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"Sin tabaco no hay musas"

El Café Gijón, lugar de reunión de intelectuales, acoge sus últimas tertulias con humo

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'Aquí vendió tabaco y vio pasar la vida Alfonso, cerillero y anarquista'. Una placa recuerda, a la entrada del Café Gijón de Madrid, a Alfonso González Pintor (1933-2006), quien regentó durante 21 años un puesto de venta de tabaco en la entrada del local.

'Era el confesor espiritual de los tertulianos, y a veces, incluso les prestaba dinero'. Días antes de que la Ley Antitabaco prohíba fumar en los bares (a partir del 2 de enero), José Bárcenas, relaciones públicas del Café Gijón desde 1974, recuerda con nostalgia a ese personaje emblemático del local. Fundado en 1888 por un asturiano llamado Gumersindo García, el café del número 21 del paseo de Recoletos se convirtió, después de la Guerra Civil, en un lugar de tertulia para intelectuales y artistas.

'Forma parte del atrezzo', opina el relaciones públicas del café

'Antes hablábamos de mujeres, ahora sólo de enfermedades y recordatorios', bromea Jesús Montero, ingeniero de Caminos y pintor asiduo a las tertulias artísticas, que todavía hoy comparte con antiguos colegas. Los pintores Juan Francisco Toro de Juanas y Alfonso Abelenda pasaron tardes enteras charlando en el café que inspiró a Camilo José Cela su obra La Colmena. Ahora, sus tertulias son más esporádicas, pero siguen siendo sagradas y se celebran al menos una vez al mes.

'Ser cliente del Café Gijón era un título, aquí se reunía lo más granado de la intelectualidad', recuerda Alfonso Abelenda, 79 años, purito en mano. A este pintor, ex cantante de tangos en París, ex actor de películas americanas, ex campeón español de 110 y 400 metros vallas y ex jugador de rugby internacional, la nueva ley le parece 'irritante'. 'Es como si te obligaran a comer cocido sin garbanzos', bromea Abelenda. 'A partir de ahora este local ya nunca será lo mismo', insiste el pintor, que empezó a fumar cuando dejó el deporte, cumplidos los 40 años.

Impregnado por el humo del tabaco, el Café Gijón fue una bolsa de aire fresco en medio del franquismo. El local todavía acoge tertulias y mantiene los sillones y la decoración de antaño. Por eso, José Bárcenas ('enamorado de esta casa y amigo de todos los tripulantes de este barco', como se autodefine) piensa que a partir del 2 de enero, el local perderá 'uno de sus encantos'. 'El humo del tabaco forma parte del atrezzo de este café, está asociado a la creatividad, a la palabra y a la vida creativa de los artistas. Prohibir fumar aquí es como quitar los divanes o las musas', aduce Bárcenas, quien, a su vez, aplaude la decisión del Gobierno porque se ahorrará las dos afonías que sufría cada año 'por fumar de los demás'.

'Es como si te obligasen a comer el cocido sin garbanzos', bromea un cliente asiduo

Mucho más que un café

Aunque Bárcenas llegó al Café Gijón bastante más tarde, cuenta que en la época dorada del local (durante los años cincuenta y sesenta), la falta de buenos extractores de humo obligó a instalar una pila pequeña a la salida de la cocina para que los camareros se mojaran los ojos, que tenían enrojecidos de forma permanente por el humo del tabaco.

Bárcenas está convencido de que la ley no robará clientes al local porque 'aquí están sus amigos y porque el Café Gijón es más que un café', sentencia. Algunos de esos clientes, como Iris Casado, de 60 años, incluso irán más a menudo. 'Será una gozada disfrutar del café sin humo, yo lo estoy deseando', confiesa.

La amiga con la que comparte un pincho de tortilla, sin embargo, no es tan taxativa. Aunque sabe que 'es malo para la salud y todas esas cosas', reconoce que el tabaco tiene 'un punto de elegancia'. 'Yo no fumo, pero me agrada que haya humo en los bares, me da una sensación agradable, distendida, de fiesta. El tabaco me gusta cuando es un acto social, pero no cuando se convierte en un vicio', remata la mujer, que no quiere revelar su nombre.

Mientras tanto, a unas cuantas mesas de distancia, Abelenda apura las últimas caladas de su penúltimo purito en el café. 'Antes fumaba Celtas, pero lo dejé y, como tenía mucha ansiedad, el médico me recomendó los puritos. Y, efectivamente, se me fue la ansiedad', cuenta irónico este pintor gallego que vive a caballo entre A Coruña y Madrid. Ahora se concede siete puritos al día y, como 'fumador social' que es, nunca mezcla tabaco y trabajo. ¿Aprovechará la nueva ley para dejarlo definitivamente? 'Jamás', zanja rotundo.