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El monstruo de Vacarisses

El terror que Asensio Oruña provocaba entre sus cómplices retrasó cinco años su detención como presunto autor de la brutal muerte de su mujer

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A Asensio Oruña todos le temían. Su mujer, las dos prostitutas con las que convivía en el hogar familiar, su propio hermano, sus amigos... Nadie osaba a llevarle la contraria por miedo a su carácter extremadamente violento. Y, por supuesto, nadie se atrevió durante cinco años a delatarlo, aunque todos sabían que era el presunto autor del brutal asesinato a golpes de su esposa, cometido a comienzos de marzo 2005.

Sólo ahora, una vez que el Cuerpo Nacional de Policía ha completado el complejo puzle de aquel crimen y ha detenido a este hombre que el jueves pasado cumplió 49 años, se han atrevido a romper su silencio. Sus declaraciones han permitido hacer un retrato del bautizado como monstruo de Vacarisses, en referencia a la pequeña localidad a 35 kilómetros de Barcelona donde se cometió el salvaje crimen.

La primera persona que se atrevió a hablar contra Asesino fue su suegro, Juan R. El 3 de abril de 2005, el hombre acudió a la comisaría de Terrassa para denunciar la desaparición de su hija, de 38 años, de la que no tenía noticias desde finales de febrero de ese año. En su denuncia, el padre destacó que su marido era muy violento y que la había agredido en diversas ocasiones, además de impedirle mantener contacto con su familia. 'Mi mujer es solamente mía', aseguró que le había espetado en cierta ocación.

A partir de esa denuncia, la policía inició la Operación Raga que rápidamente tuvo como principal hipótesis de trabajo que la mujer había sido asesinada por su marido. Sin embargo, todas las pesquisas chocaron contra un muro de silencio. Incluido el del propio Asensio, que pese a sufrir en diciembre de ese mismo año su quinta detención desde 1984 -en este caso como sospechoso de otro homicidio-, siempre se mantuvo frío y aseguró desconocer dónde estaba su esposa.

Pese a ello, los investigadores fueron recopilando indicio tras indicio. Así, en la casa que la madre del principal sospechoso, en la calle Mulhacen, de Sabadell, la policía encontró la documentación personal de la víctima, lo que reforzaba la hipótesis de que ésta no había desaparecido voluntariamente. Posteriormente, en el registro efectuado en el propio domicilio de la pareja, situado en una de las viejas urbanizaciones de Vacarisses, los agentes hallaron los casquillos de dos balas que habían sido disparadas. Y, finalmente, en una montaña cercana a la misma casa, encontraron una manta con restos de sangre. El análisis de ADN demostró que ésta pertenecía a la víctima.

Un dato clave lo aportó en 2006 un testigo que pidió acogerse a la condición de protegido por temor a sufrir la venganza del ahora detenido. En su declaración, aseguró haber visto en varias ocasiones cómo éste golpeaba a su esposa. También, que escuchó decir a un amigo suyo llamado Raúl que él, junto a un hermano de Asensio y un tal Carlos se habían deshecho del cadáver tras incinerarlo. Este testimonio ayudó a cerrar el cerco sobre Asensio, que sin embargo no pudo ser detenido hasta casi cuatro años después: el 22 de marzo de 2010. Junto a él fueron arrestadas otras tres personas: su hermano Toni, Raúl G. C. y una prostituta rumana llamada Mihaela O.

Mientras Asensio lo siguió negando todo, los otros tres detenidos confesaron cómo quemaron el cadáver de la mujer durante dos días para arrojar finalmente las cenizas al río Ripoll desde el puente de Castellar, en Sabadell. Sin embargo, todos aseguraron no haber sido testigos directos de su muerte. La única persona que lo vio era otra prostituta, Ailya M. M., una búlgara de 29 años a la que el presunto homicida metía en la cama que compartía con su mujer. La joven, sin embargo, había abandonado España y en aquel momento residía en Bélgica. Allí fue detenida el pasado 11 de mayo, aunque hasta el 27 de octubre no fue entregada por las autoridades de Bruselas.

Su testimonio, realizado ante el juez dos días después, fue el mejor retrato de la violencia de Asensio . Aylia reconoció que el día del crimen, el presunto asesino la introdujo en el asiento delantero de su coche atada con cinta adhesiva, mientras en la parte de atrás iba la víctima. También describió cómo el ahora detenido sacó a su esposa del coche para llevarle a una zona boscosa y propinarle una paliza que la dejó moribunda.

Incluso observó, temiendo que ella podía ser la siguiente en sufrir la ira de Asensio, cómo introdujo su cuerpo en el maletero y las llevó de vuelta a la casa de Vacarisses. Una vez allí, el presunto asesino limpió el cuerpo de su mujer en el baño y le inyectó un líquido en las venas que terminó de matarla. Luego intentó acabar con la propia prostituta, a la que quiso inyectar aire en las venas.

Durante dos días, Aylya tuvo que permanecer en casa con el cadáver de la mujer, hasta que el 8 de marzo de 2005, Asensio ordenó a Toni, Raúl y Mihaela que alquilaran una furgoneta para trasladar el cuerpo a Laredo (Cantabria), donde la familia Oruña tenía una casa. Él, mientras, viajaría en un coche junto a la joven búlgara. Sin embargo, al llegar a Santander, Asensio volvió a montar en cólera y obligó a trasladar el cadáver de vuelta a Vacarisses para que Toni y Raúl se deshacieran del cuerpo de la mujer quemándolo. Mientras, Asensio permaneció en Laredo, donde sometió a la prostituta a todo tipo de vejaciones. La mantenía encerrada en la vivienda y atada a los armarios e, incluso, el amenazó con emparedarla viva en uno de los muros de la vivienda. Su crueldad no conocía límites.