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Truena el escarmiento

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Ha tronado el escarmiento. Mejor dicho: Zapatero parece haber escarmentado. Después de vaticinar en Nueva York, en septiembre pasado, el fin de las tensiones de la deuda de España y la zona del euro, una predicción temeraria que después de tantas experiencias negativas por prudencia elemental debía haberse ahorrado, ayer comenzó a reconocer que la economía española tardará bastante tiempo en recuperar su pulso vital gravemente dañado.

El comportamiento del consumo y la inversión en el tercer trimestre no auguran nada bueno para el cuarto. Confirma que en los dos capítulos se ha producido una recaída. Y si bien es cierto que las exportaciones pueden ir a mejor, España no es Alemania. El Producto Interior Bruto ha crecido un anémico ¡0,015%! entre julio y septiembre. Y cualquiera sabe en agosto próximo qué dato arrojará la revisión. El debate de las décimas o las centésimas debería ser desterrado porque es una confesión de ignorancia cuando no de objetivos conscientes de propaganda. 'La mejora es tan leve que no asegura un cambio irreversible de tendencia', dijo el presidente. En realidad: la recuperación es tan invisible que nadie puede advertir un cambio de tendencia. Y, además, la aparente recuperación ha sido inducida por el Gobierno, como en una gran cantidad de países, empezando por Estados Unidos. Una vez que las ayudas han sido suplantadas por las medidas tendentes a reducir el déficit, el frenazo al consumo público impidió salir de la recesión técnica en el cuarto trimestre de 2009. Una situación que, centésima más centésima menos, ha vuelto a darse en el tercer trimestre después de dos consecutivos de subidas. En este contexto de estancamiento, el contagio español de la crisis de Irlanda y Portugal ha existido, pero no ha metido a España otra vez de hoz y coz en las turbulencias financieras, como se ha visto en las colocaciones de bonos esta semana. No quiere decir, como sostienen Elena Salgado y José Manuel Campa, que somos fundamentalmente inmunes. Nada de eso.

Zapatero reconoce que la economía tardará tiempo en recuperar el pulso

Angela Merkel fue un factor retardatario a la hora de resolver la crisis de Grecia en abril por temor a perder las elecciones de Renania del Norte Westfalia, que, en efecto, terminó perdiendo. Y ha sido al agitar el espectro de la Argentina del corralito, es decir, al proponer que los inversores de bonos también paguen parte de la crisis con una quita en caso de reestructuración de deuda en países de la Eurozona, cuando ha encendido la mecha de la nueva crisis, con Irlanda y Portugal en primera línea de fuego.

En medio de la crisis ha sido una iniciativa destructiva. Merkel no estuvo en el nacimiento del euro y ahora, junto con su ministro Wolfgang Schauble, que sí estuvo, quiere un nuevo euro. Un ancla, un par de países de primera y, más lejos, la periferia. España incluida, claro.

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