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Pavorosa pobreza

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Lo dice la Constitución. El pago de la deuda goza de prioridad absoluta. Ocurra lo que ocurra hay que pagar a los bancos, al tipo de interés que señalen los incontrolables mercados. La miseria se extiende entre sectores de población cada vez más amplios, pero lo primero es lo primero.

El dinero de los impuestos, pensados para sufragar servicios públicos, ahora se lo comen los gastos financieros. La carta magna se reformó hace poco más de un año para eso, para que todo el mundo tenga claro el orden de las cosas. Primero la deuda. Luego lo que necesitan las personas para vivir.

Para hablar sobre la erradicación de la pobreza tenemos hoy un día internacional, en el que vuelven a resonar los llamamientos a la generosidad, las invitaciones a rebuscar en las carteras, dramáticamente vacías en tantas casas, para que se multipliquen los gestos de 'atención a los más necesitados'.

Resonará una vez más y reiteradamente la palabra 'solidaridad'. Nos han robado esa expresión, como tantas otras. A fuerza de usarla mal, ha quedado desnaturalizada y desprovista del poderoso significado social que tuvo en otro tiempo. No pocas ONG y movimientos sociales intentan que fragüe de nuevo la cohesión social, pero hoy, por solidaridad, muchos entienden gestos y rutinas que en el siglo pasado conocíamos como actos de beneficencia u obras de misericordia.

Las palabras con las que explicamos el agravamiento de las diferencias entre ricos y pobres pierden fuerza por repetidas, pero la espantosa realidad, la verdad, como decía Quevedo al referirse a la pobreza, es amarga y hay que echarla de la boca.

España es el estado de la Unión Europea en el que ha crecido más la fractura social. Lo más desgarrador de esa exclusión se palpa en la calle, pero las cifras son pavorosas.

Los bancos de los alimentos intentan reclutar más y más voluntarios para atender a miles de personas que nunca se imaginaron a sí mismas en situación tan precaria.

Cáritas atendió el año pasado a un millón de personas. El triple que hace cuatro años.

Cruz Roja se ha visto obligada a reorientar su actividad humanitaria y a lanzar por primera vez una campaña para ayudar a familias en dificultades económicas.

Durante este año, las familias españolas han perdido 177.000 millones de euros, el 18,4 por ciento de su riqueza, en relación al 2011. La tasa de pobreza se acerca al 27 por ciento (13 millones de personas) y para final de año se prevé que llegará al 28.

Según los cálculos de UNICEF, en España, 2.267.000 niños vivían durante el año pasado en hogares que se encuentran por debajo del umbral de la pobreza (familias de dos adultos y dos menores con ingresos de 15.820 euros al año).

Son números y trazos de una brutal realidad, la de la miseria, que unos conocen de cerca y otros temen, imposible de aliviar con limosnas, y que sólo cabe enfrentar rompiendo la lógica de la acumulación de riqueza por parte de los ganadores de siempre.