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Liderazgo con partido

Los líderes de los superpoderes tienden a ampliar su poder, no nuestra libertad

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Al poco tiempo de que José Luis Rodríguez Zapatero ganara el 35e_SDgr Congreso del PSOE y me nombrara director de su gabinete recibí una curiosa carta. Su autor explicaba que tenía la solución para librarnos defi-nitivamente de incompetentes y corruptos. La tesis que sostenía aquel señor era que los avances en psicología, el desarrollo del peritaje caligráfico, las técnicas científicas de detección de mentiras, podían combinarse de tal modo que ya nunca más tuviéramos en nuestras filas personas que más tarde nos avergonzaran. Me acordé entonces de un pasaje de Los partidos políticos, de Robert Michels, en el que se contaba cómo, de vez en cuando, suele pegar en la puerta de los partidos algún personaje que tiene la fórmula infalible para resolver todos los problemas de manera sencilla e inmediata.

Los socialistas nos hallamos ahora en una situación en la que podemos vernos tentados de buscar soluciones aparentemente sencillas para problemas complejos. Problemas que tienen que ver con mutaciones en el funcionamiento del capitalismo, en la estructura de clases, en la división mundial del trabajo, en los aparatos ideológicos, problemas relacionados con la aparición de sujetos políticos supranacionales, y que parece que algunos resolverían casi automáticamente mediante el sencillo expediente de la modificación de nuestras formas de representación, o mediante un liderazgo providencial. Mejorar nuestro sistema de representación es bueno, pero no es sencillo, y tampoco es seguro que por sí solo acabe con nuestros problemas. Más difícil aún me parece lo de encontrar un liderazgo providencial, un liderazgo que por sí mismo supla todos los defectos de nuestra organización y las carencias de nuestras políticas.

Los líderes de los superpoderes tienden a ampliar su poder, no nuestra libertad

En el fondo, ambas soluciones, la que apuesta por la democracia y la que apuesta por el líder, presuponen que ambos están dotados de unos atributos especiales, casi mágicos, y en una intensidad sobrehumana. En los dos casos se produce un sueño simétrico: un liderazgo tan fabuloso que hace superfluo al partido, y un partido tan poderoso que hace superfluo el liderazgo.

Es frecuente escuchar voces que al comparar a los candidatos reales con el supercandidato que sueñan, se sienten profundamente frustradas. Tanto, que esas personas resultan, a veces, insultantemente despectivas en su consideración de los actuales compañeros precandidatos, cuando ambos tienen una hoja de servicio público que no está al alcance de cualquiera. '¿No hay otro?', se preguntan. La respuesta es que sí, que hay bastantes más, pero no de los que ellos necesitarían, no con superpoderes. De esos no hay. Y prefiero que no los haya. Los de los superpoderes no suelen usarlos para ampliar nuestra libertad, sino su poder.

Donde unos dicen líder otros dicen bases, pero están hablando de lo mismo. Modestamente, antes de ser diputado, fui durante 27 años de la virtuosa base. Así que puedo hablar con cierto conocimiento de causa sobre las bases. Y a las bases de los partidos les pasa como al pueblo, que son abstracciones, son sujetos 'inencontrables', como dice Pierre Rosanvallon. Lo que uno encuentra en la vida real no es al pueblo o a las bases, a un sujeto único, infinitamente bueno y omnisciente, sino a ciudadanos y ciudadanas, o a militantes, cada uno con su opinión, y algunos hasta con dos o tres opiniones distintas y no siempre compatibles; lo que uno encuentra en el mundo real es una multitud bastante diversa y contradictoria, que trata de articularse, de organizarse, para constituirse en un sujeto político.

Cuando nos organizamos corremos algunos riesgos como el de la concentración de poder, la oligarquización. El voto directo puede ayudar contra los procesos de oligarquización de las organizaciones; pero la democracia, además de un modo de elección, es una forma de gobierno; la democracia sirve también para conformar una opinión colectiva y para tomar decisiones. Es bueno caminar hacia una mayor participación directa de los militantes individuales, y también es bueno fortalecer la organización y sus mecanismos de control y de garantías. En todo caso, deberíamos ser capaces de tener una organización tan eficaz en su propósito político como respetuosa con la libertad de sus militantes. Los valores cívicos republicanos no son sólo para la sociedad, sino también para el interior del partido. Nuestra forma de organizarnos no puede quitar sentido a nuestra causa, sino dárselo.

Con todo, ninguna estructura orgánica es garantía de nada si no hay personas de carne y hueso dispuestas a medirse a sí mismas, y a valorar a los demás miembros de la organización, por el respeto que tienen a las normas que libremente se han dado. Dice Hugh Heclo que no es necesario que sean muchas, que basta que un grupo de iguales 'se ayuden a mantenerse bien encarrilados y a levantarse el ánimo en caso de desfallecimiento o de exposición a las inevitables tentaciones del oportunismo'.

No tengo una solución como la del señor de la carta. La política es el reino de la libertad, así que no tengo una verdad científica que me ahorre la decisión, sólo tengo una apuesta razonable. Apuesto por un liderazgo que sepa que va a necesitar al partido, y por un partido que sepa que necesitará un liderazgo. Los dos, liderazgo y partido, humanos; los dos, reales, los dos de la estatura de mi propia libertad como ciudadano, aunque militante. Además, como siempre que empezamos algo grande, apuesto por el cambio, apuesto por Carmen Chacón.