Publicado: 18.06.2014 02:15 |Actualizado: 18.06.2014 02:15

Los indios de Lavapiés

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En un cruce de caminos sin nombre aparente, se alza una plaza que ni parece plaza, la del Campillo de Manuela, donde una mujer así llamada levantó una venta sobre las tierras que antes de 1492 ocupaban los judíos. Ni rastro de judería, pero tampoco del casticismo que fermentaba entre los azulejos de Casa Montes, la primera o última taberna de la calle de Lavapiés, según la orientación de la parrilla de salida de la ruta del chateo. Aunque lo que servía César eran copas o botellas, arropadas con un poema marca de la casa, que era muy Marca España. No hay mejor descripción suya que la de Luis Felipe Torrente: "Tabernero que nos idiotiza y las enamora".

Dejó de hacerlo en 2005, cuando echó el cierre después de haber pasado 65 años tras la barra. Entonces, ya había abierto algún restaurante indio a su vera, que venía a enriquecer una oferta autóctona y foránea, sobre todo árabe. Hoy han proliferado hasta el punto de que puede contarse casi una decena en apenas doscientos metros, incluido el Shapla, que ocupa el local en el que el padre de César tuvo a bien establecerse en 1939. Casi ningún coetáneo le ha sobrevivido, si acaso El Boquerón, cuyo único atisbo de lozanía se dora en la plancha, donde gambas y langostinos retozan en posición fetal. El resto de los bares fueron reconvertidos a finales de los noventa en tabernas neocastizas, amén de otro tipo de negocios que nada entienden de frasca y serrín.

Lo de restaurante indio es una licencia más política que culinaria, pues sus patrones y empleados son bangladesíes. "Así nos conoce todo el mundo", justifica Taher Alan, encargado del Baisakhi, un pionero del Brick Lane madrileño, que tiene sus réplicas en las calles Ave María y Argumosa. La cocina, adaptada al gusto local, también ha rebajado el picante respecto a la original, aunque la fórmula (contundencia en la mesa, levedad en la cuenta) ha resultado exitosa. "Cuando llega el fin de semana, servimos doscientos menús al día", presume Taher, quien arribó a la ciudad con diecisiete años de la mano de su tío Bahar, dueño de la casa de comidas. "Mis compatriotas gastaron dinero para venirse a España y se han encontrado con un país en crisis, justo cuando Bangladés empieza a estar mejor", se lamenta.

El locutorio de Alí puede servir de termómetro para certificar el estado febril del bolsillo. "La gente llama menos a su familia y envía una cantidad muy inferior de dinero", asegura. El único cliente de la noche está sentado ante un ordenador, conectado a internet, un negocio que también ha menguado, pues según él muchos disponen de conexión en sus hogares. "El trabajo está casi muerto", zanja este paquistaní, que cuenta con clientes bangladesíes pese a las diferencias irreconciliables que han mantenido en la tierra madre.

A saber: el movimiento de independencia provocó la partición de la India en 1947. Los musulmanes fundaron Pakistán, al que pertenecía Bengala Oriental, separado del oeste del país por 1.600 kilómetros de territorio indio. Rebautizada como Pakistán Oriental, terminaría segregándose de Islamabad en 1971 tras una guerra de liberación, a la que sucederían hambrunas y golpes militares. Hoy, medio Bangladés vive de la agricultura, aunque la necesidad ha llevado a muchos a la emigración. En un estado de 167 millones de habitantes, decir "muchos" tal vez sea exagerado, si bien alcanzan los seis ceros.

En Madrid, concretamente en Lavapiés, han recalado miles, la inmensa mayoría musulmanes, que han abierto restaurantes, fruterías, ultramarinos y locutorios. "Nuestra clientela no está formada sólo por compatriotas", explica Sayd, que regenta un negocio de alimentación en el que se vende pescado y carne halal importada. "Los españoles se han aficionado a cocinar comida india en sus casas. De hecho, el producto que más compran son especias", asegura mientras sirve dos kilos de arroz basmati a granel.

"Antes venían muchos británicos y franceses, pero los de aquí también se han acostumbrado a nuestros platos", abunda Liton, encargado del restaurante Calcuta, cuya carta remite al kurma, al vindaloo y a otros curries que perfuman las callejuelas del barrio. Todas conducen a su plaza triangular, que se viste con saris y lunguis cuando la ocasión lo requiere, ya sea para asistir a la proyección de las películas del festival BollyMadrid o para celebrar el aniversario de la independencia de Bangladés.