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El paradigma navarro

La derecha española no ha interiorizado la arquitectura política que consagró la Constitución

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A Mariano Rajoy, que presume de ser un estilista que practica el juego bonito, le ha perdido en su  conflicto con Unión del Pueblo Navarro (UPN) cambiar de estilo para imitar a los futbolistas cuya técnica se reduce a impedir por cualquier medio que pase el contrincante como método para evitar que les desborde la pelota. No tuvo en cuenta que Miguel Sanz ya adquirió fama de centrocampista leñero en su Corella natal, según quienes le recuerdan de sus tiempos mozos como futbolista. El resultado del choque ha sido que, después de ver con impotencia cómo pasaban rival y pelota, Rajoy está magullado en la banda y el casillero de su equipo con un gol en contra, uno de esos que son especialmente dañinos porque llegan cuando el desarrollo del juego era más propicio para quien lo encaja.

Hubo un tiempo en el que el PP se planteó la posibilidad de que Unió Democràtica fuera su marca en Catalunya, donde su representación roza lo testimonial, y ahora el divorcio de UPN le fuerza a recuperar sus propias siglas en Navarra. La consecuencia inmediata es que Canarias queda, por ahora, como el único territorio donde el PP se entiende con fuerzas nacionalistas o regionalistas, y la primera conclusión es que la derecha que encabeza Rajoy, lejos de estar en fase de consolidación como alternativa tras el lifting de su último congreso, sigue siendo un partido en transición.

La ruptura con UPN deshace el último reducto de la Confederación de Derechas en cuya refundación avanzó José María Aznar hasta alcanzar las mayorías necesarias para gobernar, aunque nunca llegara a cerrar el círculo de la alianza con todas las derechas autónomas que fue la CEDA. Pero la lectura de fondo es que la derecha española dista mucho de haber interiorizado el carácter insoslayable que los nacionalismos periféricos tienen en la arquitectura política del Estado de las Autonomías, 30 años después de que el modelo fuera consagrado en la Constitución que ahora tanto reivindica como inmutable.

El divorcio de las derechas en Navarra es fruto de la impericia de la dirección del PP para manejar el conflicto y de la colisión de intereses que de aquella articulación territorial surge inevitablemente entre las fuerzas de ámbito estatal y regional, por muy matrimoniadas que estén, cada vez que sale a subasta el poder, sea en Navarra con UPN y el PP o en Catalunya, con el PSC y el PSOE.

Miguel Sanz vio las orejas al lobo, y hasta las fauces, cuando en 2007 estuvo en un tris de perder la presidencia foral. Tras las elecciones autonómicas, el entonces líder de los socialistas navarros, el fallecido Carlos Chivite, hizo una declaración que ahora resulta profética: “Sanz ha recibido una lección de matemática parlamentaria”. Con 22 diputados, ampliados a 24 con la aportación de los escindidos de CDN, su futuro dependía de los socialistas, que sumaban 26 con la coalición formada por Nafarroa Bai e Izquierda Unida.

Llegó entonces el líder de UPN al convencimiento de que la pérdida de la mayoría absoluta que había alcanzado con el apoyo de la minoritaria CDN traía causa de la radicalidad del PP, que utilizó hasta el hartazgo Navarra –con obediencia absoluta de Sanz– como ariete para derribar a José Luis Rodríguez Zapatero durante el proceso de negociación con ETA.

Concluyó también que si se quiere preservar el predominio de los constitucionalistas en la comunidad foral, puesto que nunca un partido por sí solo ha logrado reunir la mayoría absoluta y visto el fuerte crecimiento de Nafarroa Bai, la gobernabilidad presente y futura pasa por el entendimiento entre UPN y el PSN, sea en la fórmula actual de apoyos parlamentarios concretos, en la de pacto de legislatura o incluso en la de coalición de gobierno.

Hace ya más de un año –en agosto de 2007– que Sanz expuso las líneas maestras de la estrategia que le ha llevado a romper amarras con el PP: “No pretendo, bajo ningún concepto, que practiquemos una política nacional... Actuaremos siempre en virtud del interés general de Navarra, piense lo que piense el PP, el PSOE o IU”. Lo dijo con luces y taquígrafos en su discurso de investidura.

En la primera reunión que mantuvo con Rajoy tras abrir el conflicto con el anuncio de que UPN no tenía inconveniente en apoyar los Presupuestos del Gobierno de Zapatero si satisfacían los intereses de Navarra, el líder del PP le dijo: “Yo te comprendo, pero en el partido hay gente que no”. Sanz piensa que son los del PP los que “no comprenden a Navarra”.

La ruptura devuelve al PP en Navarra a la categoría de holograma que tenía en 1991, cuando se produjo la fusión y era su líder Jaime Ignacio del Burgo. Del ex diputado que se ha convertido en el primer tránsfuga de UPN se ha subrayado el recordatorio de que fue uno de los principales intérpretes de la teoría de la conspiración del 11-M.

Pero, en lo que atañe al divorcio, lo más llamativo del personaje es que, tras las elecciones autonómicas, abogó dentro de UPN por gobernar en coalición con el PSN-PSOE y ceder la presidencia foral al socialista Fernando Puras, como única forma de evitar que fueran despojados de todo poder por la mayoría alternativa del PSN con Nafarroa Bai, mientras que el líder de su partido defendía pasar a la oposición si no podía conservar la presidencia como partido más votado y con más escaños.

Más aún, fue Del Burgo quien se encargó de poner en contacto directo a Sanz con el número dos del PSOE, José Blanco, a quien tocó asumir el desgaste de imponer a los socialistas navarros la decisión de Zapatero de permitir que UPN gobernara en minoría para no embarcarse en la aventura de gobernar con la escisión de Batasuna que lidera Patxi  Zabaleta.

Ahora, Sanz respira con alivio sin el corsé de tener que representar al PP –en su cálculo de riesgo sólo figura una posible fuga en su grupo parlamentario–, en el PSOE se regocijan con el autogol de la derecha y en el PP se ha abierto la porra sobre el futuro de María Dolores de Cospedal como secretaria general.