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Una dimisión con efectos contrarios a los pretendidos

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Rafael Velasco ha querido resolver un problema personal con una decisión política, pero ni ha resuelto el problema personal ni ha neutralizado las consecuencias políticas de ese problema personal. Más bien ha ocurrido todo lo contrario: su decisión de dimitir como parlamentario andaluz pero no como vicesecretario del PSOE andaluz ha convertido en un problema político lo que hasta ayer era únicamente un problema personal.

Sobre la academia de formación que dirige su esposa pesa la acusación periodística de haber recibido 726.000 euros en subvenciones públicas por ser Velasco quien es, pero del expediente de esas ayudas no se ha desprendido hasta el momento ninguna irregularidad administrativa. Hasta donde sabemos, la situación denunciada tendría severas contraindicaciones estéticas, pero no éticas.

Sin embargo, su dimisión a medias tiene justamente el efecto contrario al pretendido: no sólo no despeja las dudas sobre su honorabilidad, sino que más bien las alienta. Es cierto, en todo caso, que no tenemos derecho a pedirle a nadie que sea un héroe y soporte estoicamente lo que considera una persecución personal y política, pero tampoco nadie tiene derecho a pedirnos que creamos ciegamente en su inocencia si se comporta como si fuera culpable. Los implacables cazadores que le siguen la pista no van a abandonar la partida mientras Velasco continúe como número dos de los socialistas andaluces. La cacería sólo acabará si se va del todo. Por eso, el presidente Griñán debe permitirle que lo haga cuanto antes.