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Sor Maravillas, la monja integrista

Preconciliar y conservadora, la biografía de la santa reúne todas las características de los mitos del nacionalcatolicismo

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María Maravillas Pidal y Clara Campoamor eran de la misma quinta. Tan sólo les separaban tres años de diferencia, pero todo un abismo en su forma de pensar y de afrontar la vida. Campoamor decidió dedicar la suya a luchar por el progreso y por los derechos de las mujeres, mientras que la santa optó por la defensa de los valores ultracatólicos.

La hermana Maravillas pasó, entre otras cosas, a la historia por liderar la lucha carmelita contra las reformas que Pablo VI introdujo a raíz del concilio Vaticano II. Ella promovió las más estrictas reglas de la orden religiosa, con prácticas como dormir a diario sobre el suelo durante sólo tres horas diarias.

Desde pequeña, la santa mamó del ambiente retrógrado y patriota que se respiraba en su familia. De su padre adoptó el amor por “Dios y por España”. Nunca fue al colegio pero recibió la estricta educación de su abuela, que siempre había querido dedicar su vida a la religión aunque las circunstancias se lo impidieron. La frustración de la señora pudo tener que ver en la vocación de la ahora santa. Y es que, pese a su evidente inocencia, Maravillas, según sus biógrafos, hizo voto de virginidad a los cinco años de edad.

La situación económica de su familia era privilegiada en la España de principios del siglo XX, pero ella no quiso estudiar y prefirió aprender de los designios del señor. Iba todos los días a misa, y su principal distracción consistía en ir a los barrios pobres como una distinguida señorita de alta alcurnia disfrazada de mendiga para dar limosna, alimentos y ropas a los que allí vivían. El libro sobre su vida Si tú le dejas... Vida de Santa Maravillas de Jesús, Carmelita Descalza (Edibesa) alaba su “humildad”: a la doncella de su domicilio familiar “no le pedía nunca más que lo indispensable”.

La obra deja bastante claro que Maravillas no era precisamente amante de la libertad: “Le gustaban mucho las rejas, estar con Jesús, vivir en su casa...”. Así, y para encerrarse y concentrarse en su religión, ingresó en un convento de El Escorial en 1919. Allí comenzó la labor católica que desarrolló hasta el fin de sus días. Años más tarde, fundó el monasterio del Cerro de los Ángeles (Getafe, Madrid), del que fue priora “por inspiración divina”, y este cargo lo ejerció en diversos conventos, que también fueron fundados por ella misma.

Durante años, enseñó a sus hijas los valores más profundos de las carmelitas: la humildad, el sufrimiento, la pobreza... Además, de vez en cuando, les deleitaba con frases como: “Al exterior todas iguales, al interior como ninguna”, en referencia a la castidad; o “rueguen mucho y hagan mucha penitencia”, respecto al sacrificio. La Guerra Civil supuso un pequeño paréntesis en su hacer religioso, ya que se tuvo que refugiar junto a otras hermanas en un piso de la calle de Claudio Coello de Madrid, después de que las milicias republicanas tomaran el control de la capital española y les obligaran a abandonar por la fuerza el convento del Cerro de los Ángeles.

Dos años después de su muerte, en 1976, el milagro de la curación de una agranulocitosis primaria de una joven salmantina fue la que abrió el proceso de beatificación de sor Maravillas. Otro milagro, el de un niño ahogado en Argentina que finalmente se recuperó en 1998, fue presentado para su canonización cinco años después. El proceso fue uno de los más rápidos de la historia y culminó en Madrid en 2003, cuando el papa Juan Pablo II destacó que sor Maravillas “puso a Dios en el centro de su vida y por encima de cualquier otra preocupación”.

El único contacto que Maravillas de Jesús tuvo con la política y la vida parlamentaria le vino de familia. Su padre, un tío paterno, un abuelo y un tío abuelo suyo fueron presidentes del Congreso de los Diputados. A ella sin embargo, no le gustaba “ese mundo” y prefería “abrazar la vida religiosa”, aunque para ello, y para rendir tributo a lo que “Jesús había sufrido por ella”, tuviera que colgarse de los pelos de las vigas del desván de su casa.