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Recuérdalo tú y recuérdalo a otros

‘El Canal’, una obra sobre esclavos del franquismo, emociona a los mayores de un barrio de Sevilla levantado por presos

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Antonia Navas decidió ir a ver la obra de teatro a sabiendas de que le iba a doler. Hacia las siete de la tarde, cuando ocupó su sillón, Antonio Morillas, el creador de la ficción, ya estaba tranquilo. La compañía había llegado al completo con su ruido habitual.

Los actores vestían ya su nueva piel, listos para subir a las tablas. Dieron las siete y dos minutos. Se apagaron las luces, se encendió un foco y Marta, paseando con su Abuelo, le preguntó: “¿Entonces fue aquí donde estuvo el bisabuelo preso?”. La representación de El Canal, obra basada en la construcción del canal del Bajo Guadalquivir por miles de presos políticos del franquismo, había comenzado. Antonia tragó saliva en su butaca.  

La escena se llena de personajes. El Frente Popular, coalición de partidos de izquierda, acaba de ganar las elecciones de 1936 y Manuel Azaña ocupa la presidencia, como le recuerda el Abuelo, que ejerce de narrador, a Marta. Un juego de luces que oscurece al anciano y la joven ilumina a Lola, trasunto de la Pasionaria, a Miguel, impulsivo y fuerte republicano, y a Pepe, agobiado por su familia, religiosa y de derechas, excepto el padre, ya muerto. “Por fin hemos ganado... ¡Viva la República!”, gritan los actores. “Viva”, respondió, motivado, el público.

El centro cívico que acogió la representación está enclavado en Torreblanca, barrio obrero de la periferia de Sevilla. El canal lo parte en dos. La barriada fue levantada por las familias de los esclavos que construyeron la faraónica obra civil (mide 150 kilómetros y permitió poner en regadío 80.000 hectáreas).

Antonia estaba emocionada. Allí donde la justicia ha fracasado, este teatro cumple con el compromiso. La memoria histórica, –“la que puede impedir la repetición de los errores”, dice Morillas– despierta entre el público de Torreblanca.

“No me interesa el público purista del teatro. Me interesa la gente. La clave es que le llegue, que la obra le diga algo”, asegura Antonio Morillas, fundador del Colectivo de Teatro Vistazul, radicado en Dos Hermanas (Sevilla).

Ya han puesto en escena 500 funciones de El Canal. Cuchicheos, rumores, palabras, alguna lágrima en los ojos viejos: “Eso lo vi yo de pequeña”, le dice una señora mayor a su hija. “Eso se contaba en Sevilla”, dice otra. Hay emociones. Antonia se revuelve en la silla. También era una niña entonces.Como ella, los mayores del barrio se acuerdan, la obra les susurra cosas, les sugiere, les trae imágenes, algunas bastante dolorosas. El estómago de Antonia se agita, algo culebrea. Los demás, sentados en las butacas, viajan en el tiempo.

En el escenario, el guitarrista Manuel Rodríguez rasguea con clase. Los episodios se suceden: los militares, Franco, ya han dado el golpe, la guerra amenaza a Lola, Miguel y Pepe y los demás. “El ejército del Ebro / El ejército del Ebro / rumba la rumba la rumba ba / una noche el río pasó /¡ay Carmela! ¡ay Carmela!”, cantan los amigos. El público aplaude a rabiar. Un hombre se levanta, junta las manos. “Pero no pasarán, no pasarán”, gritan. La muerte de Lorca –se le vio caminar entre fusiles, canta Marta– impacta a Lola, Miguel y a Pepe. Se acerca ya la caída, la derrota, el polvo y la bota de los generales en la boca. El simulacro del ruido de los bombardeos anticipa el momento.

En su asiento, Antonia, menuda, el pelo blanco rizado y corto a lo Harpo Marx, mueve agitada sus pequeños ojos oscuros acuosos: “Yo ya me quería salir de ahí”, dice. Las amigas –“Antonia, vamos”, le dicen al terminar– no la dejaron. Aguantó.

“Y pasaron, ya lo creo que pasaron”, dice el Abuelo, triste. La escena trae ya el canal, Torreblanca recuerda su origen. Las familias de los presos-esclavos del franquismo, lejos de abandonarles, se asentaron al lado de las rejas. Con sus propias manos construyeron las chozas, que devinieron en la barriada. En el escenario, se acercan las mujeres a sus parientes, separados por barrotes. Antonia ya no puede más: “Yo tenía ocho años. Allí estaban con los fusiles en la reja”.

El recuerdo de Antonia se confunde con el relato en este punto. Ella era la niña, Carmencita, que en el escenario iba con las mujeres que cantaban: “Sin pan, sin pan, sin pan / sin pan, sin pan, sin pan / sin pan, sin pan, sin pan y trabajar”. Se acercan a la reja, vigilada por dos soldados. “Carmencita: “Mamá, ahí viene papá”.

En torno a 12.000 presos políticos pasaron por el campo de Los Merinales, del que salió la mano de obra para la construcción del canal entre 1940 y 1962. Sobre las tablas, el Abuelo lo recuerda así, para recordárselo a otros, que dice el verso de Luis Cernuda. “Al principio eran simples tiendas de campaña, mientras construyeron los barracones, que dejaban pasar el frío en invierno y eran calderas en verano. Dormían en lechos de paja, sobre camastros de madera o en el suelo”, rememora. El campo tenía una doble alambrada. Los “porristas”, el ejército y la Guardia Civil vigilaban el campo.

¡Pam! ¡Pam! Lola es fusilada en el escenario. Risas nerviosas en el público. Lamentos. En la escena final, Pepe, escondido, es descubierto por un soldado. “¿Qué haces aquí? Venga a misa. Hoy no quiero ir, no tengo ganas”. Forcejean. Pepe le da un golpe, se escapa hacia la libertad. Antonia y el público estallan en apoteosis, jalean la fuga: “¡Vamos, dale. Corre. Muy bien!”, gritan, hartos del recuerdo de la guerra y 40 años de dictadura. Antonia se va con sus amigas. Su padre Manuel salió vivo del canal. El agua que lo llenó en 1962 permanece en los ojos de Antonia en 2009.