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Unos tipos de cuidado

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Juan Antonio Roca está en la cárcel porque tres tipos a sueldo del Estado decidieron hacer bien su trabajo. Ningún procesado de la Malaya habría dicho que el juez Miguel Ángel Torres, el fiscal Juan Carlos López y el comisario José Gutiérrez eran individuos de cuidado con los que convenía andarse con ojo. Y sin embargo lo eran. Y lo eran porque disponían de un arma secreta cuyo mortífero alcance no evaluaron los ladrones de Marbella. El arma era esta: la firme determinación de hacer bien su trabajo.

Una de las razones por las que en este país se ha robado tanto al Estado es porque siempre hubo demasiados funcionarios públicos armados de poderosas excusas para no hacer bien su trabajo: porque les pagaban poco, porque no ascendían en el escalafón, porque a fin de cuentas no iban a heredar el negociado, porque bastante habían hecho ya estudiando diez horas diarias para sacarse la oposición... Lo malo de esas excusas es que todas son buenas. Tan buenas que ni siquiera parecen excusas.

El juez, el fiscal, el comisario y los demás funcionarios que se dejaron las pestañas rebuscando en los archivos municipales y en los registros de la propiedad para desenmascarar al clan de Marbella son la clase de gente que salvan las democracias sin saberlo. ¿Que de qué las salvan? Sobre todo de sí mismas, que es la salvación más difícil. Tan difícil que las democracias nunca logran del todo quedar a salvo de sí mismas. Marbella lo sabe bien: sus vecinos creyeron haberse salvado de las miserias de los políticos dando el poder al apolítico Jesús Gil y resultó que su partido era él solo más miserable que todos los miserables partidos juntos. En Marbella ocurrieron muchas cosas muy graves, pero la peor de todas fue esta: que, al contrario que los tres funcionarios de marras, sus ciudadanos no hicieron bien su trabajo de ciudadanos.