Publicado: 15.10.2014 07:00 |Actualizado: 15.10.2014 07:00

"Todas las enfermeras pensamos que podríamos haber sido Teresa"

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Hay profesiones invisibles. Las enfermeras, por ejemplo, no se ven cuando están y se echan de menos en su ausencia. Llevan toda la vida trabajando en el punto ciego del ojo humano, pero sólo saltan a la vista tras el infortunio. Antes era necesario franquear la puerta de un hospital para advertir su presencia. Hasta que una auxiliar resultó contagiada de ébola, un virus que sonaba a lejos, y el país entero supo de la existencia de Teresa Romero, que es un poco todas las enfermeras de España.

"Siempre hemos estado ahí", certifica Bárbara Escudero (Madrid, 1976), la polea que transmite fuerza a los familiares y quita un peso de encima a los pacientes. Diez años de experiencia en la Unidad de Diálisis del Servicio de Nefrología del 12 de Octubre, donde depura la sangre a quienes un día les falló el riñón. "Yo quería estudiar Medicina, pero no me dio la nota y entré en Enfermería", reconoce. "Cuando empecé a trabajar me atrapó el cuidado a pie de cama y ya nunca se me pasó por la cabeza ser doctora. Esto te engancha desde el principio".

Bárbara atiende a pacientes crónicos, engrilletados de por vida a una máquina mientras esperan por un trasplante renal que a veces nunca llega. "Me afecta ver a los más jóvenes, porque piensas que no deberían estar aquí", confiesa esta madrileña del 76, a quien le fascina el contacto con la gente. "De hecho, en el futuro me gustaría pasar a la atención primaria, donde el paciente tiene el primer contacto con el sistema", apunta Escudero, preocupada por las condiciones de quienes ni pueden desplazarse a su centro de salud.

"Cuando vas a su domicilio, compruebas las necesidades que padecen algunos", revela. "Se te cae el alma a los pies al ver a personas que no encienden la luz para ahorrar, a otras que no toman la medicación porque tienen que asumir parte de su coste, a abuelas que en invierno se tapan con tres mantas, a encamados que dependen de sus familiares porque no reciben ayudas... Es el día a día de las enfermeras de atención primaria", se queja.

La disminución de los recursos también se percibe en los centros de salud, donde los recortes han precarizado el servicio, según Bárbara. "La eventualidad es el cáncer del sistema. Muchos contratos son temporales y las bajas cada vez se cubren más tarde. Por no hablar del retraso de las ambulancias o de la reducción del material", enumera. "Hay temor a denunciar estas carencias porque no tardan en señalarte, pero llega un momento en el que debemos perder el miedo y abrir la boca".

Como cuando la profesión salió a la calle para denunciar el plan de privatización de la sanidad pública madrileña, paralizado por la justicia, que tuvo en cuenta los "perjuicios irreparables" que podrían sufrir unos 5.000 trabajadores y más de un millón de ciudadanos. "Todo el personal es necesario, de la limpiadora al médico", justifica Escudero, embarcada junto a sus colegas en la lucha contra la gestión del ébola por parte de las autoridades regionales y estatales. "El tratamiento del contagio en Estados Unidos no tiene nada que ver con el de España: allí se ensalza a la enfermera infectada y aquí se culpabiliza a la auxiliar".

No se puede exponer a los sanitarios a un riesgo, añade, y luego no asumir la responsabilidad. Desmantelado el Hospital Carlos III como centro de referencia nacional para patologías infecciosas y tropicales, "¿por qué no se tomaron antes medidas necesarias como acondicionar unas instalaciones?", se pregunta Bárbara, quien describe la cara de estupor de sus compañeras cuando vieron los trajes de protección que les enviaron. "Se echaron a temblar, porque eran los equipos más baratos", explica mientras se pone en la piel de Teresa Romero y de quienes la asisten. "Todas pensamos que podríamos haber sido ella".