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¿Marcha hacia el Gólgota?

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La frenética comparecencia de altos cargos del Gobierno y dirigentes del PSOE en medios de comunicación tras la victoria de Tomás Gómez sobre Trinidad Jiménez, más allá del teatro del absurdo plagado de incoherencias, disparates y ausencia de lógica, no sirve para difuminar dos procesos interconectados: la pérdida de confianza que sufre la personalidad política de Zapatero como resultado de su gestión de la crisis y la expresión, quizá extrema, de dicho desgaste, a saber, el fracaso a la hora de imponer lo que creía era la mejor alternativa dentro de su partido.

El ascenso de Gómez prologa el abismo que el PSOE advierte en Catalunya

A diferencia de la soledad ante el peligro con la que acudió Borrell a las primarias contra Almunia, en esta pelea Tomás Gómez estaba arropado por el aparato que él contribuyó a reconstruir durante los últimos tres años en Madrid. Pero los ajustados resultados revelan hasta qué punto el aparato de Ferraz estuvo muy cerca de lograr su objetivo. Sólo el control del partido regional y estar al frente de una comunidad autónoma hubiera planteado la batalla en términos más equilibrados. Por no ser el caso, la escasa diferencia de votos debe ser contabilizada en la columna del mérito y no en la del demérito de Gómez.

Porque Ferraz movilizó lo que está pendiente de escribir para conseguir en las urnas aquello que no logró en conciliábulos, insinuaciones, filtraciones y en el encuentrodel 7 de agosto, en la Moncloa, entre Zapatero y Gómez.

Aparte del PSOE, ministros, secretarios de Estado, directores generales, jefes de gabinete, secretarias, intentaron persuadir hasta el último minuto de que la lealtad tenía un solo nombre: Trinidad Jiménez. Gentes que están en su perfecto derecho de votar, pero suelen hacerlo muy de tarde en tarde, aportaron su granito de arena para hacer realidad la victoria de la candidata de Zapatero.

A perro flaco, dicen, todo son pulgas. ¿Tenía Zapatero necesidad de embarcarse antes de las elecciones catalanas en esta batalla? Aún cuando de verdad pensara, junto con José Blanco y Alfredo Pérez Rubalcaba, que Jiménez era mejor candidata, ¿se justificaba hacer tabla rasa con los tres años de Gómez y volver a instalar el intervencionismo y la zozobra de los militantes y dirigentes del partido de Madrid?

Fue Tomás Gómez quien le respondió el 7 de agosto: no se justificaba. Pero Zapatero, que podía haber aceptado la soberanía del PSM, decidió lograr su objetivo por otros medios: las primarias. Porque en estas primarias no había candidatos espontáneos. Las primarias son el último recurso, un recurso de crisis, ante el rechazo de Gómez, para conseguir la candidatura de Jiménez, encargada de una misión quizá poco querida hasta por ella misma.

Es la caída libre de la popularidad de Zapatero la que ha convertido el ascenso de Tomás Gómez en una llamada de atención sobre el abismo político que los socialistas ven abrirse a plazo fijo con la marcha inexorable hacia el Gólgota que puede suponer la derrota enCatalunya a finales de noviembre y un descalabro en las municipales y autonómicas de mayo de 2011.