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"Llegaremos hasta donde haya que llegar"

La historia se sigue contando pese al auto de Garzón

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Antonio Musulén tiene 77 años. Cuando tenía cinco, los falangistas entraron en su casa de Zaragoza y se llevaron a su padre, Paulino Musulén, que pertenecía a la CNT, y a su madre, Josefina Tudela, entonces embarazada y a punto de dar a luz. Fue la mañana del 13 de agosto de 1936 y allí empezó una de las muchas historias que no aparecen en ningún registro. Como cuenta Josefina Musulén, hija de Antonio, era la “historia habitual” del modus operandi franquista: “Lo excepcional es que, en este caso, los falangistas también se llevaron a mi abuela”. Algunos vecinos del pueblo contaron que Josefina rompió aguas al subir al camión en el que la metieron. La versión oficial, la que siempre creyeron los familiares, fue que “le habían reventado la tripa en el tiro de gracia”, cuenta Josefina. Su abuelo fue fusilado sin juicio previo.

Esta historia trágica cambió en 1978. Antonio Musulén tenía 47 años y para entonces vivía en Madrid. Con la ayuda de su hija volvió a Zaragoza en busca de los antiguos conocidos de su padre. Poco después, una carta que Antonio “guarda desde entonces como un tesoro” les confirmó que Paulino Musulén era muy conocido en Zaragoza y que algunos de sus amigos aún vivían. Por eso, Antonio y su hija volvieron a la ciudad. Allí conocieron a Ramón, quien les contó que su hermana había dado a luz en la misma sala del Hospital provincial donde ingresaron a Josefina para dar a luz a una hija. La madre de Ramón la cuidó hasta el parto, pero después no volvió a verla. Entonces sí, Josefina Tudela fue fusilada. A su hija recién nacida, le perdieron a partir de ahí la pista.

Desde entonces, Josefina y Antonio no han dejado de buscar y de recorrer archivos sin éxito en busca de su familiar, la niña que nunca conocieron. Como cuenta Josefina: “Hubo un buen trabajo por parte de quien tuvo que borrar las huellas”. A pesar de ello, como muchas de las asociaciones de víctimas de la represión franquista, Josefina explica que su padre no dejará de buscar “hasta que se muera”.

Tampoco les parará el reciente auto de Garzón. Para Josefina es una “piedra más” en un camino que no piensa abandonar: “Recurriremos, si hay que ir a Europa, iremos a Europa. Llegaremos donde haya que llegar”.

Testimonios como éste se convirtieron en el objeto de trabajo de Montserrat Armengou y Ricard Belis, que aprovecharon la investigación de Ricard Vinyes para producir en 2002 el documental Els nens perduts del franquisme (Los niños perdidos del franquismo).

Seis años después, los testigos de aquellos hechos dramáticos son difíciles de encontrar. “Muchos han muerto, otros tienen Alzheimer, a algunos no les encuentro y otros no quieren recordarlo”, explicaba ayer a este diario Montse Armengou.

El documental causó una gran conmoción en su día por la crudeza de los relatos de los protagonistas. “Para muchos de ellos, fue la primera vez que hablaban del asunto”, recuerda hoy la periodista. “En aquel momento, mucha gente en España no había oído hablar de la memoria histórica y no imaginaba que crímenes que habían ocurrido en otras latitudes se habían producido también en este país”, recuerda.