Publicado: 14.05.2014 00:00 |Actualizado: 14.05.2014 00:00

La reserva india del celuloide

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Tal vez pronto no tenga sentido llamarlo filme o cinta, ahora que los grandes estudios de Hollywood han certificado oficialmente la defunción del celuloide. Sin embargo, el rumor de los fotogramas precipitándose sobre la pantalla, como un tren que llega, no ha dejado de escucharse en la cabina de proyección del Cine Doré.

"Tiene algo especial", cree Antonio Santamarina (Madrid, 1953), gerente desde hace doce años del local de exhibición de la Filmoteca Española, que también cuenta con un sistema digital.

"Nuestros ojos se han acostumbrado tanto a su intensidad y movimiento que no nos importa que las imágenes se hayan ajado", explica en su despacho, por el que cada tarde pasa una docena de empleados para ponerle al corriente del estado de salud de las instalaciones. Antonio, aún siendo un cinéfilo confeso que ha hecho de su pasión un medio de vida, ejerce en realidad de fontanero cinematográfico, encargado de desatascar las cañerías de la casa para que el séptimo arte no deje de fluir hasta las salas de la Filmo.

"Soy responsable de que todo funcione y me encargo de los recursos materiales y del personal", explica Santamarina. "Un día debes cambiar un patio de butacas con caries y al siguiente poner en práctica el plan de eficiencia energética". Las mejoras, aunque podrían pasar desapercibidas para el neófito, son evidentes para los vecinos más viejos del lugar: el Cine Doré se alzó en 1923 sobre los cimientos de un salón que una década antes albergaba a 1.250 personas, construido a su vez en el solar que había ocupado un barracón donde se exhibían películas mudas.

La sala, anexa al mercado de Antón Martín, en el número tres de la calle Santa Isabel, disfrutó de su edad de oro hasta que el trazado que va desde la estación de Atocha hasta la plaza de Jacinto Benavente fue perdiendo peso, en beneficio de los pudientes barrios que se extendían más allá de Alcalá. El Doré pasó a ser un cine de reestreno y, antes de caer en el olvido, ya era eminentemente de barrio, como indica el popular sobrenombre con el que fue rebautizado. El Palacio de las Pipas terminaría echando el candado en 1963.

Sin embargo, aquel edificio modernista concebido por Críspulo Moro era una joya arquitectónica, aunque su fachada desconchada, que había perdido los esgrafiados al silicato, precisaba un urgente lavado de cara. Comprado en 1982 por el Ayuntamiento de Madrid para preservarlo de la ruina, fue cedido al Ministerio de Cultura, que acometió su restauración. Hoy cuenta con tres salas, una de verano, donde se proyectan ciclos dedicados a directores, guionistas y actores (que, en ocasiones, visitan el Doré, como Claude Chabrol o Isabella Rossellini), buena parte de las producciones aspirantes a los Goya, filmes históricos y documentales, así como películas de culto e inencontrables rarezas. "Sin olvidar las censuradas por el franquismo, que se colaban en la programación de tapadillo, forzando al entonces director a arreglar el desaguisado ante las autoridades", recuerda Santamarina, quien entonces estudiaba Filología Hispánica y no se imaginaba que iba a terminar aquí.

Su infancia transcurrió en el cine Campamento, una sala frecuentada por los militares destinados a los cuarteles del barrio que dejaba entrar a menores, lo que le permitió ver Psicosis siendo un mocoso. "No entendía por qué mataban a la protagonista a la media hora", recuerda aquel chaval aficionado al western, la comedia italiana, el polar francés o las de romanos. "Los estrenos en los cines del centro, para los chicos de barrio, tocaban sólo en navidades. Ahora se emplea el eufemismo clase humilde, pero nosotros éramos pobres", confiesa Antonio, que comenzó a trabajar a los dieciséis como contable en un hotel y encadenó una beca con otra hasta licenciarse.

Luego aprobó una oposición, ejerció de auxiliar administrativo y volvió a presentarse a un concurso para acceder al cuerpo de gestión de la Seguridad Social, en la que desempeñó cargos de responsabilidad. Atrás habían quedado los años de libertad asilada en los colegios mayores, donde se empapó de cine político y escuchó a los grandes del flamenco, de Morente a Menese, cuyo martinete se gestaba en la fragua de la izquierda. "La copla, en cambio, se identificaba más con la derecha", rememora Santamarina, quien alterna la gerencia de este cinema paradiso con la escritura. Suyos son El cine negro en 100 películas (Alianza) y Eric Rohmer (Cátedra), a medias con Carlos F. Heredero, director de la revista Caimán, en la que colabora asiduamente. "Lo conocí en la mili y se convirtió en mi mentor", reconoce Antonio, desposado con la gran pantalla y amante de la literatura al que un día le ofrecieron gestionar el Doré, última reserva india donde resiste el celuloide.