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Justicia justa y Justicia ejemplar

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A la familia de Marta del Castillo no le ha gustado la sentencia que sólo condena a Miguel Carcaño por la muerte de su hija. A ninguna familia arrasada por un espanto así le gusta que las condenas aspiren únicamente a estar a la altura de la Justicia y no a la altura de su dolor. Y es que los jueces que intentan ser justos jamás podrán estar a la altura del dolor de las familias que pierden así a una hija. Las familias infelices no quieren justicia, quieren ejemplaridad. O dicho de otra forma: creen que solo la ejemplaridad es justa.

Y, sin embargo, la de la Audiencia de Sevilla tiene todos los ingredientes que cabe exigir a una sentencia justa: está bien razonada; no pica el anzuelo ante las maniobras, por lo demás legítimas, de las partes; admite que no hay muchas pruebas y que las que hay no son absolutamente determinantes; está segura de que Carcaño es culpable, pero no está muy segura de mucho más; y precisamente porque no lo está aplica con honestidad intelectual, rigor jurídico y quién sabe si con desazón emocional, el principio de la presunción de inocencia.

Quien haya seguido el juicio sólo está seguro de lo mismo que los jueces: de que Miguel asesinó a Marta y fue encubierto por el Cuco. Es el único hecho por el que todos pondríamos la mano en el fuego. Pero sólo sobre ese. Por eso han sido absueltos Javier Delgado, Samuel Benítez y María García: porque no es posible poner la mano en el fuego por su culpabilidad. No estamos seguros de que sean inocentes, pero lo estamos mucho menos de que sean culpables. Ser justo consiste en administrar con prudencia esas dudas. Esta sentencia lo hace.

Por supuesto, los padres de Marta no lo creen así. A su manera, no les falta razón: si yo hubiera sido uno de ellos jamás habría podría haber escrito un artículo como este.