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Donde dicen Haro dicen vino

El negocio de los caldos es la clave de la prosperidad económica del municipio más importante de la Alta Rioja

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Lo dijo ayer mismo el alcalde: “Lograremos que en las calles de Haro, cuando se entre, se diga estamos en la capital del vino de Rioja”. Estaba ayer exultante, el regidor, el popular Patricio Capellán Hervías. A sus espaldas, una nueva escultura alusiva al proceso del vino inaugurada en una rotonda del municipio, otra más, hay varias en el pueblo. A su lado, el presidente de La Rioja, Pedro Sanz. El alcalde se ha empeñado en que todo en las calles de Haro quiera decir vino. Este es un lugar singular. Las esculturas en las rotondas, la arquitectura de algunas de las bodegas, la vida en las calles. La buena vida de Haro gira sobre el cuello de las botellas. Y se nota. Le pregunta al teniente de alcalde, José Ignacio Asenjo, si se puede decir que Haro es un pueblo rico. Tira de humildad: “No está bien que uno presuma...”. Defiende, eso sí, que hay una gran calidad de vida.

La culpa es de los franceses. La culpa de lo de la calidad de vida. De los franceses y de algunos visionarios de la zona, claro. Y la historia es tal que así: a mediados del siglo XIX, las zonas vitivinícolas de Francia tuvieron problemas con las plagas. Y a alguien se le ocurrió que desde La Rioja se podría abastecer el mercado francés del vino. Llegaron con dinero y con conocimiento. Cambiaron las maneras de la producción y la dimensión del sector. Todo eso comenzó en 1857. Para cuando a finales de siglo se volvieron con sus bártulos a una Francia que ya había recuperado sus campos y que cerró las fronteras para librarse de la competencia que se había inventado, algunos riojanos les cogieron el testigo. Y hasta hoy.

Dice el teniente de alcalde Asenjo que “en Haro, y salvo excepciones, quien no trabaja es porque no quiere”. Dice el antropólogo Luis Vicente Elías, investigador vinculado a la bodega más antigua de Haro, la López de Heredia, que es cierto que el vino es clave para que el pueblo tenga una buena situación económica. Del otro lado del teléfono, el también atropólogo Íñigo Jáuregui, ofrece una visión mucho más descarnada: “En los últimos años, Haro vivió del ladrillo”. Y dice más: “Todas las bodegas están ahora en manos de grandes empresas, y eso que se conoce como la cultura del vino es un invento de un publicista, no existe”. Sostiene Jáuregui que la verdadera cultura del vino existe pero está desapareciendo con el modelo económico actual del vino: cambiaron los medios de producción y cambió la propiedad. Hoy hay bodegas que cotizan en bolsa.

Hay una foto. En ella se ve al escritor Ernest Hemingway. Y también a Antonio Ordóñez, el torero. Están en la bodega de Paternina en Ollauri, a las afueras de Haro. “Algunos empleados de aquí que ya están jubilados me contaron que a Hemingway le gustaba mucho venir”. Me lo comenta Julián García al final de un recorrido por los antiguos calados de Patenina en Ollauri. Son cuevas. Les llaman así, calados, los hay iguales en toda la zona. Tienen tal profundidad que si gritas un poco te escucha el demonio. La visita resulta impresionante. Hay botellas que cuentan cerca de un siglo. “El vino dura lo que dura el corcho”, explica Julián.

Esta es otra España rural, otra historia. No hay pérdida de población. El 10% de su padrón municipal está ya compuesto por inmigrantes.
No hay que mirar demasiado para advertir que hay pasta. A veces, se nota por exceso: el dinero y la estética a veces riñen cuando el primero quiere que la segunda lo muestre mucho. Pero eso es,al fin, lo anecdótico.

 

Sostiene el investigador Luis Vicente Elías que a Haro, y a toda la Alta Rioja, todavía les queda mucho por hacer en materia de enoturismo. Fuentes del ayuntamiento también señalan el enoturismo como opción de futuro. Luis Vicente Elías, que conoció este tipo de negocio complementario al del vino en California, cree que es la asignatura pendiente del principal muncipio vitivinícola de la Alta Rioja. Algunas bodegas de Haro —hay en total 22 en el municipio— tienen en sus archivos auténticas joyas. Como esa foto de Hemingway, por ejemplo. O los comprobantes de las exportaciones de vino de La Rioja a Bombay y a Filipinas en el año 1890.

Porque la historia del vino, como la de todas las industrias que hicieron historia, esconde momentos apasionantes y anécdotas que merecen ser escuchadas.