realidad de la muerte, como si ignorarla pudiera evitarla. Ello explica en buena medida que la exigencia social respecto de los derechos en relación con la muerte, los llamados hoy 'derechos de salida', haya sido relativamente tardía en el devenir histórico.

Al progresivo abandono de esos atavismos sociales respecto a la muerte, se ha unido la cada vez más frecuente experiencia de que los avances tecnológicos de la medicina han dado lugar a que la muerte sea hoy, en demasiadas ocasiones, un prolongado proceso de sufrimiento sin sentido alguno.

De morir 'cuando Dios quiere' hemos pasado a la percepción de que morimos 'cuando el médico lo permite' y, lo que es peor, 'como el médico decide'. Hasta el punto de que es muy generalizada entre la profesión médica la creencia de que la obligación primordial con el paciente es alargar su existencia y no tanto, aliviar su sufrimiento. En sus manos, la muerte es hoy un proceso tecnificado, deshumanizado, que deja en quienes lo presencian, un sentimiento de indignidad.

La dignidad está a expensas de que el médico considere su ética superior

Para la mayoría de las personas, la dignidad es inseparable de la autonomía. La libertad de decidir sobre la propia vida no puede excluir, precisamente, el proceso final. No es posible una vida digna sin el derecho a una muerte digna que, hay que decirlo con firmeza y claridad, es mucho más que una muerte sin dolor y, por consiguiente, no se consigue a base de cuidados paliativos que, siendo imprescindibles, no son suficientes para garantizar su dignidad. Lo reflejan todas las encuestas: para una amplia mayoría, la dignidad en el proceso de morir no es posible mientras las decisiones fundamentales estén en manos de otros, sean médicos, curas o legisladores.

Se nos reconoció el derecho a renunciar al tratamiento, a limitar el esfuerzo terapéutico y permitir así la muerte; tenemos también derecho a ser ayudados en el proceso de morir y a ser aliviados del dolor y el sufrimiento que comporta. Sea en todo caso bienvenida una nueva ley si garantiza en la realidad estos derechos que, sobre no agotar el concepto de dignidad en la muerte, siguen estando a expensas de que el médico que nos toque en suerte considere su ética superior a la nuestra.

No olviden los legisladores que la dignidad del proceso de morir no podrá ser plena en tanto no nos reconozcan el derecho a decidir, libre y autónomamente, nuestro final y, consecuentemente, a recibir ayuda para que sea rápido, tranquilo y acompañado. Humanitario.