Publicado: 12.02.2014 07:00 |Actualizado: 12.02.2014 07:00

El fotógrafo de la noche madrileña

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Dentro de unos años, para saber cómo era la noche de Madrid a comienzos de siglo habrá que recurrir a las fotos de Juan Carlos Lecaros (Lima, 1976). Lleva una década registrando la vida de esa capital que comienza a desperezarse cuando llega la madrugada y luego terquea para irse a la cama. En ese tiempo, ha visto esfumarse a tribus urbanas y asistido al alumbramiento de otras. Ha plasmado la irrupción del burlesque y puesto de largo a los hijos de la movida. Tiene una serie de noctívagos en baños. Otra fetichista. Ha buceado en el underground y se ha deslizado por fiestas de copete. Su galería de la fauna nocturna es un tratado visual de etología urbana.

"Yo no necesito un estudio, cualquier rincón es válido", explica Lecaros, quien recaló en la Casa de América allá por 2002 gracias a una beca de la Fundación Carolina. Dejaba atrás Perú y el movimiento subterráneo, una corriente contracultural que bebía del punk. En ese contexto cambiante, Juan Carlos, afectado por un particular síndrome de Diógenes, comenzó a recopilar fotografías abandonadas. "Durante años, me incauté del desperdicio fotográfico y llegué a acumular dos millones de fotos, hasta que mi padre amenazó con tirarlas o echarme de casa". Aquellas imágenes formarían parte de una instalación del Centro Cultural de España en Lima que reproducía su habitación atestada de vidas congeladas.

"Las instantáneas, que yo recogía pacientemente de la basura, captaban los momentos más íntimos de los peruanos. Desde estampas campesinas hasta parejas retozando, escenas en las que aquellas cámaras analógicas ejercían de testigo directo o juguete sexual. Es curioso que entonces Perú lograse mantener alta la libido pese a las políticas de Fujimori, que devoraban a la población", recuerda Juan Carlos, en aquellos años estudiante de Arquitectura. Cuando cruzó el charco, pateó literalmente las calles para tejer un mapa pedestre de Madrid: el proyecto A tus pies mostraba decenas de extremidades femeninas dibujadas a lápiz.

Fue entonces cuando se agenció una cámara, comenzó a retratar la noche y adoptó el nombre artístico de Jotace Unaimagen, con el que hoy firma las fotos que toma en fiestas y eventos de todo tipo. Al principio lo hacía por placer y era habitual verlo en bares, clubes y discotecas luciendo su melena lacia, hoy recortada pero igualmente negra, con el flequillo en caída libre sobre su ojo derecho. Ahora trabaja por encargo en fiestas y eventos. "Me pagan por lo que me gusta hacer, por lo que nunca me he sentido presionado ni enajenado", confiesa. "Cada sesión significa comenzar de cero, por lo que fotografío a la gente como si fuese la primera y única vez que posa para mí".

En esta década, ha sido testigo de una mutación del paisaje (la gentrificación o aburguesamiento del centro) pero también del paisanaje. "El gótico y el punk fueron desapareciendo y los modernos han ocupado su lugar, debilitando a una generación. Ha sido una etapa sin contenido, sólo pose y estética, caracterizada por una suerte de prepotencia y de copia de la copia", cree Jotace. "Sin embargo, la noche sigue teniendo cosas valiosas, aunque las esconde. Todavía hay gente que encuentra en el objetivo de mi cámara una válvula de escape. Y, durante una fracción de segundo, logran despojarse de su armadura para regalarte su yo más íntimo".