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Sabios y machotes

 El debate del lunes fue tan útil por lo que enseña como por lo que tapona

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Los comediantes de la legua, aquellos que tan bien retratara Fernán Gómez en Viaje a ninguna parte (no, no es un ensayo sobre economía española) solían ir de gira de pueblo en pueblo, dando eso que se conoce como función única. Y así, entre el sainete y un dramón de Echegaray, fue el debate único que tuvo Rubaljoy contra sí mismo. Mientras pasaban lentas como un cercanías las dos horas de debate, me vino a la mente, así en plan flash, el Marco Antonio shakespeariano cuando dice aquello de: 'No tengo ni talento, ni elocuencia, ni mérito, ni estilo, ni ademanes, ni el poder de la oratoria, que enardece la sangre de los hombres'. No me pregunten por qué, pero me pareció que cuadraba con ese momento histórico.

El debate del lunes fue tan útil por lo que enseña como por lo que tapona. Al concelebrar un solitario pas de deux, plagado de una ridícula y formal ecuanimidad horaria, se nos niega la posibilidad de imaginar cualquier otro tipo de discusión política. El poderoso pacto escenográfico suscrito por los partidos en campaña siempre revela mejor lo que quieren ocultar que lo que pretenden ofrecer. Dar del relato político una sola versión escénica.

Hoy el poder ha de aparecer no como próximo sino como ubicuo

En las campañas de antes, por ejemplo, era importante el paseo por las calles y la visita al mercado. Para la política del siglo pasado, demostrar que el poder era cercano, humano, reforzaba la legitimidad democrática del mismo. Hoy, el poder ha de aparecer, no como próximo, sino como ubicuo. Debe estar colgado, en plano. La televisión y la red son, en ese sentido, armas maquiavélicas. Y no es un calificativo, lean lo que decía el toscano en El Príncipe: 'Pues los hombres, en general, juzgan más con los ojos que con las manos, porque todos pueden ver, pero pocos tocar. Todos ven lo que pareces ser, mas pocos saben lo que eres'. Se trata, pues, de que veamos al candidato, no de que lo podamos tocar, interpelar. Es decir, el debate evita que lo conozcamos y nos obliga así a puntuar tan sólo su habilidad.

Jean Genet, que era un pieza, dejó dicho que el poder no funciona sin teatralidad. Por eso es tan eficaz el formato exhibido el lunes. Las opciones políticas quedan reducidas a una mezcla entre espectáculo deportivo y Saber y ganar. Los candidatos, como en los concursos, deben estar seguros en sus respuestas y enciclopédicos con sus datos. No se trata de que piensen, sino de que demuestren que saben. Por otro lado, el relato del debate se ajustó al de una final de Copa. Cómo se concentran los rivales, qué equipación llevan y, finalmente, quién vence. Esa deportivización de la política tuvo su corolario con los árbitros de baloncesto contando la posesión de la palabra.

Los candidatos, como en los concursos, deben estar seguros en sus respuestas

El rollo Champions se vio avalado por el plató, que oscilaba entre el Estadio Olímpico de Berlín y un ovni de esos de V. La mesa trapezoidal estaba fuertemente influida por la mesa camilla del Enterprise de Star Trek. En cuanto al juego, poco más que patadón. Hace ya años que el debate político español se basa en dos potentes ejes conceptuales. Uno, explicativo: mireusté. Y otro, confrontativo: y-usté-más. Ayer pudimos disfrutar de ambos, incluso con rústico simbolismo agrícola: RbCb: 'Usted siembra incertidumbres'. Rajoy: 'Aquí el único que siembra es usted. Usted siembra insidias'. El y-usté-más llegó a su depuración máxima con la bonita réplica: 'Yo le digo que no/pues yo le digo que sí' que resumía el mito de las dos Españas tanto como explicaba el arraigado éxito de Tip y Coll. Supimos de lo analógicos que aún están ambos cuando se amenazaron: Rajoy: 'Yo le mandaré la cinta de la votación'. Rubalcaba: 'Mañana le mandaré la prensa de Valencia'. ¿Cintas? ¿Prensa?

Pero no todo fue posmodernidad líquida. Los dos candidatos, que son españoles de pelo en pecho, acabaron su alegato con un grito racial y viril: RbCb: 'Yo no me arrugo, no me echo atrás'. Rajoy: 'España no se rinde nunca'. Supimos al menos que vivimos en un país inrrendible e inarrugable, cosa muy útil cuando vas con prisa. Un país donde, eso sí, como dijo sabiamente Rajoy: 'Si hay menos dinero, las cosas se complican'.