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Un país con 192 nacionalidades

La pluralidad se multiplica en España, donde ya conviven ciudadanos de todos los países del mundo. En la última década han llegado más de cinco millones. A pesar de la velocidad del fenómeno, apenas ha habido

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El proyecto de la gran torre de Babel española acaba de cumplir 10 años. El arranque lo protagonizaron los ecuatorianos, tras la crisis económica que azotó su país a finales de la década de 1990. España alcanzó entonces, por primera vez en su historia, el millón de extranjeros. En los años sucesivos la colonia de foráneos ha crecido a un ritmo medio de 550.000 personas anuales.

Ecuador es ahora el tercer país con más presencia en España, por detrás de Rumanía y Marruecos. La última fotografía del padrón del Instituto Nacional de Estadística (a 1 de enero de 2010) refleja que ya hay 5.708.940 extranjeros, procedentes de todos los países legalmente reconocidos por España en el mundo, 192. Representan el 12,2% del total de la población.

El país se mira en el espejo del Reino Unido, Francia y Alemania para no repetir sus errores. Con más tradición migratoria, sus modelos de gestión coleccionan sonoros fracasos: la falta de integración de las segundas generaciones (en Francia desembocó en la quema de 28.000 coches en el extrarradio en 2005), el auge de los partidos racistas o la creación de guetos étnicos en Londres.

Los extranjeros representan el 12,2% de la población total residente en España

La ministra de Estado de Alemania y comisionada de Integración, Maria Böhmer, preocupada, llama la atención sobre la experiencia de Berlín, donde, en algunos barrios, se han creado ya 'sociedades paralelas', asegura. En el discurso de Böhmer, el aprendizaje de la lengua es el eje central para evitar la exclusión.

En España, de momento no hay excesivos problemas lingüísticos: el 30,1% de los extranjeros son latinoamericanos y las dos colonias más grandes (829.715 rumanos y 746.760 marroquíes, que juntos son el 27,61% de los extranjeros) se manejan con soltura. Para los rumanos, además, resulta más sencillo porque su lengua natal comparte la raíz latina del español. Preocupa más la falta de empleo.

Las asociaciones de inmigrantes y las ONG esbozan los principales problemas actuales: la crisis (el paro de los extranjeros es del 30,79%, frente al 18,01% general, según la Encuesta de Población Activa del primer trimestre de 2010), el desarraigo y el acomodo que están cogiendo los discursos xenófobos. La frase 'yo no soy racista, pero...' ha ganado peso en las barras de bar y cafeterías de los barrios obreros.

Polémicas como la prohibición del burka y el niqab (que usan unas pocas mujeres en España) 'está dando alas al populismo de los partidos de extrema derecha', dice el portavoz de la Subcomisión de Extranjería del Consejo General de la Abogacía Española, Francisco Solans.

Sin embargo, por el momento, España sigue sacando pecho ante la falta de grandes conflictos racistas. Desde los enfrentamientos de El Ejido (año 2000), 'los incidentes han sido aislados', destaca la secretaria de Estado de Inmigración española, Anna Terrón. La responsable de la política migratoria valora que el modelo de integración sea distinto al de otros países. 'Más integrador y respetuoso con la cultura del recién llegado, sin olvidar sus obligaciones', resume.

La presencia de bandas latinas es uno de los temores de los españoles, visto el impacto que tuvieron en otros países, especialmente EEUU. Los Latin Kings de Catalunya se refundaron en 2005 como una asociación juvenil. Y el año pasado, incluso, grabaron el disco 'pacífico' Unidos por el Flow junto con su principal banda rival, Los Ñetas. En Madrid, la Policía ha descabezado a la banda varias veces, pero la falta de pruebas ha devuelto a la mayoría de los kings a la calle. No obstante, la presencia de estos grupos es residual frente a los países americanos.

Para evitar la exclusión social de los parados que puedan caer en la irregularidad, el Gobierno busca desde hace dos años fórmulas para que regrese el máximo número posible a sus países: les ofrece billetes de vuelta gratis, capitalizar el paro y mantener los derechos adquiridos durante sus años en España (esto último aún está pendiente de aprobación).

Otra consecuencia de la crisis ha sido el recorte del 65% del Fondo para la Integración de los Inmigrantes -que reciben del Gobierno las comunidades autónomas-, que pasó de 200 millones de euros a 70.

Por lo reciente del fenómeno migratorio, las segundas generaciones (hijos españoles de los extranjeros) aún tienen menos de 15 años: 670.379 personas, incluyendo a españoles y nacidos en otros países. Dentro de un lustro, los efectos de su integración (o no) ya serán visibles. De hecho, el nuevo Plan de Integración, que el Ministerio de Trabajo estrenará en 2011, centrará su atención en ellos, para evitar episodios como los del las banlieues francesas. Los mayores colectivos son los de Rumanía (83.856), Marruecos (78.402) y Ecuador (71.222).

De momento, se van ligando mimbres para la integración. Un ejemplo es el de la colonia china. Miles de niños y adolescentes estudian cada fin de semana en colegios públicos españoles la lengua nativa de sus padres. Serán clave para las futuras relaciones de España con el gigante asiático.

Desde las revueltas de El Ejido en 2000 no ha habido graves problemas de convivencia

Dentro de unas décadas, sus progenitores regresarán a China, como es tradición, para pasar allí sus últimos años de vida. Ellos, no. Trilingües y centrados en las carreras de económicas y empresariales, serán los propulsores de las relaciones económicas entre los dos países. La china, con 25.962 menores de 16 años, es la comunidad con mayor porcentaje de niños (un 17%, frente al 10% general).

La lista de retos para alcanzar la plena integración tiene, no obstante, tareas pendientes. En educación, por ejemplo. Los musulmanes demandan igualdad de oportunidades en enseñanza religiosa. Apenas hay 46 profesores islámicos para 150.000 alumnos.

El capítulo 11 del Génesis de la Biblia (el que narra la historia de la torre de Babel original) explica que Yahveh forzó a los edificadores de la torre a hablar idiomas distintos para que su proyecto —llegar al cielo con la construcción— se fuese al traste. Y lo logró. El Gobierno español lleva años afanado en conseguir el proceso inverso: que la lengua y el empleo sean las vías de integración de los recién llegados.