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Los Veranos de la Villa

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Hay quienes afirman que el debate sobre el estado de la nación se fijó a mitad del mes de julio para aprovechar los entretenimientos y el espíritu indolente de las vacaciones veraniegas. Tengo para mí que las fechas no se deben a una estrategia de enmascaramiento, sino al realismo inconsciente de un buen programador cultural. Las crispadas sesiones parlamentarias tienen los aires de una farsa, de un espectáculo teatral. Alguien ha decidido con buena lógica incluir el debate sobre el estado de la nación en el programa de los Veranos de la Villa.

Los análisis más sensatos insisten en dos evidencias. Mariano Rajoy critica, pero no expone una alternativa. José Luis Rodríguez Zapatero está falto de credibilidad, pero no se hunde. Es decir, nadie gana, nadie pierde, si es que medimos los resultados en las expectativas electorales de los dos partidos mayoritarios. Otra cosa es pensar en la calle, en los ciudadanos, en las ideas y en los problemas del país...

No seamos injustos con Rajoy. La verdad es que es imposible que tenga una alternativa, porque Zapatero está desplegando con firmeza la política, las medidas económicas y las reformas laborales de la derecha. Las decisiones del presidente son iguales, incluso un poquito más duras, que las tomadas por los gobiernos neoconservadores europeos. Por otra parte, Zapatero tampoco puede hundirse, aunque haya perdido credibilidad. Se desconfía de él porque ejerce un ideario muy distinto al que propuso en su programa electoral. Quedan todavía cerca sus últimas promesas optimistas. Pero no se hunde porque la gente tiene ahora la sensación de que se limita a cumplir de manera inevitable lo que ordenan desde Europa los mercados financieros. No se trata ya de su responsabilidad. Así es, aunque resulta curioso: un sector mayoritario del público empezará a tomarse en serio a Zapatero en la medida en que traicione su programa y sus promesas. Por fin asume el Gobierno, no una ilusión. Esa parece su nueva baza electoral.

Todas estas situaciones paradójicas se deben a la lógica de la farsa parlamentaria que hemos visto representar en los Veranos de la Villa. Pese a la crispación, los debates y los enfrentamientos entre Zapatero y Rajoy, asistimos de hecho a la firma de un pacto de Estado que se enmascara con teatro. Por razones electorales, ni el PSOE ni el PP quieren hablar con claridad. Por eso se pelean y se descalifican, mientras asumen, con el beneplácito económico de los partidos nacionalistas conservadores, una misma política de rumbo neoliberal. El debate puede resultar agrio, pero la realidad evidencia un pacto de Estado entre los dos partidos mayoritarios. Han decidido caminar de la mano junto a Angela Merkel.

Al final de la historia no sé quién se llevará el gato al agua, quién ganará las próximas elecciones. Pero en el debate de esta semana creo que Zapatero ha ocupado más espacio, tuvo dos monólogos, se aprovechó de las circunstancias para dejar sin papel a Rajoy. Las meditaciones de Shakespeare sobre el poder suelen alumbrar todavía el presente. En Julio César, Bruto es un personaje dañado por sus obligaciones públicas, alguien que actúa por deber contra su corazón. Mata a César porque el rechazo de la tiranía está por encima de sus afectos personales. Zapatero ha jugado a tomar medidas dolorosas por obligación de estadista. De ahí las ojeras de los últimos meses. Pero la alegría vuelve a su cara cuando cambia las ropas de Bruto por las de Marco Antonio. El monólogo de Marco Antonio es una de las piezas maestras de la literatura universal. Mientras afirma que Bruto es sin duda un hombre honrado, prepara minuciosamente su perdición. Zapatero declaró en su discurso mantener la fe en el movimiento sindical, las políticas progresistas y los amparos públicos, pero sólo para firmar su sentencia.

Zapatero no se ha atrevido a promover un debate europeo sobre el rumbo de la socialdemocracia. Prefiere calcular tiempos electorales y hacer a la vez de Bruto y de Marco Antonio para dejar a Rajoy sin papel. Los resultados son inciertos por lo que se refiere a los votos. El presidente tiene más oportunidades de lo que la gente cree. Pero desde el punto de vista ideológico su actitud sólo sirve para aumentar ese descrédito de la política inútil que tanto gusta a las mentalidades reaccionarias. Pide votos tristes, derechistas y cansados.