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Levantarse con el pie izquierdo

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Quince de junio de 1977. Primeras elecciones democráticas tras la larga tiniebla. El Partido Comunista, legalizado dos meses antes de los comicios, se siente fuerte: congrega 200.000 militantes, controla al poderoso sindicato CCOO y -lo más importante- tiene la convicción de que, para la inmensa mayoría de los ciudadanos, simboliza como ninguna otra formación la lucha contra la dictadura franquista.

Santiago Carrillo, secretario general del partido, se presenta como cabeza de lista. Tiene 62 años y viene de cursar su particular transición: de la antigua fidelidad prosoviética ha pasado al eurocomunismo junto a Berlinguer y Marchais. En 1968 protagonizó el gran rito de iniciación al condenar el aplastamiento de la Primavera de Praga por los tanques soviéticos. Ahora apoya la continuidad de la monarquía. Para quienes apostaban por cierto modelo de transición, el viejo comunista se había transmutado en un Hombre-con-sentido-de-Estado; para los que se consideraban depositarios de las esencias del comunismo, había devenido en un Traidor.

'Queremos la democracia para todos los españoles', reza el cartel electoral del 77 (los asesores de publicidad aún no habían descubierto la providencial @ para incluir el género femenino). La pareja de la imagen parece muy atareada, con prisa por llegar a algún sitio: desde su perspectiva, camina hacia la derecha -como bramaban los detractores de Carrillo-; desde el punto de vista del espectador, va hacia la izquierda, como corresponde a un PC digno de tal nombre, salvo que sea un ordenador personal. Cuando se contaron los votos, llegó el desengaño: sólo 19 escaños, frente a los 118 del PSOE y los 166 de UCD. Sí: en un sistema proporcional puro le habrían correspondido más, quizá 32. Pero, en todo caso, hubiera sido muy poco. Es evidente que el PC se había levantado con el pie izquierdo en la recién estrenada democracia.