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La reflexión del 22-M también se hará en la calle

El PSOE e IU piden que la rabia se traduzca en un voto social, y el PP, en el inicio de la "recuperación nacional"

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La izquierda hizo anoche el último intento de convencer a los indignados para que traduzcan su malestar en un voto que apuntale el Estado del Bienestar, y la derecha les pidió el voto para ayudarles a echar al Gobierno e iniciar la 'recuperación nacional'. Pero el cierre de esta campaña tan extraña se jugaba sobre todo en escenarios tan atípicos como la Puerta del Sol de Madrid, tomada por más gente que nunca, la plaza de Catalunya de Barcelona, las plazas de las más de 160 localidades españolas donde también rugía la indignación, el Tribunal Supremo, el Constitucional, la Jefatura Superior de Policía, el Ministerio del Interior...

Toda España y sus instituciones estaban anoche pendientes de una chispa que prendió hace apenas una semana por iniciativa de unos jóvenes que hasta ahora tenían que bregar para desprenderse del estigma de ni-ni. Y con tantos ingredientes imprevisibles en el menú servido por lo que la prensa internacional llama spanish revolution, es obvio que la jornada de reflexión de hoy tiene el potencial de ser cualquier cosa, salvo normal. La spanish reflexión también será singular. Y probablemente, tensa.

La policía sólo intervendrá si hay violencia, pese a la presión de la derecha

La Junta Electoral Central había prohibido toda concentración para hoy, pero ante el impulso que estaban tomando las acampadas había pocas dudas de que la prohibición iba a llevar todavía a más gente a las plazas. Así fue al menos ayer, antes y después de que el Supremo y el Constitucional resolvieran sendos recursos in extremis, que siguen colocando de alguna manera fuera de la ley a los miles de concentrados.

Sin embargo, la marea ha crecido tanto que la aplicación estricta de las decisiones de la Junta Electoral, el Supremo o el Constitucional se han vuelto, en la práctica, imposibles de materializar, ni siquiera lanzando a miles de policías contra tantísimos indignados. Por ello, el Gobierno ya dejó entrever ayer que sólo actuará si se llegara a alterar el orden público porque, ante la situación explosiva creada, los servicios jurídicos del Estado sostienen que debe actuarse también teniendo en cuenta la ley orgánica que autoriza el derecho de reunión.

'¡Esto es democracia, no la de Sol!', se coreó en el cierre de campaña del PP

Aquí está, por tanto, el elemento clave que anoche causaba los mayores quebraderos de cabeza en el Ministerio del Interior: cómo evitar que los alborotadores se infiltraran entre la multitud con el objetivo de desencadenar el caos.

El vicepresidente primero y titular de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, subrayó que la policía se guiará por los criterios de 'oportunidad, congruencia y proporcionalidad'. E insistió en su argumento de la víspera, donde ya mostraba que no tenía intención de disolver por la fuerza las concentraciones: 'La policía, donde hay un problema, para resolverlo no crea otro, ni dos, ni tres', informa Iñigo Aduriz.

Pese a que todos los candidatos son conscientes de que a remolque de los indignados pisan terreno desconocido, y que cualquier desliz puede tener consecuencias imprevisibles en las urnas, los dirigentes del PSOE se esforzaron ayer en dejar clara su simpatía por los concentrados. Empezando por el propio presidente, José Luis Rodríguez Zapatero: 'No nos asustan las reivindicaciones y movilizaciones. A nosotros nos comprometen a dar las respuestas sociales que necesita la gente', proclamó en un discurso en el que sacó todo su orgullo herido para intentar demostrar que sus prioridades siguen siendo las de siempre.

IU está convencido, en cambio, de que los desencantados con el PSOE difícilmente pueden volverse a ilusionar y aspira a dar un gran salto. Su coordinador, Cayo Lara, se comprometió ayer a 'llevar la indignación a las instituciones'.

El PP también lanzó el guiño a los indignados invitándoles a votar sus siglas como si de una bofetada a Zapatero se tratara. Pero por la mañana, su máximo líder, Mariano Rajoy, había puesto el acento en la necesidad de 'respetar la ley', asociándola estrictamente a la Junta Electoral, que ha prohibido las concentraciones: 'Si la Junta dice que no puede haber manifestaciones, no puede haber manifestaciones', subrayó Rajoy, quien instó a Rubalcaba a 'no mirar para otro lado'.

La marea creciente de manifestantes ha provocado vértigo en el PSOE, pero también está removiendo resortes muy profundos del PP: pese a que han pasado ya más de siete años, sigue muy condicionado por el trauma de los comicios de 2004, que creía ganados y que perdió tras el 11-M.

Algunos sectores muy destacados del partido siguen convencidos de que el PSOE les robó literalmente la victoria lanzando a la calle a los jóvenes indignados por las 'mentiras' del Gobierno de José María Aznar, que insistía en señalar a ETA por el atentado cuando las evidencias ya apuntaban al yihadismo.Y este fantasma nunca exorcizado del todo les ha reaparecido con fuerza con los jóvenes indignados tomando las calles.

En 2004, y pese a que las movilizaciones no fueron autorizadas por la Junta Electoral, el Gobierno, entonces del PP, evitó mandar a la policía a reprimirlas, consciente de que la imagen de agentes cargando contra jóvenes horas antes de abrir las urnas dinamitan las expectativas de cualquier candidato con kilómetros de ventaja. Y eso que Rajoy, que ayer dijo que si él fuera ministro del Interior 'haría cumplir la ley', era entonces vicepresidente del Ejecutivo, además de candidato a la presidencia.

Rajoy y su círculo más cercano ha insistido en mostrar ahora 'respeto' por los indignados, pero algunos destacados dirigentes del PP como Jaime Mayor Oreja y la derecha mediática llevan días lanzando paralelismos explícitos entre la situación de 2004 y los concentrados, a quienes presentan casi como marionetas al servicio del PSOE. Con este grupo ha coqueteado la candidata a la reelección en Madrid, Esperanza Aguirre, que ayer incluso lanzó a los suyos a levantar un campamento delante de la sede del PSOE, aunque luego, ante el revuelo creado, aclaró que era una 'broma'.

'Estoy por convocar un campamento en la calle Ferraz y que se sienten allí los 90.000 militantes del PP de Madrid, que son más de los que hay en Sol y no se levanten hasta que se marche Zapatero', dijo en Telemadrid. Y siguió: 'A ver qué hace Rubalcaba, qué creen ustedes que haría Rubalcaba'.

En el cierre de campaña del PP, Aguirre fue recibida por un coro enfervorizado que la aclamaba al grito de '¡Esto es democracia, no la de Sol!' Muy poco después, acabó la campaña. Pero ahí sigue Sol.