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"No tenemos un país al que volver"

Somalíes que viven en España cuentan cómo están viviendo el drama que asola el Cuerno de África

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Cada uno sale como puede del país. Unos lo hacen en coche o en avión, aunquela inmensa mayoría huye andando. Pero todos salimos. ¿Quién quiere estar en un sitio así, lleno de muerte y sin futuro? El corazón no te lo permite'.

Quien habla de esta forma es Sulekah, una mujer somalí que llegó a España hace tres años. Ella es una de las afortunadas que, con mucho esfuerzo, consiguió escapar del hambre y de la guerra, aunque no de la tortura psicológica que supone saber que tu familia y tu gente se está muriendo de hambre. 'A veces recibo llamadas de familiares. Tiemblo cuando me llaman, porque sé que es para pedir ayuda o para que me digan que ha muerto algún familiar; por eso muchas veces no puedo ni coger el teléfono me fallan las fuerzas. ¿Qué les digo? Que no tengo un euro que enviar', cuenta entre lágrimas Sulekah.

«Para el mundo, somos piratas y terroristas», se lamenta Ashia

Mientras ella habla, el resto de compatriotas que la acompañan bajan la mirada y asienten. Este diario reunió en una mesa redonda a un grupo de ciudadanos somalíes para conocer su opinión sobre la dramática situación por la que atraviesa su país, así como para saber cómo viven el drama desde la distancia.

Tras las palabras de Sulekah,la aparente felicidad con la que los demás acudían a la cita desapareció de sus rostros para dejar paso a gestos de deses-peración. Ninco, una joven de 28 años, no puede evitarlo y rompe a llorar en los primeros minutos de la reunión. Apenas habla español, pero lo entiende todo. Llegó a España con pasaporte falso hace dos años tras pagar 4.000 euros a la mafia y recorrer media África en precarias condiciones. Lo poco que tiene lo consiguió a través de la Asociación de Somalíes en España de la que Ashia es presidenta.

«¿Quién quiere estar en un sitio lleno de muerte?», se pregunta Sulekah

Ashia roza la cuarentena, se mueve con tranquilidad y muestra seguridad en sí misma. Su habla es cadente y melosa y acompaña sus argumentos con el gesto de su mano. Es toda una pionera de la inmigración somalí, ya que llegó a España hace 20 años tras enamorarse de un español que trabajaba entonces en su país. Hace nueve años decidió fundar la asociación para ayudar a sus compatriotas. 'Llegan aquí completamente perdidos. En unas condiciones pésimas, intentamos recibirles y orientarles', explica. Ashia tuvo la suerte de librarse de la guerra y de la destrucción de Somalia. Mirando al vacío recuerda lo que un día fue su país: 'Era un país precioso, estábamos orgullosos. Había universidades, gente formada, poca desigualdad social. ¡Había futuro! ¡Éramos un país! Ahora somos, para el mundo, piratas y terroristas. Somalia ya no existe', exclama.

Veinte años más tarde Ashia retornó a África. Pero no fue a Somalia, porque sostiene que es prácticamente imposible entrar. Fue a Kenia, a Daabad, que es el mayor campo de refugiados del mundo. Estuvo allí durante cinco días, del 4 al 9 de julio de este año, y trabajó en el campamento como intérprete de dos periodistas. Ahora le cuesta contar lo que vio, como si lo tuviera en un compartimento oculto en su cabeza. Cuando arranca, el resto de la mesa calla en un silencio de funeral. 'Llegaban 400 personas por día, pero muchas ya no estaban vivas, andaban pero eran cadáveres ambulantes. Caían desfallecidos y morían cuando ya habían cumplido su misión: la de poner a sus hijos a salvo', afirma.

Aunque lo que más le impacto de su retorno fueron los niños. 'Cualquiera de ellos podría ser mi hijo', señala emocionada. 'No tienen lágrimas en los ojos, solo mueven la boca. He visto bebés recién nacidos muertos en brazos de su madre mamando de la teta, pero no hay nada, está seca', apunta con un hilo de voz.

¿Hay futuro en Somalia?

Tras un largo silencio, Camir toma la palabra. Es el más joven del grupo, tiene 23 años, y el que más rabia muestra ante la situación que está viviendo su país desde que hace ahora un mes la ONU declarara la situación de hambruna. No entiende por qué se permitió la destrucción de su país. Culpa a Occidente de ello y a España la acusa de no ayudar lo suficiente a los refugiados somalíes. Habla nueve idiomas, tenía trabajo fijo, pero le quitaron el permiso de trabajo y perdió su empleo.

¿Pero hay futuro para Somalia? Los nueve integrantes de la mesa bajan la cabeza y la mueven diciendo que no. Sólo una vez se oye de fondo, la de Sulekah: 'Sólo se me ocurre que los hijos de los somalíes que hemos salido de allí que puedan tener acceso a una educación quieran volver y reconstruir un país en peligro de extinción'.