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El tabú de la adopción fallida

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Está mal visto. Fuera de su entorno más cercano reconocer que se ha sido incapaz de convivir con el hijo adoptivo y que se le ha devuelto es tabú. Un 1% de las adopciones que se realizan en España acaban en el abandono del niño. El dato lo ofrece el catedrático de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Sevilla, Jesús Palacios, que elaboró un estudio para el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. Las administraciones dicen que no tienen registros específicos para los abandonos. En 2006 se realizaron unas 5.000 adopciones, entre nacionales e internacionales. Por tanto, alrededor de 50 hijos adoptivos fueron abandonados y quedaron al amparo de los servicios sociales de las comunidades autónomas.

Marina se siente afortunada porque el niño que adoptó hace cuatro años en Rusia se adaptó “de forma relativamente fácil”. Pero relata que una pareja que adoptó a dos niños también en Rusia acabó devolviéndolos. Las historias de abandono se relatan en tercera persona.

“La gente se indigna cuando sabe de padres que devuelven a sus hijos adoptivos. La sociedad les rechaza. Pero ni ellos son malas personas ni el niño tiene la culpa. Supone mucho sufrimiento para ambas partes”. Carme Vilaginés es psicóloga clínica y psicoterapeuta. Hace unos meses publicó un libro, La otra cara de la adopción, donde analiza los problemas con que se encuentran estas familias.

En 2006 se realizaron 4.472 adopciones internacionales, según el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. Las últimas cifras de adopciones nacionales que facilita son de 2005 (692), aunque calcula que el año pasado la cifra fue similar.

No existen cifras absolutas sobre abandonos, son datos aproximados. Carme Vilaginés apunta que las cifras “reales” de abandonos pueden incluso superar el 8%. Insiste en que muchos casos se silencian. En la Unión Europea, Jesús Palacios sitúa la media entre el 3% y el 5%. “Llevan más años haciendo adopciones internacionales”, justifica.

Los porqués del fracaso

“Muchas personas no están preparadas y no se les debería haber dado luz verde para poder adoptar”, explica Vilaginés. El caso que relata Marina lo ejemplifica: la pareja de que habla tenía problemas psicológicos y el test de idoneidad no los detectó. “Los niños tenían problemas añadidos a los que la pareja no supo hacer frente”, explica.

El certificado de idoneidad es el pasaporte que permite a los padres adoptar. Para obtenerlo, se debe pasar un filtro: un estudio psicosocial que realizan expertos de las comunidades autónomas, que son quienes  tienen las competencias en materia de protección de menores. Jesús Palacios coincide en que éste es uno de los múltiples factores que explican los fracasos y apunta que “mejorar la valoración” contribuirá a acabar con éstos.

“También hay casos en que el niño acarrea problemas, como maltratos o abusos sexuales, que hacen que no esté preparado para ser adoptado”, explica Vilaginés. Asegura que, por duro que suene, hay niños que han sufrido tanto daño que no están preparados para vivir en familia. “Lo ideal sería que les acogiera una institución que funcionara bien, con personal que les ayudara a contener la carga destructiva que llevan dentro”, apunta.

Marina, que es psicóloga, explica otro caso: dos de los niños que fueron adoptados el mismo día que su hijo tienen graves problemas psicológicos. “Estaban y están desconectadísimos. Cuando les recogimos, hacían movimientos extraños con la boca, no cogían objetos, estaban ausentes. Y los padres continúan teniendo muchos problemas con ellos”, relata.

Los abandonos no son ni mucho menos la norma, pero según Vilaginés es bueno hablar de ello. Palacios coincide con ella en que una de las medidas para que no haya fracasos es el acompañamiento psicológico no sólo durante el proceso de adopción sino desde que los padres recogen a su hijo. “Igual que se va al pediatra”, reivindica Vilaginés, que explica que los padres “tienen miedo de que se les diga que son ellos quienes no lo han hecho bien”.

Cuando la adopción se hace efectiva, los países de origen exigen un seguimiento. China (de donde proceden más niños, representan un 35% del total) exige dos entrevistas, una a los seis meses y la otra al año. Vilaginés critica que lo ideal sería que estas inspecciones las hicieran profesionales independientes de la administración, para que los padres fueran sinceros y no actuaran condicionados por el miedo a que le retiren a su hijo.

Guillem no era un niño especialmente problemático, pero su madre, Dolors Cruells, decidió pedir ayuda a una psicóloga. “El primer año fue muy duro. Se pasaba el día llorando y gritando, aunque era muy cariñoso”. Tenía cuatro años cuando sus padres le recogieron de un centro de acogida de Bolivia y le llevaron a Barcelona. Gracias a la psicóloga a la que acudió, Dolors explica que su hijo “evolucionó muy bien”. La experiencia fue tan intensa que hace dos años decidió plasmarla en un libro: Historia de una adopción internacional. Ahora Guillem tiene 13 años, estudia segundo de ESO y su madre reconoce que se les “cae la baba”.

Evitar el alarmismo
“No hay que ser alarmista. Estamos aprendiendo a conocer los problemas que tienen estos niños”, reivindica Blanca Rudilla. Tiene tres hijos biológicos y uno adoptado y dirige la Asociación para el Cuidado de la Infancia (ACI). Es la primera entidad colaboradora de adopción internacional (ECAI) que empezó a gestionar las adopciones de China, hace 11 años. Desde entonces ACI ha gestionado “unas 4.000 adopciones” y sólo ha tenido “una devolución”, destaca Rudilla.

La adopción internacional era minoritaria hasta 1996, cuando se dio pie a la creación de las ECAI, entidades sin ánimo de lucro que hacen de intermediarias entre las familias, los países de origen y las comunidades. Rudilla defiende que los padres que adoptan se enfrentan a los mismos problemas que si el hijo fuera biológico.