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Los exiliados del 36 y la Tercera España

Los republicanos se sintieron defraudados por la deserción de los viejos maestros

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* Profesora de Estudios Hispánicos en la Universidad de Aix-en-Provence (Francia)

Desde los primeros meses de la guerra, empezó una lenta y continua sangría de españoles hacia el extranjero. Entre ellos, se encontraban varios intelectuales madrileños que, viendo peligrar su propia vida y discrepando de la violencia desencadenada desde el golpe, prefirieron tomar el camino del exilio para ponerse a salvo y situarse au-dessus de la mêlée. Estos exiliados del 1936 forman lo que se dio en llamar la Tercera España: un rótulo lo bastante difuso como para englobar a todos los que no tenían cabida en ninguna de las dos Españas, lo que abarca posturas muy variadas.

El concepto de las dos Españas supone un dualismo reductor -¿por qué no imaginar no dos, ni tres, sino múltiples Españas?-, y tan petrificado que apenas deja espacio para un tercer término: la Tercera España es el tercio excluso, o, en versión más angelical, la síntesis dialéctica entre las otras dos, la solución al eterno cainismo español.

Algunos de los exiliados de primera hora intentaron, es verdad, construir un frente de intelectuales independientes que Niceto Alcalá-Zamora, en 1937, fue el primero en llamar Tercera España. Procuraron, a través de manifiestos o llamamientos en tribunas de prensa, hacer lo que no hacían los países occidentales: federar a los inclasificables, propiciar una mediación entre los contendientes, actuar a favor de las víctimas organizando el canje de prisioneros. Así lo hicieron Alfredo Mendizábal desde la oficina parisina de su Comité Español para la Paz Civil, o Salvador de Madariaga, que utilizó su prestigio de diplomático de la Sociedad de Naciones (SDN) para intentar, sin éxito, que franceses y británicos interviniesen en el conflicto.

Los republicanos se sintieron defraudados por la deserción de los viejos maestrosLa Tercera España encarna así la tercera vía, reformista, entre reacción y revolución; es decir la tercera erre de la lucha triangular que se dio en la Europa de entreguerras. Puede definirse como liberal y moderada, contraria a todo extremismo; por ello se asimila a una posición centrista, como lo fue el corto Gobierno de Manuel Portela Valladares en 1936. ¿No escribía Ortega y Gasset en 1937 que "ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil"?

Se añade así al decididamente difuso bando de la Tercera España a intelectuales como el mismo Ortega, Gregorio Marañón, Ramón Pérez de Ayala, Pío Baroja o Azorín, todos ellos tempranamente autoexiliados. Ya antes de la guerra, se habían alejado de la República, pidiendo su "rectificación" o cambio de rumbo. Pero, en cuanto liberales, no tenían cabida en la España contrarrevolucionaria de los nacionales. Personae non gratae en ambos bandos, su silencio inicial respecto al conflicto y su elección de no intervenir en él fueron, ante todo, medidas de protección.

Sin embargo, su silencio no pareció nada equidistante a sus coetáneos. Los republicanos se sintieron defraudados por la deserción de los viejos maestros, prueba de su deslealtad hacia la República en armas. Como lo resumía en 1937 Agustí Calvet, alias Gaziel, sobre los intelectuales exiliados del 36, "el silencio es traición". Por otro lado, resultaban sospechosos a ojos de los franquistas, que reclamaban, para perdonarles su pasado republicano, muestras de una adhesión sin reservas al Movimiento.

Su posición de aparente neutralidad política no significa tampoco que fuesen realmente equidistantes. Baroja, Pérez de Ayala, Marañón o Azorín no tardaron mucho en pasar de la disidencia republicana a mostrar sus afinidades con los sublevados, sin dejar no obstante de declararse liberales. ¿Cómo pudieron compaginar sus convicciones liberales con su apoyo de facto al franquismo?

Baroja, Azorín o Marañón no tardaron en mostrar afinidad con los sublevadosSu posición se explica por una maduración ideológica iniciada antes de la Guerra Civil, que les llevó a desconfiar de la democracia como instrumento de regulación sociopolítica. El supuesto terror reinante en la República del Frente Popular, anticipado en la revolución de octubre de 1934 y alimentado por el descontrol militar del bando legal, les inclinó a creer que el franquismo constituía el mal menor. Suscribían así la interpretación de la Guerra Civil como "guerra preventiva" frente al peligro de revolución bolchevique que amenazaba España. Creyendo que, fuese cual fuese el vencedor, el viejo liberalismo estaba moribundo, apostaban por una dictadura transitoria, que daría paso a un nuevo liberalismo purgado de tentaciones comunizantes. Subestimaron gravemente la potencial fascistización del régimen franquista.

En suma, su postura fue similar a la línea de no intervención anglo-francesa, dictada por la política de apaciguamiento. Basada en el rechazo de cualquier alianza con el comunismo y en el espejismo de un acuerdo con Hitler, esta política se tradujo en España en un acercamiento gradual al bando franquista. El alegato liberal que aquellos autores desplegaron en sus escritos de la guerra era, pues, destinado a convencer a Francia e Inglaterra de que el bando franquista contaba también con intelectuales moderados: argumento que debía alentarles a intervenir en el conflicto, desde luego a favor de Franco, pero con vistas a templar sus propensiones totalitarias e imponerle una liberalización de su política.

Cuando estos viejos maestros empezaron a entender que el proyecto franquista era ajeno a toda racionalidad liberal, el derrumbe del liberalismo español era irremediable. La Tercera España se quedó en el limbo de los proyectos políticos nonatos, y los intelectuales liberales tuvieron que elegir entre perpetuar su exilio, exterior o interior, o doblegarse ante el dictador.