Publicado: 18.12.2013 07:00 |Actualizado: 18.12.2013 07:00

El mercenario renacentista

Astray, habituado a los rigores de la vida de artista, cree que "pintar es soltar demonios"

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Ramón Astray (A Coruña, 1967) aprendió la ley de la calle nada más salir de la Facultad de Bellas Artes de Salamanca. Llegó al Madrid de la España posolímpica y había que comer, por lo que se acostumbró a enfundarse un traje antes de llamar al timbre. "Empecé vendiendo enciclopedias a domicilio, cuando había que trabar la puerta con el pie", recuerda este artista gallego, a quien no le alcanzan los dedos de las manos para enumerar sus trabajos alimenticios: recogevasos, camarero, encargado de bar... El imán que ejerce la barra también le llevó a decorar templos de la noche capitalina como Ya'sta, Siroco o Al'Laboratorio. "Yo soy un mercenario renacentista: tanto arreglo una silla como pinto una casa".

El título acompaña su tarjeta de visita. "Hay que saber hacer de todo y, si no, aprendes. Todo por la pasta, porque del aire no se vive y tampoco inspira", cree Astray, quien acaba de terminar un encargo extravagante. "Un cliente de Toledo me pidió que reconstruyera un camarote en su habitación", explica mientras muestra varias fotografías con ojos de buey, mares embravecidos y rosas de los vientos que han anegado lo que antes era un cuarto anodino. "Me es igual trabajar con lienzo, madera o cemento". En su taller, que ha colonizado la zona norte de la casa, también hay restos de tapices y una masa informe de quincalla que terminará cobrando forma en alguno de sus cuadros.

"Pintar es soltar demonios", confiesa Astray, como llevándole la contraria a Faulkner, quien había dicho aquello de que un artista es una criatura impulsada por diablos. De todo hubo, pero ahora este pintor coruñés tienta al deseo con un retiro atlántico en Barrañán, un paso fronterizo de arena finísima entre tierra firme y el océano. "Me he hartado de ser urbanita. La noche quema", reconoce. "En Madrid la cabeza piensa más en cuestiones económicas que artísticas, pero no hay que pasarse el día llorando porque yo ya sabía cómo era esta vida".

Y echa la vista atrás: una infancia pintarrajeada, el maestro Pucho Ortiz, la bienal de Fenosa, las exposiciones en Arte-Imagen y Eme-C, los murales que decoran rincones insospechados y, bueno, un lugar lejano "donde el tiempo pasa más lento" que se conjugaba en pasado y comienza a hacerlo en tiempo futuro.