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Un embajador en los invernaderos

Inmigrantes sin papeles muestran al diplomático de Gambia sus lamentables condiciones de vida en Almería

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George y Sang están nerviosos. Esperan a un invitado y quieren que esté cómodo. Han organizado una comida junto a su casa, un almacén mugriento sumergido en plásticos de invernaderos. Allí, en Las Norias, entre El Ejido y La Mojonera (Almería), foco de violentos conflictos sociales, viven hacinados con más de 30 compañeros, también inmigrantes sin papeles del África subsahariana. Comparten la más penosa pobreza.

Pero se ayudan, musulmanes y cristianos, cada uno con la fuerza de su dios. Perpetua machaca laurel y ajo. 'Hoy es un día especial, estamos cocinando carne y macarrones chicos (fideos)', afirma sin dejar de mirar el mortero. Trabaja en una fábrica de plásticos, pero 'la cosa está muy mal', dice casi susurrando. Su hija, de 12 años, friega cucharas en un bidón. Suena música africana. El invitado está a punto de llegar.

Algunos terminan una partida de damas en un tablero blanco y verde. Otros escudriñan el periódico. 'España no puede absorber ya a más inmigrantes', leen en la portada de Público de ese día, hace una semana. La frase del ministro Corbacho los deja en silencio. Un segundo, dos, tres, cuatro, cinco... 'Es que no hay trabajo, no hay trabajo', rompen a hablar. Un señor alto, con traje y corbata, se baja de un taxi diez minutos antes de la hora prevista. Es el invitado: el embajador de Gambia.

Kebba Touray, que estrenó la embajada en Madrid el pasado año, viene a escuchar a sus compatriotas. Es domingo, la una menos cuarto del mediodía. No hay políticos, ni medios de comunicación convocados, ni protocolo. Sólo penuria. El embajador espera durante media hora, callado, a que lleguen todos. Algunos vienen andando desde pueblos cercanos. Otros están en misa.

 

Tras una presentación, el embajador arranca: 'No puedo dar soluciones, pero sí aconsejaros', afirma Touray en inglés, el idioma oficial de Gambia. Un traductor espontáneo repite sus palabras en una lengua africana, el mandinga, para que los asistentes de Senegal y Guinea Bissau también entiendan. Todos, unos 50, comienzan a aplaudir con entusiasmo, la mitad de pie, la mitad en las 25 sillas que han podido reunir: algunas de plástico, otras de madera, ninguna igual.

George, con porte educado, lleva refrescos a la mesa del embajador. Este gambiano de 25 años llegó a España hace cinco meses y ya habla casi perfectamente el español. No quiere decir cómo vino, pero sí por qué: 'Quiero estudiar Tecnología en la Universidad y necesito el dinero para poder hacerlo en mi país', afirma mientras enseña el váter oxidado y sin cisterna de su casa. Sólo hay un baño para los 35 compañeros. Son de Guinea Bissau, Gambia, Senegal y Guinea Conakry. Duermen repartidos en siete habitáculos húmedos, la mayoría sin ventanas. George lo hace con Sang, de 30 años, en un mismo camastro, sin apenas mantas. Ngagnedtor comparte su habitación con 12 inmigrantes más. “No tenemos ni para comer”, lamenta este guineano espigado de 27 años.

El embajador insiste: 'No puedo dar soluciones, pero sí informaros de los acuerdos con España'. Han tenido que comprar un calentador para no ducharse con agua fría. No tienen frigorífico, ni comida con que llenar algún estante desvencijado. Protegen el almuerzo de las moscas, generalmente sopa, en un horno estropeado. Comen de la olla o del mismo plato, una palangana. Y cada uno paga 40 euros al mes en concepto de alquiler a un empresario. El total, un disparate: 1.400 euros por una casa con las tripas fuera. Vigas por paredes y cemento por suelo. Seis botellas de detergente líquido para baldosas se mueren de pena. Huele a todo menos a brisa marina.

Llevan un mes parados. 'Los empresarios nos echan a gritos', denuncian. 'Y cuando nos aceptan, cobramos unos 30 euros al día', 16 menos de lo que marca el convenio. 'Sé que buscan una vida mejor y que lo están pasando mal, pero el objetivo es volver para que África se desarrolle con vuestro trabajo', dice Touray. El pasado septiembre, Interior mandó un avión con 101 gambianos al país africano. Tuvieron que regresar porque el Gobierno de Banjul los rechazó. Muchos quedaron libres al superar el plazo de internamiento. 'Es importante que los españoles también inviertan allí', añade Touray, que ya ha visitado a inmigrantes en Barcelona, Mataró y Zaragoza. 'Hay que crear asociaciones', pide a quienes ni siquiera tienen un papel que mostrar a la policía.

En Almería, George y Sang han montado una hace tres meses. De momento, son 40, todos inscritos a boli en una hoja. '¿Sería posible crear una tarjeta de identificación?'; 'Si me muero, ¿me enterrarán en mi país?'; '¿Por qué no se extienden los contratos en origen?'; '¿Se pueden homologar los títulos?'. Tras escuchar la ronda de preguntas, Touray aseguró que todo se estudiaría, dejó un montoncito de tarjetas de visitas y todos se fueron a comer con algo más de esperanza en la barriga.