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Fraga, un camaleón con pasión por el poder

El político conservador pasó de la dictadura a la democracia sabiendo adaptarse a cualquier circunstancia

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De Manuel Fraga, fallecido en su domicilio de Madrid a los 89 años, se ha dicho siempre que fue un político camaleónico al que la pasión por el poder le llevó a saber adaptarse a cualquier circunstancia. ¿Cómo explicar si no su paso de la dictadura a la democracia? ¿Cómo aceptar que pasara de ser ministro franquista de Información, y cara visible del régimen, a ser uno de los padres de la Constitución de 1978?

Ese viaje lo hizo sin pagar peaje político y sin dar explicaciones de dónde venía o hacia dónde iba. Todo el mundo daba por hecho que, como en el cuento de Monterroso, Fraga seguiría allí una vez que la democracia despertase: siempre en el centro del escenario, donde se decidía todo. Esa capacidad de adaptación es la clave para entender a una figura política que estuvo casi 60 años en primera línea, y a la que sólo faltó ser presidente del Gobierno, su sueño incumplido. Ni su experiencia, su inteligencia o su cintura política le sirvieron para alcanzar ese objetivo. 

El Fraga franquista fue alguien que primero abrazó la dictadura sin complejos y más tarde quiso transformarla pero sin alterar sus cimientos. En los años finales de la dictadura, con un Franco cada vez más enfermo, Fraga apostó por el aperturismo, por reformar el régimen pero no por liquidarlo. Su gestión como ministro de la Gobernación en 1976 será recordada por su apuesta por el orden en las calles a cualquier precio y el autoritarismo del que hacía gala. 

Cuando vio que seguir con la dictadura era imposible y que la democracia acabaría imponiéndose, se ofreció a pilotar la Transición, pero el rey Juan Carlos eligió a Adolfo Suárez. Aquel día de julio de 1976 se llevó uno de los mayores disgustos de su vida.

Gobernó Galicia con mano firme y con técnicas caciquiles

Ante la inminencia de las elecciones, Fraga fundó Alianza Popular (AP) en 1976 junto a otros exministros franquistas. Resulta meritorio que supiera conducir a la derecha más franquista y recalcitrante hasta la democracia y que lograra que ésta aceptara —con reparos— la nueva Constitución democrática. Sin embargo, en esos primero años de la Transición no tuvo el papel protagonista que él tanto deseaba: en 1977 consiguió sólo 16 diputados, y en 1979 se quedó en diez. Fue el hundimiento de la UCD en 1982 el que le llevo a liderar la oposición a los Gobiernos de Felipe González.

Aquellos años, entre 1982 y 1986, fueron convulsos. Pronto quedó claro que él nunca podría encabezar una alternativa al PSOE con opciones reales de conquistar el poder: los votantes le asociaban demasiado al no tan lejano pasado franquista. Con él, la derecha tenía un techo más bajo que cualquier suelo socialista. AP se volvió ingobernable y Fraga terminó por ceder el testigo. 

Pero eligió mal a sus sucesores —un defecto que siempre le achacaron incluso sus seguidores— y la derecha española se convirtió en una casa de locos que amenazaba ruina. Como nunca supo marcharse, terminó volviendo para poner orden y refundar el partido, que desde 1990 es conocido como PP. Ungió a Aznar y él se fue a hacer política a Galicia: se convirtió en presidente de la Xunta, donde construyó su feudo particular. 

En Galicia volvió a mostrar su carácter camaleónico: en plena efervescencia de las autonomías, Fraga se destapó como un galleguista de viejo cuño. En realidad, Fraga ya venía marcando la política gallega desde 1981, cuando con el lema Galego coma ti, fue factor clave para conseguir la Presidencia de la Xunta para su ahijado político Gerardo Fernández Albor. Aunque él no era candidato, la campaña estuvo centrada en el aval de su figura.

Gobernó Galicia con mano firme y con técnicas caciquiles. Su mensaje de recuperación de la dignidad de la autonomía gallega dotó al PPdeG de una personalidad propia dentro del partido que él mismo fundó. Muchas de sus decisiones, como su estrecha relación con Fidel Castro, incomodaron en numerosas ocasiones a sus compañeros de partido. Presidió la Xunta hasta 2005, cuando la edad, los casi 16 años que llevaba en el poder y el escándalo del Prestige le retiraron el favor de las urnas. Pero Fraga nunca supo irse y a partir de ahí inició una nueva carrera —otra más— en el Senado.

'Todo se va, todo cae, todo termina', dijo con tono emocionado el día que cedió el timón de mando del PP gallego a Alberto Núñez Feijóo. Fraga parecía infinito, pero el pasado noviembre dejó su escaño. Acaba de cumplir 89 años, casi todos ellos regidos por una pasión: el poder.