Publicado: 05.02.2014 07:35 |Actualizado: 05.02.2014 07:35

El submundo de Pepe Metralleta

José Menéndez lleva casi medio siglo vendiendo discos de segunda mano en Madrid

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Oculto a los ojos de los turistas, bajo los pies del transeúnte, hay un submundo musical a un tiro de Sol. Allí trasiega canciones desde hace 35 años José Menéndez, cuyo nombre de guerra es Pepe Metralleta. El apodo responde a una tienda de discos de segunda mano por la que han pasado melómanos de toda clase y condición.

"Lo único que ha cambiado en este tiempo fue mi pelo: antes lo tenía y ahora no", suelta con sorna mientras repasa los archivadores y las estanterías, donde reposan miles de álbumes.

No han variado ni los clientes, cuya media de edad ha ido subiendo a medida que el dueño soplaba velas. Detrás del mostrador, una foto en blanco y negro tomada en el Rastro a finales de los sesenta acredita que ya se dedicaba a la música medio siglo atrás. Desde entonces, ha sido testigo del baile de formatos, algunos obsoletos tras pasar sin pena ni gloria por reproductores de vida efímera. Aquí, básicamente, manda el cedé, agoniza la casete y se ha hecho fuerte el vinilo.

"Si te llega algún recopilatorio de Queen, guárdamelo", le dice al hijo de Pepe un señor mientras sale de Discos La Metralleta, ubicada en la galería comercial del párking de Las Descalzas. Felipe, más de media vida entre surcos, se ha hecho junto a su hermana Paloma con las riendas del local, pero la alma máter sigue dando la cara tras su jubilación. "Ya terminé la carrera, ahora vengo por afición", confiesa a sus 69 años Menéndez, que en realidad ejerce de relaciones públicas. "Los coleccionistas somos como una familia, siempre los mismos, aunque a veces se incorpora algún chaval". Les gusta ver a Pepe, uno de los suyos: su discoteca personal, que guarda celosamente en casa, consta de 12.000 ejemplares. "Lo que me interesa me lo quedo, no me tienta vender ninguno".

Es para pensárselo dos veces: la semana pasada alguien pagó 600 euros por el primer álbum de los Beatles editado en España, lejos de los 2.500 euros que ingresaron en su día por un epé de los Kinks publicado en Brasil. "Los coleccionistas son gente maniática. Algunos ni los escuchan, simplemente quieren tener el objeto". No les importa que el vinilo se haya rayado o roto, asegura, pero el envoltorio tiene que estar impecable.

"Hay gente muy rara". Por ejemplo, aquel fan de Fausto Papetti o, mejor dicho, de las rijosas portadas del saxofonista italiano, culmen del destape. "O un inglés que sólo compraba BSO de películas extranjeras editadas en nuestro país, el caso era que el título y el libreto estuviesen escritos en español". Aunque tampoco le hacía ascos a la producción patria, con Manolo Escobar y su Cuando los niños vienen de Marsella en cabeza, por no citar sus títulos más políticamente incorrectos.

Luego están los aficionados a los discos ilustrados por diseñadores y artistas, véase Andy Warhol y sus trabajos para la Velvet, los Rolling, John Cale y Diana Ross. Los que buscan discos con taras: fallos de color, defectos en las pegatinas, todo lo que convierta el ejemplar en una accidental y preciada rareza. Los clientes ilustres, que son multitud, entre los que se encontraba el "amigo" Germán Coppini, recuerda Pepe. Y, por terminar con alguna subespecie curiosa, los pirómanos: "Un cura compraba discos de Marifé de Triana para quemarlos. Cuantas menos unidades quedaban, más subían de precio. Hasta que un día se murió y su hermana se los trajo todos para acá".