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Melancólicos y oportunistas

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Entre melancólicos y oportunistas anda el juego. El año político, segundo de la legislatura, apura el calendario con los socialistas envueltos en una bruma de melancolía y los conservadores, resueltos a emular, si fuera menester, a Sansón en el templo de los filisteos.

El Grupo Parlamentario Socialista pondrá este martes el broche a su trimestre fantástico con la aprobación definitiva de los Presupuestos y la consolidación de José Antonio Alonso como portavoz, a pesar de los augurios de que unos y otro acabarían naufragando en el proceloso mar de la geometría variable. Además, en esta semana, los diputados socialistas han sacado adelante dos de los proyectos emblemáticos del Gobierno: la reforma de la Ley del Aborto y el nuevo sistema de financiación autonómica.

La derecha alimenta la idea del agotamiento de Zapatero porque él es el relato socialista

Más allá del marcador parlamentario, que constata una y otra vez la minoría aritmética del Partido Popular de forma que neutraliza la tentación de presentar una moción de censura que pudiera alimentar un adelanto de las elecciones generales de 2012, la negociación que ha permitido llegar en el Senado a acuerdos presupuestarios con todos los grupos salvo el conservador confirma que, aunque sea por distintos carriles y tocando la bocina en señal de protesta, todos los grupos circulan en la misma dirección, que no es otra que la marcada por el G-20 y la Unión Europea. Sólo el PP marcha en sentido contrario.

Pero, a pesar de esos éxitos parlamentarios, el PSOE acaba el año pidiendo a gritos un descanso que le permita recuperarse del estrés anímico provocado por la agotadora sucesión de crisis encadenadas que inauguró el secuestro del Alakrana, aunque podría decirse que la flor de Zapatero empezó a agostarse con el fracaso del Diálogo Social en julio, cuando la patronal de los empresarios decidió alinearse políticamente con el PP.

Las tres dianas del PP

Si la izquierda se deprime, Rajoy podría ganar con un programa thatcheriano

Mientras, el PP aparece entregado a la estrategia que en 1996 llevó al poder a José María Aznar: meter arena en los cojinetes en cada oportunidad que se presente hasta que la máquina se gripe y se plantee como solución natural el cambio de conductor. Temeroso de que la crisis económica pierda la fuerza de choque suficiente para hacer caer por sí sola la fruta del árbol del poder, el PP ha decidido echar una mano vareando las tres principales ramas del Estado Defensa (Carme Chacón), Interior (Alfredo Pérez Rubalcaba) y Asuntos Exteriores (Miguel Ángel Moratinos), agitando sucedidos como el secuestro del Alakrana, el de los guardias civiles que se pasaron de frenada en Gibraltar o la acogida en España de Aminatou Haidar.

Y, para dar el último empujón a un Mariano Rajoy que se enfrenta a su última oportunidad, la derecha socio-mediática, con la ayuda coyuntural de una izquierda de salón que prefiere la derrota electoral del PSOE antes que una nueva victoria del intruso de provincias, alienta la tesis de que el presidente está ya de retirada y, por tanto, el Gobierno socialista, en tiempo de descuento.

A Rajoy, como a Margaret Thatcher, a la que acostumbra citar Esperanza Aguirre en sus debates en la Asamblea de Madrid, no le gustan los consensos. La Dama de Hierro venía a decir que consensuar equivale a renunciar a las propias creencias o a llevar a cabo una determinada política para evitarse problemas, algo que puede resultar estratégicamente conveniente en la oposición, pero impropio en el poder, como ya demostró Aznar.

Puesto que la política es en gran medida un estado de ánimo, no es descabellado pensar que Rajoy se plantee concurrir a las elecciones generales con un programa thatcheriano: rebaja de impuestos, abaratamiento del despido y desmantelamiento de todo lo público. Si la congénita melancolía de la izquierda deriva en depresión y, como acostumbra, se traduce en abstención, y si los votantes de centro deciden castigar a los dos grandes partidos por su incapacidad para ponerse de acuerdo en los grandes asuntos que afectan a todos por encima de sus inclinaciones ideologías, a Rajoy le bastaría con llevar a las urnas al electorado más escorado a la derecha, que está demostrando una fidelidad de voto superior al socialista.

Asumido que la Presidencia rotatoria de la Unión Europea tendrá escasa incidencia en el cambio del ánimo político nacional y que a su término ya todo será una sucesión de campañas electorales que se fundirán en una sola, el Diálogo Social vuelve a perfilarse como una baza decisiva en la estrategia de recuperación del Gobierno. Zapatero mantiene una alianza de hierro con los sindicatos sustentada en la prioridad compartida de impedir que la crisis económica derive en crisis social y que la paguen quienes no la provocaron, pero desde el poder económico llegan señales tan inquietantes como el informe del servicio de estudios del BBVA, que pronostica a los cuatro vientos que el precio de la vivienda seguirá cayendo, que es tanto como decir al consumidor: no compre ahora, espere.

En este contexto, de nuevo vuelve a ponerse de manifiesto la ventaja que la derecha tiene no sólo en la cobertura mediática, sino en la construcción del relato, que es algo más que la manida 'política de comunicación'. Por poner un único ejemplo, resulta mucho más eficaz decir que la culpa del paro la tiene Zapatero que explicar que las políticas activas de empleo no están en manos del Gobierno sino de las comunidades autónomas, de las que seis están ahora gobernadas por el PP.

Pero lograr la complicidad social es mucho más fácil cuando las políticas están sólidamente armadas y tienen un hilo conductor. Aunque la lámpara de Zapatero esté desgastada, el presidente constituye en sí mismo el relato del proyecto socialista.