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Inmigración en blanco y negro

'Público' reúne a dos viajeros que tuvieron que abandonar su país por necesidad. Uno, Sirifo, vino de Senegal a España hace 15 años. El otro, Manuel, es español y vivió 32 años en B&eacute

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El senegalés Sirifo Kouyate llegó a España en 1994 con un grupo de baile y ritmos africanos, que fue estafado por el compatriota que les trajo, así arranco su vida de inmigrante. El sevillano Manuel Ramírez emigró a Bélgica huyendo de la policía franquista en la década de 1960, volvió ... Ambos se conocieron hace unos días por mediación de este diario en una cafetería de Huelva. Durante dos horas charlaron sin tapujos de sus vidas paralelas. Este es un extracto de su conversación.

Sirifo: Vengo de una familia de trovadores. Mi padre tenía dos mujeres y 10 hijos y no podía atendernos a todos. Así que a los 17 años, cuando me sentía ya hombre, salí.

Manuel: A mí, nadie me puso una pistola en el pecho, pero casi. Las condiciones eran muy… complicadas. Que te cogieran los grises era muy peligroso. Por cualquier cosa te podían caer 40 años. No era para dormirse. No fui a la cárcel porque me marché antes. Quizás demostrara en aquel momento ser un poco cobarde.

S: En mi pueblo hay un refrán que dice que el cobarde no es el que huye, sino el que se queda.

M: ¡Claro!, y te las tragas todas, como decía aquel, doblás.

S: (Risas).

M: No hubiera querido salir, pero tres millones de españoles tuvimos que emigrar. ¿Éramos indignos?, ¿revolucionarios? No. Estábamos faltos de comida, de cultura y de ropa.

S: Mi padre no podía comprarme ni un bolígrafo. Si comíamos por la mañana, no almorzábamos. No había cena. Bebías agua y al día siguiente, al colegio. Tenía una posibilidad con la música. La necesidad impulsa a salir. Y cuando llegas, vives la realidad.

M: Tenía un niño de tres añitos y pensaba ¿qué le espera? ¿Será como yo? O peor, porque yo fui un estripaterrones, que sembraba con un patrón, pero a mi hijo eso no le iba a llegar. La modernidad no le iba a permitir trabajar en el campo. Me fui.

S: El campo es duro. Un necesitado no ve las dificultades y traga. Se dice que los inmigrantes le quitan el puesto a los autóctonos. Pero la realidad es que les toca, no es que quieran.

M: El campo es duro. Fuera, trabajé en la mina y como albañil. He sido también guardia de seguridad, eso ya era un escalafón. Los belgas se nos echaban encima. “Los españoles vienen aquí y nos quitan los mejores puestos”, decían. Como os hacen a vosotros aquí ahora. Muchas veces los españoles no vemos la realidad.

S: No se quiere ver.

M: O no queremos verla, sí, eso es peor. Hay que ver la realidad.

S: Da miedo. Es más fácil juzgar al otro que juzgarse uno mismo. Hay quien siempre acusa al otro. Es el culpable, el que viene a destruir.

M: Es una forma de evadirse.

S: Cada uno tiene su responsabilidad. Llegué a España en 1994. Fui engañado por el senegalés que me trajo aquí. Se vio con el dinero de 14 músicos y se quedó con todo. Y empezó la inmigración. No venía para asentarme. Pero estaba sin documentación, sin hablar español. Echas de menos todo.

M: He conocido mucha gente igual. Eran cantaores de flamenco que no tenían posibilidad aquí. Y se fueron, tropezaron con dificultades, y aún había compañeros emigrantes que decían: “estos de la guitarra y tal…”

S: Claro.

M: Unos tocan la guitarra y otros el laúd. Tenemos en el extranjero gente muy buena. A mí me pesa mucho haber tenido que emigrar, fue una necesidad indigna. Lo bueno hubiera sido no tener que salir.

S: Estoy de acuerdo, sí, señor.

M: Porque si aquí se hubiese industrializado, el algodón, el hierro no hubiera ido a otras regiones. Pensaban que los andaluces éramos todos gitanos. (Da palmas).

S: El compás (risas).

M: Pues no es verdad. Los andaluces algunos bailamos, contamos chistes, pero trabajamos tela.

S: Eso es lo que se transmite aquí sobre África. Cualquier hombre o mujer negra que se pone a bailar es que lo lleva en la sangre. Pues no, lo que llevamos es igual que tu sangre.

M: Claro que sí.

S: Volver es el objetivo. Me he casado con una española, tengo un hijo. Ella fue fundamental. Después se cansó … Se cansó porque todos cuentan conmigo. La familia en África es infinita. Si vuelvo, ¿qué va a pasar con mi niño? Quiero que supere barreras, que se sitúe y cuando pueda defenderse, me podré  ir.

M: Yo me acostaba mirando para Andalucía. Pero no me planteaba volver. ¿Para qué, si mi país en el setenta y ochenta estaba igual? Miraba a mi hijo y pensaba, si es un memo, que lo sea, pero si no es tonto, que no lo sea. Y en España, no podía ser. Quería que fuera ingeniero porque, hasta ahora, han sido hijos de papá pero, en adelante, a ver si pueden ser hijos de papá, pero de papá obrero. Que comprendan al pueblo. Cuando crece, me dice que no quiere ser ingeniero. Ya había nacido mi hija, que nació allí.

S: ¿Nació allí?

M: Sí, mi niña nació allí.

S: ¿Te fuiste con tu señora allá?

M: Sí, a los tres meses me la llevé. Me marché con 33 años, la edad de Cristo, el revolucionario Cristo.

S: (Risas) Yo los cumplí aquí.

M: Tú eres revolucionario también, que no es poco (bromeando). ¿Tu hijo nació aquí?

S: Sí. Su madre es de aquí y ha tenido que pasar mucho. En el 94 no había tanta inmigración negra. Incluso amigas de toda la vida la criticaban. Se la juzgaba. Mi hijo tiene 11 años. Sufro por su futuro, por el rechazo. Quiero que sepa más que yo. No he tenido oportunidad de estudiar en África. Él si la tiene.

M: Termino de contar lo de mi hijo. Me dice: quiero estudiar masajista…

S: (risas) Fisioterapeuta ¿no?

M: Mira, me levanté, te pego dos tortas, ¿para eso he venido aquí? Y tú, masajista. Para eso no hace falta ni título ni nada. Entonces, me dice, papá, en España esta profesión no existe.

S: (risas)

M: ¿Y eso cuánto tiempo se tarda? Quiero que estudies lo que sea, porque la universidad es un grado, le dije. Y él me respondió, “cuando acabe, salgo trabajando”. Me alegro de haber dejado que estudiara lo que quiso. Hoy es fisioterapeuta y profesor. Si me hubiera empeñado en que fuera ingeniero, no habría puesto un ladrillo bien todavía.

S: A mí me pasó lo mismo. Mi hijo saca buenas notas. Y me dice que quiere ser veterinario. Tengo mucho respeto por ellos, pero quiero que sea algo más. No quiero que sea Obama, pero puede aportar más a la sociedad.

M: Te quedaste como yo.

S: Esto tiene que ser decisión suya. Pero le he garantizado que siempre tendrá espacio en Senegal cuando vaya. E irá con un conocimiento.

M: Nos tachaban de Torquemadas, de Duque de Alba, que pasó por Bélgica cortando cabezas. Yo respondía siempre. Aunque con nosotros, al tener la misma religión, se frenaban. Fue distinto al llegar árabes.

S: Y sería diferente si fueras negro. Ahora veo a la gente racista como ignorante, débil, sin conocimiento, que no cree en sí misma y que rechaza al otro por factores que tiene y que a ellos les falta. Hoy en día, hay racismo sistemático, ideológico. ¿Por qué yo no me puedo sentir español? ¿Por qué los negros no pueden ser españoles?

M: Los racistas son ignorantes.

S: Es una pena. Me negaba a que nadie me rechazara por el color. Está la ley, si te manifiestas racista, vas a prisión, pero la gente busca estrategias. Hay racismo. Y la esclavitud está abolida pero existe la explotación laboral. No veo mucha diferencia.

M: Un poco más moderna, pero… Es muy duro ir a otro país a trabajar. No comprenden que vamos a enriquecer ese país y el nuestro también.

S: El primer trabajo que hice fue tocar en bares, pasar la gorra. Allí viví el racismo. Entraba solo en un bar, mal vestido, con mal olor; no me duchaba porque no tenía recursos. Pedía dinero para comer. Y dicen: “¡Vete a tu país!, ¿Para qué coño estás sufriendo aquí?” Y tú te sientes un hombre noble, digno y orgulloso para que te ofendan así. Somos seres humanos y somos iguales.

M: El racismo es terrible. Yo me enfrentaba, diciéndoles: “¿Qué hacíais en el Congo? ¿Fuísteis a levantar el Congo o a hundirlo?”

S: Y siguen. Bélgica tiene la explotación del diamante en Liberia.

S: A mi hijo le hablo en mi lengua y le hace gracia. Le intento hacer ver que hay opciones. Con los videojuegos, no tiene tiempo ni para mí. Pero le enseño la kora (entre arpa y laúd) y le digo que eso es lo que me ha dado de comer, lo que hacían mis padres. Que sepa que la cultura africana no es negativa, que no significa sólo pobreza.

M: Eres un puente ahí. Estamos en el mismo camino. Yo me he esforzado con la lengua, he procurado que en casa se hablara español. En el trabajo pedí turno de noche para dar clases a niños por las tardes.

S: Claro, tu señora es española y hay facilidad para aplicar eso en casa.

M: Hablábamos español en la comida, pero al final, aprendieron francés. Había que dejarlos. Hoy mi hijo habla español y baila flamenco.  

S: Es una oportunidad. En mi caso, me preocupaba tanto por lo que vivía en la calle que no vi necesario enseñarle mi lengua. Me comunico en español. El año pasado lo llevé a Senegal y empezó a decir palabras en francés porque, con los primos, con los niños de su edad, lo necesitaba. Aquí, ve a los negros del semáforo y les saluda. Una sonrisa, ser amable, les motiva. No le cuesta nada un hola, lo necesitan y son sus titos.

M: No tienen otro camino.  

S: Mi niño conoció a mi madre el año pasado, a mi padre no pudo. Estoy empeñado en demostrar que no por tener un hijo de un negro, este tiene que ser un fracasado. Y este orgullo me hace estudiar mucho.

M: Dices, yo soy español y tú también. Y el nieto, con 60 años menos, dice que no, que es belga.

S: Eso pasa. Mi niño juega al fútbol y le digo que jugará con Senegal y dice que estoy loco. Los inmigrantes me critican por respetar su libertad. Soy musulmán, muy light. Pero mi hijo quiso hacer la comunión porque quería salir de nazareno, y hablé con él. Le respeto, pero hacer la comunión es bautizarle. No importa, es una bendición, pero no quiero problemas en mi familia de origen. Así que le dije que me ayudara. Se sufre. Están en juego mis valores. El niño recapacitó. Hemos quedado que el día de mañana escoja. Mi familia entenderá que es su elección. Yo hablaré con el cura.

M: En Bélgica no tenía por qué bautizar a mi niña, pero mi mujer y mi madre querían, y se bautizó.

S: El mío va al Rocío. Y lo llevo a la mezquita, se ríe. Son opciones. Y si es homosexual, lo voy a querer. Por encima de mi religión está él.

M: Eso está muy a la altura.

S: Es porque lo he tenido aquí. Allí lo educaría de otra manera. Peleo con mis hermanos por la educación de sus hijos en Senegal.

M: Ellos no han salido de allí.

S: La inmigración abre los ojos. Es duro, sólo los duros sobreviven.

M: No me hubiese gustado tener que salir, pero ¡ole la emigración! Hemos aprendido y hemos enseñado. Cuidado con los inmigrantes, tenemos un puesto en la sociedad donde quiera que estamos. Y tenemos una sabiduría.

S: El inmigrante es sabio. Yo ya no lo soy, me he asentado. Se puede aprender de ellos la vida.

M: Somos sabios en muchos sentidos. Yo he tenido miedo de hablar con señores con corbata. Hoy, la llevo yo.

S: Sin España, África no sería nada. Mi familia vive mejor. En mi familia cuando se meten con los blancos, le pego a las mesas. Sin este país de blancos, hoy no tendrían electricidad, ni grifo ni televisión.

M: Los emigrantes somos como los poetas. De un rinconcito cualquiera. ¿Dónde no hay inmigrantes?