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El emperador del chaflán

Su obsesión por el dinero y el poder alimentó su ansia de reconocimiento social

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'Me siento perseguido', clamaba hace diez años José Luis Núñez, quien denunciaba una doble conspiración en su contra como presidente del FC Barcelona y omnipotente empresario del ladrillo. La vida y obra de Núñez se funden en ambos papeles, que no se explicarían sin su obsesión por el poder y el dinero como activos para conseguir el pleno reconocimiento social entre la alta burguesía y las élites dirigentes de Catalunya.

'El único club que declara y paga impuestos por 19.000 millones [de pesetas] es el único inspeccionado', se quejaba entonces ante el periodista José María García al ser preguntado por sus problemas fiscales, en pleno revuelo por los registros en sus empresas y su propio domicilio en relación con la trama de corrupción de inspectores de Hacienda por la que ha sido condenado. Sucedía en mayo y julio de 2001, tras su patética defenestración de la dirección del Barça.

El empresario se jactaba de alquilar o vender edificios a Justicia y Hacienda

'Es un fraude lo que está sucediendo', insistía Nuñez al denunciar el doble rasero del fisco con respecto a las cuentas de los grandes clubs de fútbol de España. El ya expresidente del Barça echaba balones fuera sobre sus problemas fiscales. 'Hay una persecución contra nuestras empresas, pero no pasa nada', admitió pese a todo. 'Estamos siendo inspeccionados desde hace diez años y han pasado hasta 50 inspectores distintos', añadía como si tal cosa.

El empresario utilizaba el peso de su enorme patrimonio para darse el gusto de desafiar al stablishment. 'Da la casualidad de que Justicia nos ha alquilado un edificio nuestro. ¿Acaso Justicia también tiene intereses con Núñez y Navarro?', se interrogaba en su característico tono lastimero y victimista el popular empresario, volcado en su floreciente negocio privado hasta contar con cien filiales y un patrimonio inmobiliario valorado en 70.000 millones de pesetas (unos 400 millones de euros).

Su fantasía oculta era ser alcalde de Barcelona, pero apostó por el Barça

Núñez aún fue más allá en sus premonitorias declaraciones radiofónicas. 'Hacienda nos compró uno de nuestros edificios. ¿Quiere decir también que Hacienda tiene intereses con Núñez y Navarro?', exclamó ante el micrófono.

Confirmado con éxito en el negocio inmobiliario del desarrollismo español como un auténtico self-made man, Núñez fantaseaba en realidad con el sueño de ser alcalde de Barcelona. Así se lo confesó al legendario periodista Josep Maria Huertas, que seguía como un sabueso la huella de la voraz piqueta de NN en la trama histórica del Eixample de Barcelona. No pudiendo aspirar a tan alto destino por limitaciones de linaje, el que fuera hijo de un modesto policía aduanero, criado en Port-Bou y establecido con su familia en Barcelona en 1938, se fijó como máxima ambición presidir el Barça. Sin apenas estudios, aunque probada vocación por el trabajo y el ahorro, a mitad de los cincuenta se inició en el sector inmobiliario con su suegro, Francisco Navarro, hasta hacerse con todo el negocio y anteponer su propio apellido en el nombre de la sociedad.

Devastó parte del paisaje modernista de la ciudad bajo la oleada inmobiliaria

La primera gran oleada del ladrillo en España convirtió a Núñez en uno de los constructores más prósperos y visibles del país. Sus característicos bloques de viviendas con balcón, ubicadas en los estratégicos chaflanes del ensanche barcelonés, inyectaron toneladas de botox de ladrillo en el rostro modernista del centro urbano de Barcelona. Fue acusado en repetidas ocasiones de irregularidades urbanísticas, como el intento de derribo de la histórica Casa Golferics, evitado por la presión vecinal, y otros edificios de interés histórico y artístico como el Palau Trinxet, obra del arquitecto Puig i Cadafalch.

Fiel a su pasión por el ladrillo, Núñez planea hoy la reforma y explotación de La Rotonda, joya de la ciudad-jardín impulsada por el doctor Andreu al pie del Tibidabo. El edificio modernista, levantado hace un siglo por el arquitecto Ruiz i Casamitjana y ampliado con aire novecentista por Enric Sagnier, es propiedad de NN desde 1999 y está casi en ruina.

Pese a sus credenciales en 1976 fue multado con 1,8 millones por contrabando monetario de seis millones, su buena estrella empresarial lo catapultó a la presidencia del Barça. Exponente del nuevo sector emergente ante la vieja saga del textil, en 1978 conquistó el trono culé frente al tándem favorito Ariño-Casaus.

Durante toda una era 22 años, inmune a la Transición y el pujolismo, Nuñez convirtió el Barça definitivamente en 'algo más que un club': un formidable negocio de vocación mundial con rutilantes estrellas como Maradona y Ronaldo, hasta repescar a Cruyff como coach y lograr el renacimiento con el Dream Team. Con él llegó también el final de su gran sueño.