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De viaje hasta Estocolmo

Joan Herrera, candidato de ICV-EUiA

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Me encuentro con el candidato a la Generalitat Joan Herrera en el restaurante del Ateneu Barcelonés a última hora de la tarde de uno de esos raros jueves en que me toca asistir a un sarao nocturno y para el que llego vestido para la ocasión con una falda pantalón que, obviamente, sorprende a Herrera, y con la que luzco un aire de travesti barbuda pelín extravagante. Dejo claro, nada más llegar, que no pretendo ser la Carmen de Mairena de ICV. De momento.

Me siento frente a Herrera, pido una cerveza y empezamos la charla con un recuerdo de otra que tuvimos, hace casi tres años, y que me dio para un perfil en este mismo diario en plena campaña electoral para unas elecciones generales que llevaron a Herrera al Congreso de los Diputados de Madrid, de donde acababa de llegar -ya sin acta de diputado- esa misma tarde. Me divierte la casualidad y me sorprende lo distinto que parece él después de este periodo de oposición; está cansado, sí, pero también más expansivo, más vehemente, más lanzado que la primera vez que hablamos. ¿De qué, esta vez?

Hablamos. Joan Herrera habla de las cosas que han cambiado en este tiempo, de la importancia que tienen en política las palabras que concretan hechos, y lo hace en términos muy concretos, con elementos tangibles (o casi): agua, luz, banca, movimientos sociales, militancia, consumo dinero -que no es lo mismo que la banca, ni mucho menos- y hasta del poder. Yo escucho fascinado, atento a sus dos manos que son un hipnótico ejercicio de 'powerpoint' anatómico perfecto y muy explicativo donde los conceptos aterrizan en las palmas, se cortan en los dedos, se extienden por el anverso, se cuentan uno a uno y acaban aplastados, ¡plas!, antes de volver a aparecer.

En el discurso de Herrera -crítico, enérgico, donde hay más espacio para nombres de autores de teorías económicas divergentes que para los contrincantes políticos- a veces se atisba un deje de cansancio ante la dificultad de transmitir los matices de sus ideas en medios de comunicación que son tarros de conservadores, creados a su imagen y semejanza, donde resulta muy complicado escuchar mensajes de alguna izquierda que no presuma de tal sin plantearse siquiera un cambio en el sistema económico existente, dominante y apisonador. Me refiero a Solbes, por supuesto, porque Herrera lo cita como ejemplo de las cosas que no cambiaron. Hay cansancio, sí, pero no hay desesperanza ni tedio; más bien la honesta confesión de una búsqueda constante de nuevos canales, más directos y menos maleados, que sirvan para transmitir sus mismas ganas a quienes las tienen (las tenemos, me incluyo) y no contemplan el actual sistema electoral como una vía de expresión. Redes sociales: Un blog, Facebook, Twitter, que Herrera no pretende utilizar como un escaparate de cotidianeidad pornográfica: 'Me tomo un café', 'Leo un libro', sino como soportes de ideas que, desgraciadamente, no tienen cabida en otros medios.

Escucho. Joan Herrera habla, y me descubro entregado. Si esto fuera el ¡HOLA', yo sería Chelo García Cortés y Herrera, mi Isabel Pantoja

Escucho. Joan Herrera habla, y me descubro entregado. Si esto fuera el ¡HOLA', yo sería Chelo García Cortés y Herrera, mi Isabel Pantoja. Claro que podría ser aún peor: esto podría ser 'El País', yo Juan José Millás y Herrera, Zapatero o González...

Cierro la boca, me seco la babilla y discrepo. Un momento, solamente. Discrepo con la constante referencia de Herrera al poder de los demás: al político, al del dinero, al de las corporaciones. A un poder con mayúsculas que él concede a los otros pero del que en ningún momento parece sentirse partícipe. ¿Por qué? No lo entiendo. Si llevamos casi una hora hablando acerca de todo aquello que una formación política como la suya ha sido capaz de lograr en sus años de gobierno tripartito en Catalunya, incluso de sus propios logros en el parlamento español, ¿por qué el Poder -lo mismo que el infierno- son los demás? Voy más allá; si me he pasado gran parte de la conversación tratando de que me convenciera de lo importante que es votar y otorgar el poder en las urnas, ¿por qué de pronto estamos hablando de otra cosa? ¿Qué tiene que cambiar? Entonces me doy cuenta de que sé mucho menos de lo que creo, de que cualquier político maneja mucha más información de la que necesitaría y que, ante mi ingenuidad peligrosa, no caben respuestas que puedan sacarse de las instrucciones de este juego de mesa. Lo entiendo cuando Herrera me devuelve, con enorme inteligencia práctica, la incógnita con la pe mayúscula convertida en minúscula y la potencia transformada en fuerza. Fuerza para cambiar las cosas con convicción, sin darse por vencido. Fuerza para entender que su objetivo no es formar parte de ese Poder y diluirse en su interior, sino utilizar el suyo, el que le otorgan los votos, para cambiarlo, moderarlo, dejarlo a la vista. Suena sensato. Y tranquilizador.

Pido una segunda cerveza, salgo unos minutos a la calle a fumar un cigarrillo y a pensar en todo lo que hemos hablado hasta ese momento. De vuelta a mi mesa, de frente a Joan Herrera, quiero seguir hablando con él de otra de las formas perversas que adquiere el Poder: el desencanto. Lo hago porque en más de una hora que llevamos de conversación he redescubierto la importancia real del contacto directo como antídoto contra la desidia o el descreimiento que fomentan los mismos que después lo critican desde sus atalayas multimedia.

Siento que quiero que Herrera me quite las ganas de salir a pegar cuatro gritos a las Ramblas

Siento que, más que una entrevista a un político, estoy proyectando mis deseos y mis miedos, estoy cargando con una responsabilidad -que es la que debería pesarse en cada voto- a un futuro representante público (una palabra que se abre con una pe mucho más amable que la del poder), estableciendo una comunicación cómplice y una relación de fe sin confianzas mal entendidas. En realidad, siento que quiero que Herrera me quite las ganas de salir a pegar cuatro gritos a las Ramblas y, de paso, que me explique cómo se sintió al descubrir que en una misma entrega del programa 'Polonia' (TV3), un sketch cómico donde el político se interpretaba a sí mismo e incorporaba algunos de los tics de su alter ego caricaturesco coincidía con una parodia que retrataba a los antisistema con ese mismo brochazo grueso y simplista que identifica resistencia con barbarie violenta. Joan (a secas, a estas alturas) no tiene nada que ver con esa culpa, por supuesto, pero quiero oírselo decir. Como todo lo anterior. Y lo dice. Muchas gracias, de verdad.

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