Publicado: 29.10.2014 00:00 |Actualizado: 29.10.2014 00:00

La guerrillera de la lengua

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Juan Carlos ya no es jefe del Estado, pero sigue siendo rey, título honorífico que conservará hasta el fin de sus días. Protocolos al margen, podríamos considerarlo, desde un punto de vista lingüístico, como un exrey, pues estamos acostumbrados a que los monarcas abdiquen en sus hijos y luego vivan para contarlo. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando un papa deja de ser papa? Hasta febrero de 2013 eran enterrados, ya que no se contemplaba su renuncia y morían con la mitra puesta. Habría que remontarse siglos atrás para toparse con dos excepciones, cuando Celestino V dimitió a los cinco meses para regresar a su vida de ermitaño (en vano, pues fue encerrado por su sucesor en la torre del castillo de Fumone, donde murió poco después) y Gregorio XII fue destituido por el Concilio de Constanza.

Por ello, el rechazo al trono de Benedicto XVI pilló al rebaño con el pie cambiado, incluida a la profesión periodística, que jamás había sido testigo de un caso similar. Dado que Ratzinger seguía con vida, ¿era correcto llamarlo expapa? Sí, siempre que el prefijo ex- fuese unido al sustantivo papa y éste, en minúscula. Una denominación compatible con la de papa emérito u obispo emérito de Roma, como se encargó de señalar la Fundéu cuando el alemán anunció su retiro.

Judith González Ferrán (Madrid, 1982) trabaja en esta fundación, que vela por el buen uso del español en los medios de comunicación, un cuerpo lingüístico de intervención rápida que resuelve todo tipo de dudas a través del correo electrónico, el teléfono, Facebook o Twitter. "Es complicado que un redactor con la necesidad acuciante de informar sobre un acontecimiento puntual consulte un tomo de 2.000 páginas para aclarar una duda, pero puede acudir a nosotros para que le respondamos de inmediato", explica esta licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Alcalá y en Linguística por la Autonóma de Madrid. "Pretendemos ser una ayuda para los periodistas", deja claro. "Somos la guerrilla del idioma".

Si bien algunas cuestiones pueden resultar tan etéreas como una fumata blanca, otras abordan asuntos más graves, como el ébola, que se escribe con minúscula cuando se refiere a la enfermedad y con mayúscula cuando hablamos del virus del Ébola, pues alude al río. "A veces los temas del momento nos pillan de sopetón, por lo que procuramos seguir la actualidad y difundir las claves para una buena redacción", reconoce la filóloga madrileña, que forma parte de un equipo de once lingüistas, lexicógrafos, correctores, ortotipógrafos y traductores capitaneados por los periodistas Joaquín Muller y Javier Lascurain. Gracias a ellos, queda claro que Teresa Romero es la técnica sanitaria contagiada (y no la o el técnico) y que el verbo "cursar" es aplicable a las enfermedades y no a los enfermos, quienes en realidad "padecen".

Así, el debate sobre el uso de táper o tupper podría parecer una disquisición doméstica si no fuese porque muchas de las recomendaciones de la Fundéu llegan con las crisis, sean sanitarias o económicas. Y la fiambrera o tartera de toda la vida volvió a colarse en los titulares cuando el año pasado se anunció que la reducción de las becas de los comedores escolares obligaría a algunos niños a tener que llevarse la comida de casa. "Es muy difícil encontrar una solución que funcione bien para los 400 millones de hispanohablantes", cree González, quien recuerda que en Latinoamérica el término "lonchera" es más popular. Por ello no debería extrañar que la 23ª edición del diccionario de la Real Academia Española aceptase amigovio (voz coloquial en Argentina, México, Paraguay y Uruguay) y no follamigo. No se trata de conservadurismo, según Judith, quien recuerda que "la RAE admite palabras malsonantes a diario".

Otro ejemplo, en este caso eufónico, sería marinovio, sin aparente correspondencia en español, que en Cuba y Venezuela es la "persona con quien se mantiene una relación amorosa y sexual estable sin casarse" y en El Salvador describe a los "novios que viven como marido y mujer", se supone que bajo el mismo techo. "Tendemos a interpretarlo todo desde nuestra variedad lingüística o nuestro dialecto, cuando España es una anécdota en comparación con todos los países castellanoparlantes", aclara. De ahí que otra novedad en el diccionario, papichulo, apenas nos suene a aquel lejano rompepistas de Lorna que, a ritmo de reguetón, recomendaba hacerlo "slow" mientras se encomendaba al perreo, un predecesor del twerking, ambos en cursiva pues todavía no se ha hallado un término para definir al baile de apareamiento.

"Ganarle la batalla a los anglicismos es muy difícil", advierte la lingüista de la Fundéu, acrónimo de Fundación del Español Urgente. "Hay gente que piensa que las palabras inglesas aportan más matices que las castellanas, cuando no es cierto; otra cree que si las usas estás en la pomada, aunque el animal print no sea más que un estampado de leopardo, y hay quien las emplea porque pertenecen o tratan de integrarse en un determinado grupo social". Un esnobismo que poco tiene que ver con la difusión de escrache, palabra del año 2013 para la institución, que comenzó a utilizarse en los noventa durante la investigación de los crímenes de las dictaduras argentina y uruguaya y dio el salto a nuestro país con las protestas de los afectados por las hipotecas. "Un sustantivo muy simbólico", opina Judith, quien desvela que esta vez la votación será muy reñida.

Pero buscar alternativas a un término foráneo no es sencillo, por lo que en ocasiones preguntan a los ciudadanos para que aporten sugerencias, sobre todo cuando carecen de un corpus en el que apoyarse. Por ejemplo, ¿cómo decir stalkear, o sea, "seguir a alguien en las redes sociales para obtener información y observar sus movimientos"? Entre las respuestas, acechar, espiar, husmear o incluso acosar.

Aunque lo más frecuente es que los interrogantes se planteen desde el otro lado de la pantalla, esté situada en una redacción o en un domicilio. De hecho, la popularización de los blogs primero y de las redes sociales después ha motivado que los usuarios de esta institución sin ánimo de lucro, asesorada por la RAE y patrocinada por la Agencia EFE y el BBVA, no sólo sean profesionales de la información sino también de otros sectores, como traductores, intérpretes o correctores. "Además, nos escribe gente normal: desde el presidente de una comunidad de vecinos que quiere publicar una nota en el tablón de anuncios hasta un padre que ha hecho una apuesta con su hijo", añade González, que no considera que ahora se redacte peor que antes. "Lo que sucede es que hoy escriben personas que nunca lo habían hecho y cualquiera puede ser un comunicador. Como es mucho más visible, simplemente se ponen en evidencia las carencias que siempre hemos tenido".

¿Y en el caso de quienes usan la palabra como su herramienta de trabajo? "Las faltas de ortografía en los medios y ediciones digitales no son culpa de internet, sino de que en las empresas ya no hay correctores ni editores", estima González, quien también considera que el hecho de que el texto no vaya a imprenta y el error pueda corregirse al momento provoca una mayor relajación a la hora de escribir con propiedad. "Aunque siempre te pueden hacer el pantallazo de la vergüenza, claro". Amante de las nuevas tecnologías, cree que hoy el periodista debe preguntarse cuál es la mejor forma para contar la noticia: texto, foto, infografía, directo... "Ha cambiado el formato y la manera de titular, porque éste tiene que ser atractivo para los lectores pero también para las máquinas: si no apareces en Google, estás muerto".