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La mayoría absoluta de Rajoy, en manos de los indecisos

El PP aspira hoy al mayor triunfo de la derecha en las urnas, que tiene asegurado si los progresistas desencantados se quedan en casa. Todos los partidos llaman a votar para reafirmar la primacía de la política sobre los mercados

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El candidato del PP a la presidencia del Gobierno, Mariano Rajoy, ganará esta domingo con la mayoría absoluta más rotunda conseguida por la derecha española en democracia, ocho años después de que José María Aznar le ungiera sucesor. Así lo auguran al menos todos los sondeos, que, sin embargo, incluyen también en sus tripas la única variable con potencial de impedirlo: que acuda a las urnas la legión de progresistas desencantados que constan como indecisos.

Las izquierdas llevan toda la campaña desgañitándose para remover las conciencias de los millones de progresistas desencantados advirtiendo del insólito 'poder absoluto' que acapararía el PP tras haber conquistado ya la mayoría de ciudades, diputaciones y comunidades autónomas.

También han puesto el acento en denunciar el 'programa oculto' de Rajoy, que incluye finiquitar la Ley de Dependencia y recortes drásticos en todas las partidas, salvo supuestamente las pensiones.

Pero la excepcionalidad de la campaña, desarrollada en pleno acoso de los mercados en toda la eurozona, ha llevado a agregar un argumento también excepcional y que ha acabado siendo asumido por todos los candidatos sin distinción de ideología: el llamamiento al voto como reivindicación de la primacía de la política -y de la democracia misma- sobre los mercados.

La campaña coincidió con la caída de dos gobiernos de la eurozona -Grecia e Italia- elegidos en las urnas y sustituidos ahora por técnicos bien conectados con el poder financiero. Y, simultáneamente, la prima de riesgo española -el diferencial que se paga con respecto al bono alemán- ha rozado los 500 puntos básicos, el nivel que los expertos consideran la antesala del rescate.

El electorado de derechas irá en masa a las urnas, según el CIS 

La presión de los mercados para acelerar los recortes coordinados en la UE e iniciados en mayo de 2010, que, según las encuestas, explican en parte las dificultades del PSOE, la ha empezado a sentir ya el propio Rajoy: varios medios de referencia en los mercados le reprochan la 'inconcreción' de su plan de ajustes, pese a que ha prometido cumplir todos los compromisos con la UE, que exige recortes drásticos de inmediato.

El candidato conservador se ha visto incluso obligado a subrayar que él prefiere los gobiernos de políticos sobre los de tecnócratas y ha pedido un apoyo 'masivo' para transmitir 'a los de la prima de riesgo' un mensaje de 'confianza'.

Los sociólogos advierten de que las encuestas en campaña difícilmente sirven para registrar bien la evolución final de los indecisos, que suelen aplazar su decisión hasta el momento mismo de votar.

Sin embargo, el macrosondeo del CIS con el que se abrió la campaña sí mostraba su importancia: el 16,5% de los electores aún no tenía decidido si iba a votar y el 22,5% dudaba aún sobre qué papeleta elegir. Ello equivalía a casi 14 millones de electores, más que los 11,2 millones que en 2008 logró el PSOE con José Luis Rodríguez Zapatero, el récord de la democracia española.

Los expertos sostienen que los indecisos y potenciales abstencionistas se concentran ahora en el mundo progresista. Y particularmente en la base del PSOE, decepcionada con el giro de mayo de 2010 que condujo al ajuste impuesto como cortafuego ante el primer incendio en la eurozona, declarado en Grecia.

La campaña empezó con el 16,5% de los electores con dudas sobre si ir a votar 

La misma macroencuesta del CIS es muy rotunda: el electorado del PP está más movilizado que el del PSOE, pero también que el de IU, pese a que los sondeos sitúan al alza a la federación de Cayo Lara. Los datos que lo muestran son múltiples: el 89% de los que votaron al PP en 2008 arrancó esta campaña con la seguridad de que el 20-N iría a votar, por sólo el 79% de los del PSOE y el 81% de IU. Y de los que sí tenían ya decidido ir a las urnas, el 86% de los que había respaldado al PP en 2008 sabía que iba a repetir, porcentaje que caía al 73% en IU y al 63% en el PSOE.

En la fidelidad del voto, la diferencia era abismal: el 86% de los que apoyaron al PP en 2008 dijeron al CIS que volverán a hacerlo el 20-N, mientras que sólo el 59% de los que apostaron por IU tenía claro repetir, porcentaje que en el PSOE caía hasta el 45%.

En todos los indicadores sucede lo mismo: los electores de derechas (y, en particular, en la extrema derecha) están mucho más movilizados que los de izquierdas.

Pese a que existe una abstención crítica de tradición ácrata, las diez elecciones generales celebradas desde 1977 muestran que la abstención crece cuando el resultado parece decidido de antemano y que suele favorecer al partido ganador. Pero también que en un país con mayoría social de centro-izquierda -registrada incluso en el último sondeo del CIS -, la derecha sólo puede lograr la mayoría absoluta con una abstención más alta de lo habitual.

En 2000, cuando José María Aznar lo consiguió, la participación se quedó en el 68,7%, la más baja desde que en 1982 culminó la Transición y arrancó el sistema de partidos que, a grandes rasgos, sigue vigente. La victoria aplastante de Aznar irritó pronto a los progresistas, que acabaron la legislatura muy movilizados en contra del PP y cortaron el paso de su protegido, Mariano Rajoy, a la Moncloa. Al menos durante ocho años.

Los partidos reivindican su papel frente a la tutela del poder financiero 

El PSOE sueña con un fenómeno parecido, aunque sea para evitar al menos la mayoría absoluta conservadora, y se ofrece ahora para suavizar el ajuste drástico que impone Bruselas reforzando el perfil socialdemócrata. IU apela a una respuesta más rotunda, que rompa con la lógica de los mercados aunque ello abra la caja de Pandora. Y Equo, que se presenta por vez primera, aspira a canalizar hacia el campo verde el malestar ante la política tradicional.

Seguro que estos argumentos han convencido a sus fieles respectivos. Pero si no logran acercar hoy a las urnas también a los indecisos, Rajoy levantará al fin el trofeo que persigue desde que el dedo de Aznar le señaló.