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Penitencia: Mi vida en el narcomundo (Introducción)

Cuando consumí mi primera dosis comenzó mi declive hacia la delincuencia, una caída libre, sin frenos y ríos de droga, alcohol, sexo y rock and roll...

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En 1996 tenía una petición fiscal por cuatro causas judiciales, en total 34 años de prisión. Contaba, en ese momento, con, únicamente, 22 años de edad. Busqué mi ruina en menos de tres años fatídicos en los que el único culpable solamente fui yo, aunque también conseguí que la policía me tuviera en su punto de mira y que no pararan hasta encerrarme. Mi padre tuvo dos infartos de miocardio y eso, junto a una hija de tres meses recién nacida, me convenció de que no estaba preparado para afrontar mi penitencia de ninguna de las maneras. No me encontraba ni con fuerzas ni con apoyo. ¿Quién lo estaría? nadie. Así que tenía que huir.

Fui deportista de élite, estudiante normal y con novia de toda la vida. Cuando consumí mi primera dósis, en una verbena de un fatídico verano, comenzó mi declive hacia la delincuencia, una caída libre, sin frenos y ríos de droga, alcohol, sexo y rock and roll. Como decía aquél. Poco a poco, fui metiéndome en todo el submundo del narcotráfico, desde el menudeo en las discotecas hasta la introducción de toneladas de cocaína en las rías gallegas desde Colombia. Me introduje, paulatinamente, tanto en las redes colombianas como gallegas. Fieles aliados y condenados a entenderse los unos con los otros. Los primeros expertos en su producción y casi siempre, en el transporte a lo largo de las tres terceras partes del trayecto América-Europa y los segundos de la última parte del camino y de su distribución en toda Europa (aproximadamente, el 70% del mercado de cocaína, en el viejo continente, se introduce por las rías gallegas).

El código de la lealtad es innegociable en este gremio. Si se falla, se paga caro, tan caro que ni con la propia vida, a veces, uno lo salda. La deuda puede salpicar a terceras personas, familiares directos o inclusive alguna generación siguiente. Siempre tuve claro estos conceptos, tanto, que nunca me quedé con nada que no fuera mío y siempre cumplí con todos los pactos y contratos. Hubo problemas pero siempre volé recto, ni alto, ni bajo, recto. Esa es la razón por la cual aún estoy vivo, sin enemigos pero con muy pocos amigos.

En mi caminar tuve problemas, lágrimas, sonrisas, vida, muerte, dinero, traición, etc. y uno se pone a pensar si todo mereció la pena. En aquella época, la frialdad y la inteligencia eran la clave para sobrevivir y cada nuevo día que veías amanecer, un pequeño triunfo. En los negocios 'ilegales' hay que ser lo más legal posible porque, de otra manera, más temprano que tarde, uno se convierte en pasto de los gusanos; esto es tan cierto como que después del día sigue la noche. Mucha gente se piensa que entrar en el narcomundo es como ir a comprar al Carrefour. Grave error.

Cuando consumí mi primera dósis, en una verbena de un fatídico verano, comenzó mi declive hacia la delincuencia

La ambición y la codicia se apoderan rápidamente de las personas y quienes antes se conformaban con lo justo para vivir, se llegan a convertir en auténticas máquinas de gastar dinero, acostumbrándose a comer en lujosos restaurantes, rodeados de exuberantes mujeres y conduciendo vehículos de alta gama. Se alejan de sus amigos de la infancia, pensando que lo son quienes les llenan los bolsillos, tremendo error. En este círculo todos están esperando la más mínima oportunidad para pasar por encima de ti y continuar escalando posiciones dentro del organigrama criminal.

Y sucede que la bola se va haciendo más y más grande, cogiendo tal tamaño que ya no puedes ni parar ni ir hacia atrás, únicamente te queda ir hacia delante con todo, contra todo y contra todos. El final está claro, antes o después, y será catastrófico. Uno se encuentra tan solo que solo se hundirá y aquellos amigos de los que uno renegó en el pasado, van a ser quizás los únicos, ahora, que se acuerden de ti cuando lleguen las dificultades y acabes finalmente en prisión.

Cuando una persona está privada de libertad es vital, sobretodo desde el punto de vista psicológico, el contacto con el exterior. La soledad es muy mala compañera de viaje; muchos internos se llegan a creer que cuando uno entra en la cárcel, nunca más va salir. La realidad es otra muy diferente. Uno puede salir rápido de la cárcel por muchas circunstancias, intervienen muchos factores. La suerte de que la causa se sobresea o te quiten condena o simplemente salgas absuelto del juicio, pero el factor principal es que tu conducta pueda ser clave para la reinserción. Porque en condenas de 9 a 12 años, si te lo ganas o mejor dicho si te buscas tu libertad, puedes salir de permiso entre la 1/4 parte a un 1/3 del total, es decir, en 3 a 4 años pagados a pulso ya estarías saliendo. Eso si, haciéndotelo muy bien, yendo a estudiar, bien sea estudiando la ESO o si ya uno está graduado pues alguna carrera universitaria por la UNED.

Esto es muy importante porque estás diciendo al centro que eres válido para una vida en el exterior y, por consiguiente, tu rehabilitación es incuestionable. Otros factores muy importantes son la actitud y el comportamiento de cada interno, (participar en actividades modulares, como en las brigadas de limpieza, servicios de comedor, etc...) y, como es lógico y natural, tener un expediente disciplinario impoluto. Con todo ello, una vez que tengas por ley derecho a solicitar permiso, quizás en la primera solicitud lo denieguen, pero casi seguro que finalmente te lo darán, pues un expediente excelente garantiza al centro tu buen uso del mismo.

Sin embargo, muchos internos se piensan que en la cárcel tienen que drogarse, traficar, pelear y demostrar a todos los 'yonquis' y funcionarios que ellos son los 'kies' (jefes) del patio. Esto es lo mejor que se puede hacer para comerse la condena a pulso, sin revisiones de grado, permisos y menos aún, libertades condicionales. Aparte de meterse en líos y problemas, lo peor que te puede pasar estando encerrado es que tu compañera sentimental te haga sufrir o te abandone, o peor todavía que se vaya con algún amigo tuyo o simplemente te deje solo y arruinado. Lo que es jodidamente dañino es que use a tus hijos en contra tuya, que se los lleve y nunca más sepas de ellos hasta que no salgas en libertad. La desesperación puede ser tal que te conduzca sin darte cuenta a pelearte con algún interno o a drogarte como evasión a tus problemas, y etc.

'Haz lo que yo te digo, pero no hagas lo que yo hago'

Sinceramente, con el corazón en la mano, no merece la pena, por mucho dinero que hayas ganado o por mucho que hayas disfrutado, pagar tantos años de tu vida. Los disgustos en el ámbito familiar, tu declive económico, y sin duda, la alteración de la vida de tus propios hijos es incuestionable e irrecuperable; los hijos lo notan y les afecta negativamente, influyéndoles perjudicialmente en los estudios y sobre todo, en la calle, que les digan que su padre o madre está en la cárcel, ya que, ellos lo asocian a algo que está mal y sufren, sufren por el rechazo social. Esto es paradójico, porque nosotros sí delinquimos, pero sabiendo que está mal no queremos que nuestros hijos lo hagan, es muy curioso, ¿verdad?. Como dice el refrán 'haz lo que yo te digo, pero no hagas lo que yo hago'.

Pero como dice el dicho: 'De todo lo malo siempre se puede sacar el lado positivo'. Y este caso no iba ser una excepción. Una persona presa sabe muy bien quien es su amigo realmente y quien no; quien le quiere nada, poco o mucho: quien le echa de menos y quien, realmente, merece la pena y quien no. Cuando, en la calle, no te habrías dado cuenta hasta casi llegar a la cárcel.

No tengo ninguna duda al respecto, pero ninguna. No merece la pena el sufrimiento tan grande causado a tu familia, a tu persona y, por supuesto, a los demás consumidores y sus familias respectivas, que al no ser cuantificable te acompañará para siempre.

Salvo excepciones, quisiera decir la mía en un futuro, no conozco a ningún exmarica, ni a un extraficante. Es algo que va con el ADN de cada persona, se lleva en la sangre y, con el tiempo, el que es marica se vuelve más marica aún y el traficante se especializa, pero no como para que triunfe sobre las Fuerzas del Estado porque la batalla está perdida.

Pero sí creo en la reinserción del preso, ya que cuando se conoce el castigo de la cárcel te hace reflexionar y pensar que todo es en vano, el poder, el lujo, etc. quedan en nada y lo que más se valora es la libertad y tu propia conciencia de haber sufrido y hecho sufrir a familia, conocidos y ... desconocidos.

Todas las cuestiones finalizan en un mismo punto, que es que no merece la pena traficar porque lo que uno arriesga y expone, no compensa lo que uno pueda conseguir, ya que lo más probable es que acabes en la cárcel o en la soledad más absoluta o muerto. Las rachas buenas van seguidas de las malas pues ' tanto va el cántaro a la fuente que al final se termina rompiendo'. Y cuando te quieres dar cuenta estás debiendo 1, 2 o varios millones de euros a varias personas. Por eso os digo, queridos lectores, que a este punto no hay que llegar porque el final será irremediablemente catastrófico, como el de los muchos amigos míos a los que vi morir.

Sé que es duro lo que voy a contar. En el 2007, en Cambados (Pontevedra), secuestraron a dos primos míos. Los esperaron cinco sicarios encapuchados en el jardín del chalet de unos de ellos, los introdujeron en un automóvil y condujeron a un viejo molino en Catoria. Allá les colgaron de una viga a ambos por las muñecas y con bates de béisbol les rompieron todos lo huesos, rajándoles la barriga saliéndoseles a éstos sus vísperas, les rociaron de gasolina y les prendieron fuego; finalmente les pegaron dos tiros ante tanta agonía. Por la mañana, la mujer de uno de ellos, al ver que no regresaban, puso la denuncia en el cuartel de la guardia civil. Dicha mujer, en el momento del secuestro, estaba allí junto a su hijo de doce años, pero gracias a Dios no se los llevaron. Ella, acostumbrada a estas situaciones límite, pensó que era sólo un escarmiento o una medida de presión por alguna deuda del marido y que después les iban a soltar.

Lo más probable es que acabes en la cárcelo en la soledad más absoluta o muerto

Un importante paso, pienso yo, con el que se terminaría toda esta lacra del narcotrafico sería la legalización de las drogas, de manera que los países de origen llevaran un control de producción y exportación, y los países importadores controlaran las condiciones de su distribución y venta. De este modo, los únicos cárteles serían los propios gobiernos de cada país. Piensen en ello. Una solución rápida y lógica para la desaparición de los grupos criminales.

Antes de comenzar el relato de mi historia, en el que daré a conocer todos los entresijos del narcomundo en el cual y del cual yo viví, pondré en conocimiento de todos ustedes cómo es este mundo de complicado y podrido; sobre todo no revelaré ninguna identidad pero sí todos los cuándo, cómo, dónde y los porqués de este mundo que solo conlleva fracaso, sufrimiento, desgracias y calamidades. Sé que, a mucha gente, que cuente mi vida no les va gustar, pero yo solamente voy hablar de mi vida en primera persona sin tirar al agua a nadie, pero alguien debe decir cómo son realmente las cosas, sin mentir. No obstante, quiero que tengáis en cuenta que sólo es mi punto de vista y mi opinión subjetiva.

Esto me sirve, básicamente y sin ningún otro propósito, como terapia para sacar de mi cuerpo los demonios que llevo dentro y analizar las incoherencias de mi implicación en este podrido y falso mundo. Voy a expresarme, en muchos momentos, con un lenguaje coloquial, a veces muy callejero, más que nada para darle más emotividad al relato.

Para ustedes, lectores, es este relato que espero sirva para que se den cuenta de cómo es el narcomundo y nunca de los jamases se involucren.

 

(*) Este relato ha sido publicado dentro de la sección 'Penitencia' de la 'La Oca Loca', revista lanzada en noviembre de 2005 por el Área de Formación del Centro penitenciario de Daroca. 'La Oca Loca' se ha convertido en la revista digital de centros penitenciarios de 17 comunidades autónomas, con la intención de abrir una vía de comunicación con el exterior.