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Un vicepresidente maniatado

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El manido ardid dialéctico de la izquierda abertzale lamentando los asesinatos de ETA y al tiempo negándose a 'condenarlos' ha pasado ahora, en el caso del asalto represivo de Marruecos al campamento saharahui de El Aaiún, a formar parte del discurso político oficial. La ministra de Exteriores, Trinidad Jiménez, empleó dicho lenguaje el 25 de octubre, al referirse a la muerte de un adolescente, abatido a tiros por el Ejercito marroquí mientras conducía. La ministra dijo que lamentaba el hecho y se negó a condenarlo hasta que concluya la investigación interna. Y llegó a repetir el modelo lamento pero no condeno hasta dos veces más. Incluso cuando un joven saharaui de nacionalidad española ha muerto víctima de la represión. Es toda una perversión que la fórmula de Batasuna se haya incorporado al lenguaje oficial. La izquierda abertzale se resistió siempre a condenar precisamente porque era consciente de que en esa condena iba el riesgo de ruptura de ETA con ella.

Y el Gobierno español parece estimar que una condena de la acción represiva de la policía marroquí en El Aiún traería 'consecuencias', quizá la ruptura de Marruecos con España, según pareció insinuar ayer Jiménez. Las relaciones con Marruecos son, sin duda, muy complejas. Pero si se trata, como dijo ayer el ministro del Interior y vicepresidente primero, Alfredo Pérez Rubalcaba, de 'países amigos que se hablan con claridad y sinceridad', una condena de los hechos, que sería una conducta elemental habida cuenta de la gravedad de los hechos, no necesariamente debería ser casus belli. Más bien una razón para que se investiguen a fondo y no vuelvan a ocurrir.

Ayer, Rubalcaba parecía un ministro del Interior comedido y, al tiempo, un vicepresidente amordazado, maniatado, sobre todo para su habitual soltura. Mientras se puede entender que un ministro del Interior, cuyo vinculo con su homólogo de Marruecos o Francia, por ejemplo, pueda ser, por así decir, muy profesional, ligado a los temas de seguridad, lo que ya no se justifica es la ausencia de pronunciamiento de política general en un Gobierno. En otros términos, el ministro del Interior calla porque su cartera se lo aconseja; la ministra de Exteriores se defiende como puede porque su cometido es el de templar gaitas; el presidente del Gobierno practica el silencio para no desgastarse en un tema casi tabú.

En el pasado, era María Teresa Fernández de la Vega quien, al frente de una célula interministerial, se hacía cargo de la respuesta política (Alakrana, Playa de Bakio, cooperantes secuestrados y otros). ¿A quién corresponde esa actuación ahora? ¿Y cuando las limitaciones de su cartera vuelvan a atar a Rubalcaba? ¿A Ramón Jáuregui, ministro de la Presidencia, quizá? Pero Jáuregui, después de su primera intervención 'soberanista' involuntaria a favor de Marruecos, ya no puede jugar el papel de elevarse por encima de los demás ministerios y ser el actor político. Hay un agujero y hay que llenarlo.